Lencería ideológica

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 25 noviembre, 2015
Javier Javier · 26 enero, 2013

No es fácil la confección de una ideología.  Porque eso se nos ocurre que es algo un poco más laborioso que encontrar los tejidos, los entrepaños, los aderezos o pasamanerías, los hilos y las agujas adecuados para confeccionar uno de esos sorprendentes vestidos que los diseñadores exhiben cada año en lugares como la “Week  Fashion Cibeles”, que tanto parece “afectarnos” a todos. (A eso es sólo a lo que llega mi rebeldía contra los anglicismos, a cambiarlos de sitio; lo demás: pleitesía).

La alta costura es un arte, sin duda alguna, sobre todo cuando las modelos lucen lo que parecen auténticas obras de arquitectura, imponibles de ser puestas a diario, pero exultantes de atrevimiento e imaginación, dos características que jamás deben dejar de acompañar al arte.

Todo muy bien, pero “enjaretarse” uno a sí mismo es el arte supremo. En este caso, se trata de pergeñar con retazos procurados aquí, allá y acullá nuestra propia estructura; proponerse levantar el edificio que durante toda nuestra vida nos hospede, nos nutra y nos defina. Y para ello hay que escrutar, a veces arañando o hurgando con ahínco, en nuestras entretelas; indagar entre las urdimbres del saber arcano y la historia de quienes nos  precedieron,  y hasta sumergirnos en los parajes evasivos e inhóspitos que corresponden a las gélidas simas de nuestro telúrico inconsciente. Es así como se reúne y se hilvana el conjunto de ideas, postulados, creencias, principios, axiomas y emociones  que ceñimos al alma como una auténtica prenda de lencería íntima.

Pero una prenda de tan intrínseco tacto ha de ser sensual, pudorosa, cómoda en su estrechez y hasta aliada con nuestros instintos. Claro está que las braguitas o los calzoncillos no se le enseñan a cualquiera que pase por la calle, o no debería hacerse. Y no por angostura mental o poquedad, sino por pura estrategia estimulante.  Bueno, la gomilla sí, que está de moda exhibirla como por descuido. Pero esa cándida frivolidad es sólo para incitar a esa salivilla cálida, incipiente preámbulo de cualquier posterior hoguera del deseo. Diremos además, para seguir un poco adelante, que esta ropa de tan alta factura no es fácil de reponer si es que es de diseño o “marca” afamada (vamos: de factura insultante y cachet elogioso).

Por eso, el común de los vivientes, si se les deteriora no tendrá más  remedio que recurrir al delicado zurcido primoroso, y esa es una maestría que sólo cultivaban las celosas monjitas del pasado como pasaporte y vía para ganar baldosas en el cielo y, por tanto, de escaso ejercicio en nuestros días. Y a pesar de este esfuerzo titánico para tener un  “argumentario personal” (¡Oh paradoja!), no es posible afirmar que no se tiene ideología, como no es posible afirmar que no se tiene piel, temperatura o resuello de forma permanente. Porque eso sería tanto como decir que no se tiene vida.

Por tanto, ideología se tiene, aunque a veces sea incipiente, tribal o, acaso, maquinal o inconsciente. Puede, eso sí, esconderse, no alimentarse e, incluso, hacer apostasía de ella. Hay también, por así decirlo, ideologías escuetas, pero eso no es grave; también es escueta la lencería de Andrés Sardá, Victoria Secret o Roberto Cavalli, y  tiene sus adeptos incondicionales y entusiastas. No es fácil ser de derechas o de izquierdas; ser conservador o progresista, porque ello, en cualquier caso, supone una toma de postura y eso pesa y condiciona, o debería hacerlo. Lo más fácil y común es ser veleidoso; esto es: frívolo, caprichoso y cambiante.

Andar de acá a allá según nos interese, porque eso permite poder siempre ejercer de gran vocero. Peroratear con argumentos simplistas y caricaturescos; aullar hacia los cuatro vientos y decir con verbo magistral y a bote pronto cómo se arreglaría eso o aquello, y todo, claro está,  en un resolutivo y escueto santiamén, para luego rematar la gran hazaña con un incuestionable  “que te lo digo yo, que si sabré de eso”. No. Tomar postura conlleva implicarse, ser coherente, decir y sentir de qué lado se está.

Tomar postura puede ser optar por conservar, amarrar, no exponerse a riesgos o esnobismos, guardar a buen recaudo lo ya, tan dura o menos duramente, conseguido; pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor y creer firmemente que el paso sosegado y lo ya establecido es el soporte óptimo para cualquier futuro. Tomar postura puede ser exponerse a lo nuevo, creer en el futuro, pensar que nada es insoslayable y nuestro, que todo se reinventa, que nada está cerrado, definido o sellado con lacres suficientes; pensar que cualquier tiempo pasado es solamente pasado, y que no hay verdad que cuente con cuños indelebles; dejar que los descubrimientos científicos nos zarandeen hasta casi ahogarnos de sorpresa o terror, y buscar nuestro nuevo sitio en medio de tanto avance enloquecedor, obnubilante e intransigente.

Y dentro de estos ámbitos estarán los revolucionarios que desean que el avance sea súbito aunque pese a quien pese y arrase a quien arrase, o los reaccionarios que anhelan restaurar de manera taimada y obsesiva el sistema previamente existente al que tanto añoran, aunque haya que soplar para apagarlo la llama de lo nuevo. Unos y otros esgrimirán razones férreas y contundentes. Cada cual es, sin duda, resultado de su propia experiencia. Hasta aquí aceptable si no existe violencia. Sí: aceptable, aunque no coincida con lo que tú y yo queremos.

Pero también están los extremistas de izquierdas o derechas, los fanáticos, sectarios y esos a los que ahora llamamos integristas por pura y trágica imposición de su macabro mesianismo o su tétrica estulticia. Todos estos, al igual que todos los dictadores, creen con firmeza y aplomo que sólo su verdad es infalible y todo lo que el otro defiende no es más que una pura patraña; el fétido residuo de una mente enferma y despreciable que hay que aniquilar.

Aquí es donde la perversión anida y se revuelca. Y produce pavor el solo hecho de saber que existen semejantes conspicuos. Y existen; vaya que si existen.