La disonancia cognitiva, ese tumulto interno

Paula Aroca · 17 agosto, 2013

A nadie le gusta “meter la pata”. Todos quisiéramos hacer las cosas bien, y si son perfectas, mejor. Sin embargo, este escenario color de rosa generalmente solo existe en el plano ideal, ya que las cosas no siempre (y por lo general, casi nunca) salen como las planeamos. ¿Por qué? porque somos criaturas imperfectas y complejas, y en nuestro mundo interno coexisten muchas ideas, emociones, opiniones, conocimientos y valores que no siempre están en armonía.

El clásico ejemplo

A esta vieja manía que tenemos los humanos de racionalizar nuestras acciones cuando entran en conflicto con ciertos principios, valores, opiniones, conocimientos o actitudes que tenemos, los psicólogos le han dado el nombre de disonancia cognitiva. Veamos un ejemplo típico: “Me voy a salir de la dieta, pero sólo por esta vez; el lunes la retomo”.

La persona de nuestro ejemplo sabe muy bien que consumir un exceso de calorías es perjudicial, pero el problema es que, simultáneamente, tiene una actitud de gusto y placer hacia la comida, lo cual termina siendo más fuerte. Entonces, “baja la guardia”, va y se come algo delicioso, pero repleto de calorías. Por supuesto, a continuación se siente mal y surge una tensión psicológica. Es aquí cuando aparece el “pero” salvador que viene a reducir esa incomodidad, y entonces nuestro glotón o glotona se tranquiliza diciendo: “Es solo un desliz, el lunes sigo la dieta”.

Así pues, la dinámica psicológica que surge cuando existe la disonancia cognitiva cumple una función protectora para la integridad de nuestra psiquis, ya que de lo contrario, la ansiedad y el auto-castigo que nos infligiríamos por no cumplir con los parámetros que nos imponemos, serían devastadores.

Las dos caras de la moneda

La disonancia cognitiva tiene un lado oscuro y un lado luminoso. El lado oscuro se manifiesta cuando la utilizamos para justificar conductas que realmente son perjudiciales, como en el caso del delincuente que justifica sus fechorías diciéndose a sí mismo que la sociedad lo ha tratado mal y que por eso ahora le devuelve lo que recibió, aunque sabe que está perjudicando a otras personas.

Pero la disonancia cognitiva también puede ser beneficiosa, cuando nos proporciona la necesaria flexibilidad para afrontar la vida. Por ejemplo, cuando tenemos una meta, como ganar una competencia, la cual implica una creencia de que lograr ese objetivo es bueno, así como la actitud positiva hacia la meta y hacia las consecuencias de alcanzarla. Por lo tanto, nos esforzamos para lograrla. Pero, cuando llega la hora de la verdad, ¡oh, no! perdemos la competencia. Entonces, aparece la incómoda disonancia cognitiva entre nuestro ideal y la realidad, con su tumulto interno, a cuestionarnos, criticarnos y sentir rabia y tristeza, ¡todo a la vez!

En este caso, la dinámica que surge para reducir la disonancia cognitiva puede ser sabia, cuando por ejemplo, entendemos que lograr las metas que nos planteamos no siempre es lo más conveniente para nosotros, o que hay una sabiduría superior que tiene planes insospechados para nosotros…, o también puede darse el caso de que sentimos que debemos seguir insistiendo en lograr esa meta, como le ocurrió a Thomas Alva Edison, quien luego de diez mil intentos fallidos al tratar de inventar el bombillo eléctrico, dijo: “Yo no he fallado, solo he encontrado diez mil formas de cómo no hacer el bombillo eléctrico”. Y finalmente, lo inventó exitosamente, no dejándose convencer por las voces internas, que bien podrían haberlo llamado fracasado.

En conclusión, lo ideal es estar conscientes de este fenómeno psicológico que se da dentro de nosotros, como seres complejos que somos, y usarlo equilibradamente, para no ser rígidos ni demasiado complacientes con nosotros mismos. Para ello, debemos sintonizarnos con nuestra intuición y con nuestro corazón, que son fuente infalible de sabiduría que nos guiará hacia buen puerto. 

Imagen cortesía de Hartwig HKD