¿De dónde nace la motivación para realizar una acción?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 27 mayo, 2017
Roberto Muelas Lobato · 27 mayo, 2017

En general tenemos muchos deseos, una motivación con infinitas variantes, la de vivir. Queremos conseguir muchas objetivos, aunque para alcanzarlos necesitamos realizar conductas. Un ejemplo lo encontramos en la larga e inverosímil lista -para la mayoría de los mortales- de propósitos de año nuevo. Sin embargo, muchas de estas actividades son costosas en cuanto a recursos, por lo que en muchas ocasiones las posponemos, aplazando o renunciando de esta manera a los objetivos.

Psicológicamente, para empezar a realizar esas actividades, encaminadas a un objetivo, necesitamos estar motivados. La teoría de la preparación motivacional nos indica que la motivación va a estar determinada por dos componentes esenciales: el deseo y la expectativa de satisfacer ese deseo.

El deseo

El deseo se refiere a un resultado que una persona añora en un momento dado. Estos deseos pueden ser de todo tipo, materiales o simbólicos, incluso mixtos. Normalmente, estos deseos son activados por presiones externas. Si mi deseo es ponerme en forma, seguramente este deseo surja de la presión social que mi entorno ejerce sobre mí o porque creo que incluir la actividad física dentro de mi rutina va a mejorar mi sensación de bienestar.

El deseo posee dos aspectos fundamentales: su contenido y su magnitud. El contenido se refiere a lo que el individuo quiere y la magnitud indica cuánto lo desea. Siguiendo con el ejemplo anterior, el contenido sería tener una forma física aceptable y la magnitud sería cuánto deseo tener una forma física aceptable. Entendiendo que este cuánto es subjetivo (lo que para ti puede ser mucho, para mí es poco o al revés) y variable (puedo desearlo mucho ahora y no tanto dentro de un rato).

Las expectativas

Por otra parte, el otro componente, la expectativa, se refiere a la probabilidad estimada de que ese deseo se satisfaga. Esta probabilidad la podemos atribuir consciente o inconscientemente y va a depender de la experiencia. Si en otras ocasiones nos propusimos ponernos en forma y no lo conseguimos, la expectativa de conseguirlo va a ser baja.

Sin embargo, esta estimación probabilística también puede depender de la influencia social. Si nuestros amigos confían en que podamos conseguirlo, nuestra expectativa va a ser mayor. Otros factores también pueden influir como lo optimistas que seamos o el precio que tengamos que pagar en caso de no cumplir el objetivo; una apuesta, por ejemplo.

Entre la expectativa y el deseo, el deseo es el más importante. Aunque la expectativa sea grande, si no existe deseo no vamos a iniciar las actividades necesarias para conseguir un objetivo. Aunque, si el deseo existe, cuanto mayores sean las expectativas más probable será que intentemos satisfacer ese deseo.

La expectativa hace que el deseo parezca más realista. El deseo en cambio es el agente que precipita la acción y vence a la pereza.

Relación entre el deseo y las expectativas

Como hemos dicho, ni el deseo ni las expectativas suelen ser constantes, de hecho tanto en su punto de partida como en su evolución suele existir una asociación entre los dos componentes. En algunos casos, el deseo y las expectativas pueden estar relacionados positivamente, mientras que en otros casos la relación puede ser negativa. Esta relación se puede interpretar desde dos puntos de vista: la influencia del deseo en las expectativas y la influencia de las expectativas en el deseo.

En el primer caso, el deseo puede influir positivamente en las expectativas. De este modo, cuanto más fuerte es el deseo, mayores van a ser las expectativas de su satisfacción. En el segundo caso, a mayores expectativas, mayor va a ser el deseo. Volviendo a nuestro ejemplo, según el primer caso, cuanto más ganas tenga de estar en forma, más voy a creer que puedo conseguirlo. Según el segundo caso, cuanto más crea que puedo ponerme en forma, más voy a querer estar en forma.

La formación de objetivos o metas

Para que nuestro deseo se convierta en un objetivo tenemos que comprometernos con ese deseo. Para ello, el deseo y las expectativas tienen que ser altas. Si no nos comprometemos con un deseo, este puede ser favorable pero no tanto como para intentar conseguirlo.

El compromiso es el asiento del deseo y de alguna forma el seguro de su permanecía: la resiliencia de su existencia.

Tanto los deseos como las expectativas van a condicionar el grado de preparación motivacional, tanto si nos comprometemos como si no nos comprometemos. Para llegar a comprometernos, el nivel del deseo y el de las expectativas deben superar un umbral. Si alguno de los dos no supera ese umbral, el deseo no se va a convertir en un objetivo.

La preparación motivacional

De este modo, si la magnitud de un deseo no es suficiente para superar el umbral del compromiso, ese deseo no será un objetivo. Retomando el ya citado ejemplo de la forma física, si las ganas de estar en buena forma y la expectativa de que lo podemos conseguir no nos llevan a comprometernos, estar en buena forma no será nuestro objetivo de año nuevo.

Resumiendo, si tenemos deseos de año nuevo que queremos cumplir es esencial que estos deseos sean fuertes para que se conviertan en objetivos. Para ello es necesario que confiemos en que podemos conseguirlos, para lo cual el apoyo de las personas cercanas va a ayudar.

Una vez que nos comprometemos y comenzamos a realizar las actividades necesarias para satisfacer esos deseos o conseguir esos objetivos, hay que mantener el nivel de compromiso. Para ello, la magnitud del deseo y las expectativas no deben bajar o, en caso contrario, la actividad cesará.