Las secuelas de educar a tu hijos en un mundo imaginario

Las secuelas de educar a tus hijos en un mundo imaginario

Carlos Rodríguez López 26 enero, 2015 en Psicología 9 compartidos
Las secuelas de educar a tus hijos en un mundo imaginario

Si nuestro hijo, por ejemplo, es un glotón, y devora todas las tabletas de chocolate que hay en la despensa, podemos hacer dos cosas: bien dejamos que se atiborre y, con toda probabilidad, se empache, o bien ponemos el chocolate en otro sitio lógico, como el frigorífico.

Este caso fue uno de los expuestos y analizados por H. Wimmer y J. Perner, para demostrar qué decisiones toman los niños ante el cambio de la realidad. La conclusión a la que llegaron fue la que los niños menores de cinco años, al querer chocolate, buscan donde lo vieron por primera vez y no en otro emplazamiento lógico, como la nevera. Los niños que superan los cinco años, por el contrario, sí consideran otras alternativas lógicas y acaban encontrando el chocolate.

Realidad por realidad. Es importante que no dejemos al albedrío lo que podemos controlar, sobre todo si se trata de la educación de nuestros hijos. Es más razonable que les digamos lo que está bien o mal, mediante la confrontación de realidades en vez de recurrir a explicaciones ficticias. Es decir, siendo lo más sinceros posibles, ajustándonos a la realidad, teniendo en cuenta su edad y nivel intelectual.

Al cambiar el chocolate de un sitio a otro, les estamos dando a saber que no es conveniente lo que está haciendo y, si el nuevo emplazamiento es lógico, el objetivo es aún más explícito: enseñarle que comer chocolate en exceso es malo sin recurrir al engaño.

En caso de que, en vez de poner el chocolate en la nevera, lo guardemos en el bolsillo de nuestro abrigo y le digamos que se lo han llevado unos duendes, por poner un caso . El desenlace de la lección sería que, da igual comer tanto chocolate como quieras, sólo que, llegados a un punto, éste desaparece porque sí.

¿Está mal la acción? No lo sabrá hasta que le digamos que la realidad que practica es perjudicial y que, por eso, la realidad ha cambiado. Si actuamos desde la fantasía, con recursos no tangibles, no podremos explicar a nuestros hijos con autoridad, que su comportamiento no es el adecuado. La autoridad debe tener como raíz a la verdad, si no, la autoridad será cuestionada.

Una de las  consecuencias de acudir excesivamente a la fantasía para educar a nuestros hijos es la distorsión de la realidad. Cuando nuestro hijo crezca se dará cuenta de que la vida, la vida real, cotidiana, no es como nosotros se la habíamos contado, y le costará más trabajo adecuarse al mundo que le rodea.

Los padres deben ser, de alguna manera, las figuras encargadas de frustar en pequeñas dosis a los hijos, teniendo en cuenta siempre su bienestar, con la intención encubierta de que evolucionen en su aprendizaje antes las diversas situaciones que se les puedan presentar en su vida

Si aplicamos  la frustración a nuestros hijos, cuando y cómo lo necesiten, estos asimilarán en las primeras etapas de la infancia las herramientas necesarias para madurar de forma segura.

Se trata de una práctica normal y necesaria. Someter a nuestros hijos a una serie de reglas, es la mejor manera de formarlos para que tengan un futuro mejor,  pese a que en ocasiones nos resulte incómodo y doloroso.

Es fundamental advertirles  que no todo está permitido y que, aunque  la fantasía es un elemento importante para su desarrollo, el límite que presenta la realidad es la herramienta indispensable para un óptimo equilibrio psíquico.

Estamos, pues, ante una medida que, a largo plazo, será beneficiosa para nuestros hijos, ya que aprenderán a canalizar el fracaso y, por lo tanto, estarán mejor preparados para abordar todos los problemas que la etapa adulta les presentará.

Carlos Rodríguez López

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