El amor propio, ese bálsamo que cura nuestras heridas

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas
14 enero, 2019
Quererse a uno mismo tiene el poder de sanar heridas y recomponer partes rotas. Es ese antídoto contra la desidia, la apatía y el autodesprecio. Ahora bien, ¿qué podemos hacer para cultivarlo?

¿Cuánto te quieres? Piénsalo. Puede que no te hayas hecho esa pregunta o que ni siquiera hayas reflexionado sobre ello. No pasa nada. Es más normal de lo que imaginas. Tenemos la mala costumbre de olvidarnos de nosotros. Es como si no existiéramos, como si fuéramos invisibles a nuestros ojos, como si cuidarnos estuviese fuera de nuestra lista de prioridades. Es más, me atrevo a decir que el amor propio no ocupa un lugar en ella.

¿Cómo te tratas? ¿Alguna vez te habías detenido a reflexionar sobre ello? La forma que tenemos de hablarnos, la concepción que tenemos sobre quiénes somos y, en definitiva, cómo nos valoramos influye en cómo nos sentimos. El problema es que apenas pensamos en ello.

Solemos vivir de puntillas, por encima, sin profundizar demasiado en cómo nos afecta lo que sucede a nuestro alrededor. Es como si no diésemos importancia a nuestro bienestar personal. La cuestión es que, con el paso del tiempo, el peso del día a día aumenta y, si nos descuidamos, podemos vernos envueltos en una neblina gris que, poco a poco, nos atormenta.

Vivir desconectados de nuestro interior tiene sus consecuencias, aunque no seamos conscientes de ello. Podemos observarlo en la protagonista del corto que aparece al final del artículo. Ahora bien, ¿qué podemos hacer para liberarnos de la telaraña del automatismo? ¿cómo impedir que las etiquetas y los mensajes negativos que hemos recibido no sigan creciendo en nuestro interior? Profundicemos.

El peso de los mensajes recibidos

Desde pequeños, crecemos recibiendo todo tipo de mensajes sobre quiénes somos, qué debemos sentir y cómo actuar. Padres, familiares, profesores, amigos, compañeros de vida… todos tienen algo que decirnos, la mayoría de las veces con buena intención -aunque no siempre sea favorable o adecuado para nosotros-.

Desde «eso es imposible, pon los pies en la tierra» o «estás perdiendo al tiempo, céntrate en lo importante» hasta «no lo conseguirás» o simplemente, «eres demasiado soñador». La cuestión es que todos los mensajes que recibimos nos afectan de un modo u otro, sobre todo, durante nuestra infancia. De hecho, algunos de ellos configuran nuestra identidad, y otros funcionan como mandatos a los que regirnos, y cuando no lo hacemos, nos sentimos culpables.

En algunos casos, esa culpabilidad aprendida origina la herida emocional del rechazo. Una huella muy profunda y dolorosa que se traduce en un profundo sentimiento de autodesprecio, que tiene como consecuencia la infravaloración de uno mismo y un vacío en el amor propio. Así, crecer con esta herida configura una realidad muy dolorosa.

“Me tomó mucho tiempo aprender a no juzgarme a mí misma a través de los ojos de otro”.

-Sally Field-

Mujer triste mirando por la ventana debido a un depredador emocional

Las sentencias del crítico interno

Sentirse rechazado por los demás y, en definitiva, por uno mismo genera una trampa mental originada por el crítico interno. Esa voz que surge desde nuestro interior y que se dedica a juzgar cómo pensamos, sentimos y actuamos. Para ello, se vale de cualquier estrategia: comparaciones, críticas destructivas o descalificaciones diversas.

«No debería haberlo dicho«, «tendría que haber actuado de otra manera«, «no me sale nada bien» o «soy un desastre» son solo algunos ejemplos de diálogos llevados a cabo por nuestro crítico interno. El problema es que no lo ponemos en duda, todo lo contrario. Tenemos tan integrados este tipo de mensajes que les otorgamos el valor de verdad absoluta y de hecho, todo cuanto hacemos lo confirma. Porque si no nos consideramos válidos para un puesto de trabajo, para dirigir un equipo o bien para escribir, probablemente ni siquiera lo intentemos o nos boicotearemos para desterrar la mínima esperanza que alberguemos en nuestra mente.

La influencia de las redes sociales

Uno de los problemas que aumentan en gran medida las comparaciones y la autocrítica negativa en la actualidad son las redes sociales, ya que crean realidades alternativas que pueden atraparnos si no estamos atentos. Estar horas y horas sumergidos en ese escenario de apariencias y sentimientos simulados puede hacernos creer que eso es lo único que existe; lo cierto es que tan solo es un escaparate, en el que cada persona puede controlar la imagen que quiere dar a los demás.

Según la psicoterapeuta Sherrie Campbell, las redes sociales pueden crearnos una falsa ilusión de pertenencia y conexión con los demás, lo cual incentiva que le demos más peso a ese mundo online imaginario.

La cuestión es que si nos despreciamos y rechazamos, es decir, si tenemos una imagen negativa de nosotros mismos, las redes sociales aumentarán esta percepción. De hecho, son las pruebas -falsas- que nos confirmarán lo aburrida que es nuestra vida, lo poco divertidos que somos y lo solos que estamos.

No es fácil seguir el ritmo de vida que otras personas muestran en redes sociales. Un estudio de la Universidad de Pittsburgh, Pensilvania (EE.UU), afirma que consultar con demasiada asiduidad las redes sociales genera envidia y la creencia distorsionada de que los demás tienen una vida mucho más original, feliz e interesante.

Como vemos, somos expertos en maltratarnos, pero sobre todo en comparar nuestras vidas con las de los demás, sin caer en la cuenta de que es un absurdo. ¿Para qué perder el tiempo comparando si las condiciones, características, perspectivas y experiencias de las personas son diferentes unas de otras?

La protagonista del corto Overcomer es un ejemplo de cómo las redes sociales pueden ser un arma de doble filo; sobre todo, si existen heridas del pasado que no han sido sanadas, ya que la persona que soporta el peso de una herida suele filtrar la realidad a través de esta. Su mente a menudo opera a partir de distorsiones cognitivas (formas erróneas de procesar la información o malinterpreaciones), como la abstracción selectiva, la personalización, la etiquetación o el razonamiento emocional y las redes sociales fomentan este tipo de mecanismos.

“En el pasado, eras lo que tenías, ahora eres lo que compartes”.

-Godfried Bogaard-

Mujer triste mirando el móvil

Amor propio: el reencuentro con uno mismo

¿Qué hacer para detener al crítico interno? ¿Cómo reconstruir nuestras partes rotas? ¿Es posible detener el laberinto mental que nos atrapa en el autodesprecio? Parece que la protagonista de nuestro corto, finalmente, descubre el ingrediente secreto: el amor propio.

“Eres tan increíble como te dejas a ti mismo serlo”.

-Elizabeth Alraune-

Ahora bien, no es fácil reconciliarse con uno mismo, y mucho menos cuando la mayor parte del tiempo el trato ha sido negativo. Son muchos años entrenando en la crítica, la exigencia, la descalificación para que, de repente, casi por arte de magia comencemos a querernos. Se necesitan muchas dosis de paciencia, esfuerzo, aceptación y, por supuesto, compromiso con uno mismo.

A menudo, abrazar nuestras partes rotas conlleva, en un principio, sufrimiento, pero también mucha valentía y la habilidad de perdonar y perdonarnos. Ser capaces de darnos amor cuando es lo que más necesitamos -y no lo sabíamos-, requiere mucha fortaleza y mucho empeño. Por esta razón, hay una serie de aspectos que debemos tener en cuenta:

  • Considerarnos valiosos. Somos mucho más que nuestros errores y fracasos, mucho más que nuestros resultados. Somos edición limitada y eso nadie puede robárnoslo. Quizá puede que hayamos crecido sin darnos cuenta de ello y que incluso en estos momentos nos cueste creerlo, pero nunca es tarde para mirarnos al espejo y comenzar a ver todo el potencial que tenemos.
  • Practicar la autocompasión. Atender y aceptar nuestros errores y limitaciones con respeto es fundamental para avanzar. Saber que confundirnos es una oportunidad para aprender y que juzgarnos es un hábito que no nos ayuda cambia nuestra perspectiva. De hecho, según un artículo de la revista Personality and Social Psychology, la autocompasión facilita alcanzar la plenitud personal.
  • Perdonar. El perdón es un acto liberador de las ataduras del pasado. Perdonar es una oportunidad para sanar nuestro resentimiento, ese que en algún momento tanto daño nos hizo. Ahora bien, no solo hay que perdonar a los demás, sino también a nosotros mismos por el trato que nos dimos.
  • Vivir con intención. Ser conscientes del momento presente es un modo de dejar ir al pasado y evitar que el futuro nos abrume con sus preocupaciones. Vivir en el día a día, saboreando lo que sucede a cada instante, comprometidos con cuidarnos y atendernos es un mecanismo de protección.
  • Desconectar para conectar. A pesar de estar en la época de la conexión digital, es recomendable desconectar de ese mundo intangible para conectar con el que se revela ante nuestros ojos y, por supuesto, con las personas de nuestro alrededor. De esta forma, evitaremos que el teatro de las apariencias domine nuestras vidas.

«El amor es una cura milagrosa. Amarnos a nosotros mismos hace milagros en nuestras vidas».

-Louise L. Hay-

Como vemos, el amor propio se construye poco a poco, se teje con delicadeza y se riega cada día. Es esa luz que todos llevamos dentro, pero que, a veces, tanto nos cuesta cargarla de intensidad. Querernos es el sostén de nuestro bienestar, el abrazo que nos cobija y el bálsamo que cura nuestras heridas.

Por último, os dejamos con este maravilloso corto.