Audrey Hepburn, retrato psicológico

Valeria Sabater 24 septiembre, 2013

A pesar de que hayan pasado veinte años desde su desaparición, Audrey Hepburn continua siendo ese atractivo icono que un día Andy Warhol inmortalizó en sus lienzos Pop Art; su rostro, su figura, vienen a representar un modelo de eterna elegancia y distinción que aún ahora las nuevas generaciones desean imitar a pesar de los riesgos, y es que una de las cosas que nos ha transmitido desde siempre ese fotograma de Audrey Hepburn asomándose a las vitrinas de Tiffany, es que la belleza, está asociada a la delgadez.

Nunca más lejos de la realidad. Los trastornos alimentarios que sufrió esta gran actriz quedaron durante bastante tiempo bajo la mordaza del silencio; para muchos, sólo queda ese rostro de belleza frágil que las modas se empeñan en imitar, y son muy pocos los que logran entrever a esa mujer que se superó a sí misma para darlo todo por los demás.

“Creo en ser fuerte cuando todo parece ir mal. Creo que mañana será otro día y creo en los milagros”

-Audrey Hepburn-

La oscuridad de una infancia

Los traumas sufridos en la niñez son los ecos que nos acompañan en la madurez, el sufrimiento nunca se escapa por un desagüe invisible, sino que permanece en nosotros como un desafío a vencer.

La infancia de Audrey Hepburn estuvo marcada por la Segunda Guerra Mundial, a pesar de estar emparentada con la nobleza holandesa, su posición distinguida cambió drásticamente el día que medio millón de soldados alemanes invadieron Holanda, y los recursos, los alimentos, empezaron a escasear.

El hambre y la desnutrición no sólo marcaron sus años de niñez y adolescencia, sus ojos tuvieron que ver cómo parte de su familia era asesinada, cómo su hermano era conducido a un campo de trabajo alemán y cómo la enfermedad le impidió hacer lo único con lo que podía ganarse la vida y ayudar a la resistencia: bailar.

Cuando la guerra terminó. Audrey Hepburn, padecía desnutrición, anemia, asma, problemas pulmonares y una depresión que le costó años superar. Según ella, uno de los mejores recuerdos de esa época y que la marcarían de por vida fue la llegada humanitaria de Naciones Unidas trayendo mantas, comida, medicinas y ropa… La bondad aún parecía existir en el mundo, y ello, fue motivo de esperanza.

“Una vez escuché esta frase: La felicidad es tener salud y mala memoria. Me gustaría haberla inventado, porque es muy cierta”

-A. Hepburn-

Años dorados, años de tristeza

Llegaron los triunfos: películas como “Vacaciones en Roma” o “Desayuno con diamantes” le otorgaron el poder situarse en ese escalón de influencia y fama donde uno debe saber guardar muy bien el equilibrio.

Audrey Hepburn era una mujer inteligente y de gran sensibilidad que siempre acertó en los papeles que elegía, transmitía muy bien esa emotividad con la que cautivar al espectador y es que, según sus propias palabras, siempre estuvo necesitada de afecto y comprensión, dimensiones que no pudo encontrar en su matrimonio con Mel Ferrer.

La tristeza era una habitual compañera, una sombra que se convirtió en desesperación el día en que sufrió el aborto de su primer hijo al caer de un caballo durante un rodaje.

La depresión volvió a su vida con la misma intensidad que en el pasado, al igual que la culpabilidad. A ello se le sumó la autoexigencia, a veces irracional, sabía que parte de su éxito se basaba en ese físico juncal y delicado, de ahí que, según declaró en una entrevista “Si en el pasado logré subsistir sin apenas alimento, también lo podía hacer ahora. Me vi obligada a dominar mi ingesta de comida”. La anorexia nerviosa fue una cruel compañera con la que Audrey Hepburn vivió toda su vida.

“A medida que crezcas, descubrirás que tienes dos manos; una para ayudarte a ti mismo y otra para ayudar a los demás”

-A. Hepburn-

La sencillez de la felicidad

Los años de tragedia y pérdidas en la guerra jamás se borraron de la mente de Audrey Hepburn, su necesidad por ser querida tampoco fue totalmente satisfecha: dos matrimonios fallidos y varios desengaños fueron a menudo esa cuchilla que recortaba sus noches de insomnio, ahí donde se acrecentaba su ansia por ofrecer, por dar afecto y cariño a personas necesitadas.

De ahí que en 1988 el cine quedara ya casi relegado de su vida para dedicar 6 meses al año a UNICEF, al fondo de emergencia para la infancia. La llave de la verdadera felicidad, para Audrey Hepburn, nunca vino de la mano del éxito como actriz o de la admiración del público, sino de su ansia por recibir y por la necesidad de ofrecer afecto a los demás. A veces, la puerta de la satisfacción no está en la cumbre más alta, sino en nosotros mismos.

Fuente “Audrey Hepburn, an intimate portrait”. (Diana Maychick, 1994).