Ahora, ¿qué quieres hacer?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 2 mayo, 2017
Sergio De Dios González · 2 mayo, 2017

Moriste con solo cuatro años, hace a penas dos meses. Con tus primeras palabras, con tus primeros pasos tu corazón se rindió. No soportó tu alegría, muchas veces he pensado en la ciénaga de la noche que este mundo no estaba hecho para ti y lo he maldecido por no guardarte un sitio a mi lado. En esas noches eternas… con mis miedos y mis temores, mis falta de saber y mis temblores primerizos estaba dispuesta a proteger ese sitio, a protegerte, con mi propia vida. Ahora me recorre el dolor de haber cambiado toda un colección de grandes y pequeños sacrificios por un sacrificio mucho más grande, el de aceptar tu pérdida.

Sé dónde está tu cuerpo, pero no tengo ni idea de dónde estás tú, pequeña. Te busco, como una idiota (perdona por la palabrota), cada día en los mismos lugares, en tu habitación, en tu cama, en tu cuarto de juegos, en la guardería que apenas estrenaste, en el hoyuelo del parque, parecido al que dibujabas en tu mejilla cuando sonreías, donde se formaba tu charco favorito los días de lluvia.

Tu charco favorito

Siento haberme comportado como del charco hasta que empezamos a visitar batas blancas y habitaciones decoradas con diplomas y huesos, siento haber tardado tanto en comprarte las botas de goma y, en cambio, haberte intentado alejar de la sencillez con al que entendías el mundo. Perdóname por pensar que una ropa manchada de barro era más importante que tus ganas de bailar encima de la lluvia. Que mi tiempo frotando era más importante que el tuyo disfrutando.

Aunque no te dijimos nada, estoy convencida de que tú supiste que nuestro tiempo se terminaba, incluso antes que los propios médicos. Por eso a veces te descubría mirándome con tristeza o regalándome abrazos a pesar de no ser ese hada que se arrodillaba ante tus deseos.

No eran muchos y yo te concedía menos pensando que así te hacía bien, creyendo que esas pequeñas frustraciones forjarían tu carácter cuando crecieras. Así, cuando fueras mayor podrías concedértelos tú misma gracias al dinero que habrías ganado con la voluntad que esas privaciones habrían forjado. Ahora que lo pienso bien, cada madre tiene su cuento de la lechera, dando la casualidad de que todos se parecen y ninguno es igual.

Es curioso como todo eso cambió después de aquella vista rutinaria al pediatra. Te sentaste tranquila como una niña mayor, confieso que te miré orgullosa. Sin embargo, ni la seriedad que intentabas aparentar era capaz de borrar de tu rostro esa pizca de alegría con la que estabas empezando a perfeccionar tus travesuras. Al verte, el doctor sonrió. Dijo que no sabía si darte o no el caramelo que tenía para ti porque tu seriedad se parecía a la de un adulto. Te faltó tiempo para poner cara de pilla y decir que no, que seguías siendo una niña. Mi niña, si me lo permites.

Sin embargo, no te comiste el caramelo, me lo diste y dijiste que para después, para tu para tu parque. Ese del que os adueñabais los caracoles y tú cuando las pequeñas grietas en el suelo permitían que los espejos se reprodujeran. Ignorados por la mayoría de nosotros, ante el temor de lo que podrían reflejar y no queríamos ver.

Espejos en el suelo

Esas arrugas, ese proyecto fallido, el sentido sometido a un instinto de supervivencia necesario, teniendo en cuenta la selva camuflada que no deja de ser el mundo moderno. El que no corre, se hunde; no vuela, porque volar solo lo hacen los pájaros y los niños. Unos porque baten su alas, otros porque entienden que ya habrá tiempo para descansar, para comer comidas sanas, para aprender lo que los demás pensamos que tienen que aprender. No dan por sentado que el futuro sea una certeza, un infinito a modo de ocho tumbado, y entienden que mañana puede ser demasiado tarde.

Quizás antes no vivíamos tan bien, pero no llenábamos las infancias de exigencias buscando al mejor adulto con el sacrificio de cualquier niño. Quizás los padres no pasaban más tiempo con sus hijos, pero lo que sí sucedía es que los niños dedicaban más tiempo a jugar sin que a los adultos se vieran atormentados por el monstruo de la ansiedad. Un fantasma que aparecía inspirado por la sensación de que “sus hijos estaban perdiendo el tiempo”.

He visto a muchos padres presumir de cómo su hijo lee, su hijo suma, su hijo toca, pero no he visto a ninguno presumir de cómo su hijo juega; yo la primera, soy madre, sigo siendo madre, y no puedo seguir viéndote jugar. Ahora solo puedo presumir de cómo lo hacías. Porque lo hacías muy bien y no te lo dije nunca. Espérame, donde estés, porque quiero que me enseñes a jugar así.

En ese sentido, la conciencia de la brevedad pocas veces nos ha hecho mejores. No lo ha hecho cuando nos ha inspirado prisas o exigencias, sí cuando nos ha inspirado libertad y nos ha dado luz para rehacer nuestra jerarquía, o mejor dicho, para adaptar nuestras vidas a la jerarquía que en nuestro interior anhelábamos.

Esa tensión es precisamente la que se rompe de manera natural. Lo que pasó conmigo, lo que ha pasado con muchas madres que también han incorporado a la caja de resonancia de sus corazones esa punzada de dolor, con cada latido, por una frustración, nacida de la pérdida irreparable, que no es menor por muchos que hayan sido los caprichos que no les concedieron a esas madres cuando fueron pequeñas.

Una tensión que salta por los aires cuando ese miedo, que siempre permanece en el fondo del armario, se ciñe a tu alma por primera vez y la aprieta. Y te ahoga. Abres los ojos, pero quizás entonces es demasiado tarde.

No tengo nombre

Las madres se despiden de su hijos no tienen nombre, un hecho admisible para la naturaleza, inadmisible para nuestro lenguaje. Un baúl de palabras en el que nuestro dolor es tan invisible como un fantasma que al principio todos ven, pero del que poco a poco nos empiezan a hacer culpables, a silenciarlo, por no superarlo e incorporarlo a nuestra sombra, a nuestro sentir, cuando no señalan a nuestra voluntad como responsable de que siga supurando. Los demás y también nosotros.

Cuando queremos con todas nuestras fuerzas que ese dolor se vaya, cuando nuestro corazón lo retiene porque no deja de ser una clave para recordar aquellos momentos, irrepetibles, que no queremos olvidar, jamás. Así, ese dolor impide, a golpe de tristeza, que nuestros recuerdos se difuminen a la velocidad, que de otro modo, exigiría el pozo del olvido de nuestra memoria.

Ahora, ¿qué quieres hacer?

Recuerdo que lo primero que te pregunté después de salir de aquella habitación fue qué querías hacer. Me salió solo, la verdad es que no lo pensé. Ahora me doy cuenta de que no sé cuánto tiempo hacía que te lo preguntaba. Yo mandaba y tú obedecías, yo solo procesaba una pequeña parte de tus deseos, aquellos en los que insistías, y te concedía una pequeña parte de esa pequeña parte. Además, solo un minúsculo trozo de esa última parte los cumplíamos juntas.

La mayoría eran deseos tontos, como el de acariciarte la espalda mientras te contaba el cuento o el de ir por las tardes a buscar a tu abuelo al trabajo a pesar que después tuviéramos que volver muy tarde a casa. Deseos que no cumplía porque me resultaban incómodos, simplemente eso. Retiro lo de tontos.

Solo procesaba una pequeña parte de tus deseos, aquellos en los que insistías, y te concedía una pequeña parte de esa pequeña parte.

El abuelo sí te preguntaba qué querías, la hacía siempre y yo lo reprendía. De hecho, no me gustaba que vieras a tus abuelos entre semana porque tenía la sensación de que eran demasiado buenos contigo y su bondad hacía que resaltara la parte de mi papel en la que hacía de bruja mala.

Cuando te veía disfrutar de los dulces que te daba la abuela volvía el monstruo de la ansiedad, raudo en aparecer ante la idea de que comieras demasiado azúcar, olvidando que yo de pequeña me sabía todos los escondites de mi abuela y la frecuencia con la que los visitaba. Que había ratones decía ella y sonreía. Sonreía por lo ratones. Fíjate qué tontería.

Tus abuelos ahora echan de menos a sus ratones. Tampoco ellos tienen un nombre, igual que yo. En sus rostros, su tristeza es más alargada porque intuyen que el golpe ha sido demasiado fuerte para sus cuerpos ya cansados. Intentan protegerme, animarme, recordarme cómo presumías de tener la mejor madre y cómo durante los últimos meses les decías que me querías, pero que no me lo dijeran porque me ponía triste y me iba o te abrazaba tan fuerte que te hacía daño. Yo también quiero a los abuelos cariño, les quiero mucho.

Sé que te habría gustado mucho escucharlo, más que las broncas que muchas veces les echaba por “malcriarte” y por permitir que trasgredieras unas normas que a mí me costaba mucho imponer. Los abuelos no son malos me decías de camino a casa, mientras yo pensaba todo lo que tenía que recoger todavía y cruzaba los dedos para que esa noche te durmieras pronto.

Sin embargo, esta noche no volveremos juntas, hay mucho por recoger pero… quiero que nos quedemos despiertas hasta que vuelva a salir el Sol. Esta noche solamente dime, ¿qué quieres hacer? Lo demás, lo demás no importa mientras al despertar sigas conmigo. Acuérdate, cuando vuelvas a robar un dulce coge uno también para mí.