La crianza intrusiva, ¿por qué debe evitarse?

Edith Sánchez · 30 noviembre, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González el 30 noviembre, 2019
El problema de la crianza intrusiva es que casi siempre refuerza las conductas que quiere erradicar. Un niño fuertemente vigilado y presionado no logra desarrollar la autonomía y esta última es precisamente la que le permite autorregular su conducta.

Con frecuencia, los “niños difíciles” generan la tentación de implementar una crianza intrusiva; pero esto, a medio y largo plazo, termina deteriorando los lazos familiares y llevando a patrones de conducta poco saludables. En este tema, hay una edad crítica: los 2 años.

A los 2 años, el niño experimenta un súbito deseo de independencia que, obviamente, no canaliza de una manera coherente. En esa fase los pequeños comienzan a exhibir actitudes desafiantes y muchas veces agresivas, que en gran medida se expresan en el clásico “berrinche”. Esas conductas son las que desatan la tentación de empezar a practicar una crianza intrusiva.

El reto está en ayudar al niño a canalizar esas conductas disruptivas sin que educar al pequeño se convierta en una tarea ansiosa y excesivamente directiva. No es fácil. Los padres tienen sus propias preocupaciones y un niño que por momentos se torna “insoportable” no ayuda. Sin embargo, implementar una crianza intrusiva, por mucho que pueda parecer una tentación como solución, puede empeorarlo todo.

La paternidad se trata de guiar a la próxima generación y perdonar a la última”.

-Peter Krause-

Niño llorando que necesita aprender inteligencia emocional

La crianza intrusiva

Lo que caracteriza a la crianza intrusiva es un excesivo deseo de control como respuesta a los comportamientos desafiantes de los niños. A este se le responde con un patrón que pretende ser extremadamente directivo; es decir, excesivamente lleno de instrucciones, mandatos y directrices frente al pequeño.

En el fondo, se piensa que lo adecuado es impedir o limitar al máximo el comportamiento autónomo del niño, pues se parte de la base de que él no sabe cómo ejercer esa libertad ni tampoco aprenderá si el adulto no le señala directrices precisas. Así mismo, es frecuente que se pretenda impedir la externalización de expresiones y sentimientos para mantener todo bajo control.

La crianza disruptiva aparece cuando los padres se sienten frustrados por el comportamiento de su hijo, transformando su impotencia en ira hacia el pequeño. En ocasiones, las diferencias individuales y las comparaciones intensifican estos sentimientos. En este sentido, lo que se ha comprobado es que el excesivo control y limitación, en la mayoría de los casos, solo incrementa el problema.

Los desafíos de los niños

A partir de los 2 años, el niño comienza a incrementar notablemente su autonomía. No se conoce ni conoce el mundo, pero quiere ampliar sus horizontes de exploración y de acción. No quieren exasperar a nadie, simplemente están aprendiendo, descubriendo la realidad.

Los comportamientos que con más frecuencia generan ira y frustración en sus padres son los siguientes:

  • Reiteración. A veces piden algo reiterativamente, con el propósito de que el padre o la madre se lo concedan por agotamiento. Es el clásico: “Di que sí, di que sí, di que sí…”
  • Amenazas. Si se sienten ellos mismos frustrados en sus deseos, acudirán a amenazas como “No te voy a querer más” o frases por el estilo.
  • Victimización. A veces gritan que nadie los quiere, o que no le interesan a nadie, para sembrar culpa en los padres y lograr lo que quieren.
  • Rabieta. Es propia de los niños más pequeños y tiene que ver con desarrollar un comportamiento caótico que impida que las cosas sigan su curso normal.
  • Agresión física. Algunos niños lanzan objetos o rompen cosas como medio para salirse con la suya.

Niño gritando

La crianza y la conducta

Se ha comprobado que sobre la conducta del niño influyen diferentes variables, destacando por su peso la genética y la educación. En otras palabras, el estilo de crianza modela también el temperamento de un niño. Por regla general, si los padres pierden el control de la situación, contribuyen a que los niños sean también más desafiantes.

Lo que hay que inculcarle a un niño es la idea de que esas conductas caóticas son desgastantes e inútiles para él. Tolerar su expresión infantil y desproporcionada a los ojos de un adulto, con firmeza y tranquilidad. Una crianza de este estilo busca dos objetivos. El primero de ellos es abrir un margen de autonomía para el pequeño en el que pueda expresarse libremente.

El segundo objetivo es que aprenda, por experiencia propia, la ineficacia de esas conductas disruptivas. Lo que refuerza o debilita esas conductas son las consecuencias que generan. Aunque no logre lo que desea, si ve a sus padres enojados o descontrolados, sabe que actuar de ese modo le otorga un cierto poder.

Eso es precisamente lo que se debe evitar. Al niño hay que proponerle un diálogo, un canal de expresión en el que sí pueda ser escuchado y atendido. Explicarle por qué no puede obtener lo que desea y probarle que con ciertas conductas impulsivas tampoco va a obtener nada. Este camino, de paciencia y amor, es el que paulatinamente desmonta esas reacciones.

Ramírez, M. A. (2005). Padres y desarrollo de los hijos: prácticas de crianza. Estudios pedagógicos (Valdivia), 31(2), 167-177.