La ansiedad, un viaje desafortunado en una montaña rusa

Raquel Aldana · 9 febrero, 2016

Los sentimientos descentrados, la sensación de que todo está fuera de control, el pensamiento de que todo es negativo, la tensión constante, el nerviosismo, la preocupación excesiva, la agitación, el insomnio, el temblor en los párpados, la dificultad de concentración… Así empieza la ansiedad…

Todos estos indicadores pueden sugerir ansiedad y constituir un problema si se dan de manera característica y con determinada frecuencia en una misma persona. Pero este no es un mal de pocos, sino de muchos. De hecho, cada vez es más frecuente en nuestra sociedad.

No obstante, si bien hablar de trastornos de ansiedad sin especificar cuáles son puede resultar difuso, en esta ocasión solo vamos a remarcar maneras de reconocer y comprender la ansiedad identificándola a través de las sensaciones que genera.

Mujer sujetada por una mano

Sensaciones que nos genera la ansiedad

La ansiedad, esa sensación de que se nos encoge el pecho, que nos agota, que nos bloquea y nos inquieta, que nos genera un agujero en el estómago, que nos deja inmóviles y nos invade. Una abrumadora pelea de sensaciones, pensamientos y comportamientos que nos somete tanto a nivel psicológico como físico.

La ansiedad nos alerta de que debemos atender algo en nuestra vida; o sea, que algo está pasando y que merece nuestra atención. Por eso, en principio debemos destacar que en sí no es insana, aunque resulte negativa.

En otra ocasión explicamos cómo la ansiedad es un monstruo que se alimenta de nuestra adrenalina y al que nosotros ofrecemos, dedicándole atención e importancia, un suculento manjar. Ocurre que cuando algo nos provoca cierto grado de activación (sea un pensamiento, una visión, una conducta, etc), nuestra adrenalina comienza a resurgir y nuestro monstruo de la ansiedad se despierta ante el olor de su comida.

En principio es positivo, pues por ejemplo puede ayudarnos a no caernos por las escaleras: sin embargo, si dejamos que el monstruo no pueda dormirse de nuevo, lo que hará es alimentarse de la adrenalina que encuentre y, por lo tanto, se hará cada vez más grande, consumirá nuestra energía y nos provocará un intenso temor.

Mujer con los ojos abiertos y pastillas en la mesilla

Una metáfora para comprender la ansiedad

Estás en un parque de atracciones y ves una montaña rusa que te encanta. Con intención de pasártelo bien comienzas a hacer fila para que te den tu pase. El sol calienta y hace calor, por lo que al obtener tu entrada ya te sientes cansado/a.

Pero eso no debe importar, ¡estás en un parque de atracciones! Así que te sientas en el vagón y te dispones a divertirte. Sin embargo, de repente, un operario vestido de payaso te da un escobaza en la cabeza que te deja un fuerte dolor. Eso te desanima aún más.

Para rematar la situación, tu vagón da un rápido giro de 360º y, lo que en un principio iba a ser atractivo, ya no resulta tan bueno para ti. Tus pensamientos se agolpan, ruedan y ruedan. No puedes parar y la tensión es continua y sientes que tu corazón se va a parar de un momento a otro. Subes y bajas, pasas por un túnel negro varias veces, pierdes el control y tu estómago está patas arriba.

Mujer con ansiedad en el estómago

Te gustaría bajarte, pero no hay manera de hacerlo. Gritas, lloras, te quejas, tragas saliva y sientes tu corazón palpitar fuertemente. Sin embargo, nadie puede ayudarte a salir de esa situación, todos los esfuerzos son inútiles.

Finalmente acaba el viaje. Sales de allí con el embotamiento del miedo intenso, sin poder pensar con claridad, verdaderamente agotado/a y con la sensación de haber estado siendo removido/a una y otra vez por una excavadora.

Sentir ansiedad es como montarse en una montaña rusa y que el viaje no resulte divertido. Tarde o temprano sabes que va a acabar tanto el viaje como el ataque, sabes que tiene un pico de altura y que a partir de ahí solo puede reducirse. Sin embargo, lo pasas muy mal, te perturba en exceso y te hace sentir como en una nube tormentosa que te despoja de tus pertenencias e incluso de tu identidad.

Si en algún momento sufrimos de “ataques de ansiedad o pánico” es bueno que mantengamos esta metáfora en nuestra mente. O sea, es muy importante que tengamos presente que cuando aparezca, se esfumará por la misma puerta por la que ha entrado, pues solo es cuestión de tiempo.