Para recibir calor no hace falta quemarse - La Mente es Maravillosa

Para recibir calor no hace falta quemarse

Inma Astorga Robles 18 septiembre, 2016 en Psicología 500 compartidos
mujer vestido blanco

Hay tantas maneras de quemarse como poros en la piel. Ahora que el verano llega casi a su fin, podría hablaros de la importancia de la protección de ésta y de la memoria que tiene, para, en plan rencoroso “ajustar cuentas” con el paso de los años, cuando incluso ya nos hemos convertido en unos trocitos de carne disciplinada y bien protegida.

Podría hablar de la peligrosidad de exposición que tienen las horas centrales del día, de los distintos rayos y sus efectos. No olvidemos que el sol quema hasta cuando está detrás de una nube, resguardado y esperando su momento. Sí, porque aún escondido nos está mirando con cierta mala leche.

Podría hablar -también acorde a los efectos secundarios del periodo estival- sobre quemar calorías, porque parece ser que tener un buen físico es como tener facebook: si no lo tienes, no existes.

Sin embargo, hablaré de otra manera de quemarse. Cuando uno se quema, puede hacerlo de la manera más irreparable, a la que me refiero es, por dentro. Ahí no hay paño ni ungüento que valga, y lo más increíble, no hay pistas, no hay rojeces previas, ni si quiera huele a chamusquina. No hay aviso, o si lo hay, lo solemos ignorar.

Porque entre otras cosas, lo que puede quemar, antes de quemarnos, es calentito y nos hace arder de pasión. Hablo de una lava demasiado dulce como para detenerla en su estado más ardiente y luminoso.

Lo que puede quemar antes es agradable

En mi caso miren si ardía, que quemé hasta mi scooter de toda la vida con la “caña” que le metí una tarde, carretera me sobraba y tiempo me faltaba para estar entre sus brazos. Para encontrarme una vez más con casi nadie, porque en su manual de instrucciones estaba el no estar cuando yo estaba o alejarse si yo me acercaba.

A veces me cabreaba, porque de tanto esperarle, llenaba de pisadas las paredes del salón y el dormitorio, otras “poniendo a Dios por testigo” de que jamás volvería a ocurrir. No pasaba un instante hasta que el viento se había llevado mi grito y me dejaba con una sonrisa bobalicona, ante el asomo repentino de su nombre en el teléfono.

Chica triste mirando por la ventana

Sin embargo, como todas las candelas (¡cómo me gusta esa palabra!), o la haces bien, currándote el tipo, tamaño y humedad de la madera, el lugar, el viento, la frecuencia de incorporación de una rama, la cercanía entre ellas, posición y capeado o se te apaga.

En estos casos ya te puedes arruinar echando fósforos y pastillas, que no hay reggaeton que la haga bailar. Eso o montas una fogata tipo San Juan, que te pone hasta el blanco de los ojos rojos, pero al momento se destrempa entre cenizas.

Esta última son las fogatas que a mí me solían gustar, y digo me solían, porque a estas alturas de mi vida, aspiro a estar calentita en mi hogar cuando llegue le invierno. Aunque sea con una pequeña estufa, de esas que parece que no, pero a lo tonto, a lo tonto, te calan hasta los huesos y no tanta danza de un fuego que te carboniza y desaparece a la mínima, dejándote más olor a ahumado que una parrillada de pueblo.

Entiéndase la metáfora.

Las fogatas que me solían gustar

Así que ahí quedó él, no tuve que hacer ningún esfuerzo, la temperatura de mi cuerpo subió tanto que bajó en picado un buen día. Cansada ya de agitar las manos, morada de soplar para que la llama se avivara, y ya no me templo ni al recordar su nombre.

Respecto a mis quemaduras, como una buena dama dothraki, tras mis paseos entre llamas, aquí sigo “vivita y coleando”, así, que algo tiene que tener eso de quemarse.

mujer soplando diente de leon

Porque también hay que decirlo, no todo lo que calienta quema y que es una mentira de las grandes esa de “quien juega con fuego acaba quemándose”. Si no es así, que se lo digan al primer hombre que encendió un fuego para calentarse o cocinar. Porque a veces, quemarse -un poco o un mucho- es necesario y tiene todo el sentido del mundo. Porque quizás, solo quizás y solo después, podamos llegar a ser más de todo, más sensibles que nunca, pero también más ignífugos.

Inma Astorga Robles

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