¿Por qué gritamos?

¿Por qué gritamos?

¿Alguien se imagina que una discusión acalorada se haga entre razonamientos pausados y no se base en un intercambio de improperios? Según la RAE, discutir es contender y alegar razones contra el parecer de alguien”. Lo más curioso es que en la propia definición ya se habla de ir en contra de algo, y no de ir a favor de la propia opinión. Es decir, quien discute, por definición, tiene más interés en atacar un pensamiento ajeno que en defender el propio. Tal vez por eso se necesite gritar. Si suena más alto, impone más. Y de eso se trata, de intimidar, de forzar y desprestigiar. Eso es discutir. Al menos es lo que se ve, ya más que por moda, por costumbre.

Debatir, que parece un término más suave, tampoco lo es. Ni qué decir tiene que los “debates” que vemos en televisión acaban por destrozar cualquier buena imagen que tengamos de la palabra (o que queramos tener). Televisión a parte, debatir es disputar por las ideas. Y disputar es discutir con violencia, es competir. Creo que siguen siendo términos que se alejan demasiado de lo que deberíamos considerar como un intercambio positivo de pensamientos y de ideas.

En lugar de debatirnos y discutirnos, deberíamos proponernos. Sin imposiciones. Pero claro, para eso, hay que tener argumentos. Como conclusión, entiendo a los que gritan. A los que deciden que una discusión se gana con la voz más alta, que normalmente también es la más vacía de contenido. Quien grita, prefiere escucharse poco. Y al que tiene delante, menos. Quien grita cubre las carencias de información que tiene. Quien grita, tiene en sus voces y palabras malsonantes sus mejores y únicos argumentos. Y hablo de quien grita cerca, que quien grita de lejos intenta comunicarse. Y por lo visto, en las discusiones y en los debates que vivimos, comunicarse es de las últimas cosas que interesan.

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