Cuando la tristeza invade nuestro cerebro

Valeria Sabater · 13 enero, 2014

La tristeza es una de las emociones más básicas del ser humano. Es esa sensación que nos embarga por infinitos motivos, que nos apaga y nos obliga a mirar hacia nuestra propia introspección en busca de razones y explicaciones.

Suele decirse que son precisamente las tormentas las que hacen crecer las raíces de los árboles. De ahí que a menudo se justifiquen esos instantes de tristeza como el verdadero artesano del conocimiento, ahí donde aprendemos de nosotros mismos y de donde salimos fortalecidos tras haber superado un proceso del cual hemos obtenido conocimiento para seguir adelante, para endurecer un poco más esa coraza que ofrece la vida y donde hemos de saber protegernos para responder.

“La felicidad es saludable para el cuerpo, pero es la pena la que desarrolla las fuerzas del espíritu.”

-Marcel Proust-

Pero, ¿qué ocurre en nuestro cerebro en esos momentos? ¿Por qué nos sentimos de ese modo cuando la tristeza se instala como una tela de araña en él?

Cuando el cerebro quiere llorar

Según los expertos en psiquiatría y psicología, el cerebro se encuentra más preparado para enfrentarse a esta emoción que a cualquier otra. Si nos damos cuenta, es precisamente un rostro entristrecido el que más empatía provoca, lo reconocemos de inmediato y tendemos de algún modo a apoyar a esas personas que atraviesan dicha sensación.

Mujer llorando por su tristeza

La tristeza se entiende y dispone de un lenguaje propio. Además, las lágrimas actúan también como un mecanismo de defensa y desahogo, es un modo de liberar la tensión que esa emoción en particular provoca en nuestro cerebro. Pero veamos qué más factores lo determinan:

La tristeza afecta al cerebro

El organismo y el cerebro requieren más oxígeno y más glucosa durante estos procesos emocionales. Se siente estresado y colapsado de sensaciones y emociones, de ahí que necesite más “combustible” para poder funcionar… un estado que a nosotros, dado ese gasto energético, nos provoca más cansancio.

La tristeza agota y cuando estamos muy cansados ni siquiera podemos dejar caer las lágrimas. Nadie puede llorar durante un día entero, es un acto que puede realizarse en pequeños episodios, pero no de modo continuado.

Pérdida de gusto por lo dulce

Es un hecho curioso, pero cuando atravesamos estos procesos de tristeza el cerebro deja de recibir en la misma intensidad la sensación del dulce. Disminuye el número de receptores en la lengua y las personas no captamos del todo el sabor, de ahí que solamos comer más, qué busquemos más cosas dulces porque no acabamos de encontrar el mismo placer que antes.

Bajo nivel de serotonina

Cuando vivimos estos periodos de marcada tristeza, el cerebro deja de producir serotonina a un nivel que se considera adecuado. Y un déficit en este neurotransmisor supone que puedan aparecer a medio o largo plazo las temidas depresiones, las obsesiones compulsivas e incluso pequeños ataques violentos. El cerebro es una máquina compleja que, ante situaciones de estrés, ansiedad, miedos…etc, altera su producción de neurotransmisores, y esto siempre afecta a nuestra conducta.

Mujer triste con los ojos cerrados

Aprender de la tristeza

La tristeza nos permite poder aprender de lo que hemos vivido, y ese es el principal valor. El cerebro es un órgano magnifico que a largo plazo es capaz de autorregularse por sí solo. Dispone además de varios mecanismos de defensa mediante los cuales nos protege, guardando en nuestra memoria recuerdos mediante los que podemos aprender, situaciones a las que nos podemos anclar para ayudarnos a salir de las mareas de la tristeza.

Según el psicólogo Joseph Forgas (2011) cuando nuestro estado de ánimo es negativo nos volvemos más lúcidos a la hora de procesar la información. Forgas y su equipo de investigación experimentaron con sujetos a los que indujeron estados de tristeza y concluyeron que se vuelven más racionales y escépticos, al mismo tiempo su memoria también se torna más ágil y están menos condicionados por prejuicios relacionados con la raza o la religión.

La explicación que dan los autores es que al estar tristes tendemos a una búsqueda más exhaustiva de la nueva información procedente del entorno. Algo que, según ellos, no ocurre del mismo modo cuando estamos satisfechos, ya que basamos nuestras decisiones en nuestro historial de aprendizaje y en nuestras experiencias, por lo que no nos planteamos nuevas alternativas. Sin embargo, la tristeza nos activa, nos hace estar más alerta y nos empuja a buscar nuevas salidas a nuevas situaciones y estamos más atentos a la información exterior.

“La tristeza no es más que una valla entre dos jardines.”

-Khalil Gibran-