Poner los pies sobre la Tierra

Ana Jau · 19 junio, 2013

Frecuentemente escuchamos decir por todas partes que el destino del ser humano sería terrible sin los sueños, comúnmente argumentamos que todos tenemos derecho a soñar; y si bien esto es cierto, es necesario reflexionar un poco  sobre la forma en que debemos plantearnos este “derecho al sueño”.

Pues bien, podríamos decir que todo comienza soñando, hasta ahí no hay ningún problema, pero lo cierto es que uno no puede vivir eternamente de los sueños, cuando estos se han prolongado durante demasiado tiempo, cuando son el ingrediente principal de nuestras vidas, comienzan a pesar.

En realidad la belleza de la imaginación humana es la previsión, es decir, la capacidad de pensar en el futuro y actuar de acuerdo a lo que vemos que ocurrirá en momentos posteriores a nuestro presente. En términos de los sueños, esto significa que la razón de su existencia es nuestra capacidad de transformarlos en realidad, los sueños no están ahí para que nos deleitemos con ellos, están para impulsarnos a actuar en su consecución.

Los sueños no son un placer, son un motivo, una necesidad, un deseo a cumplir; si se quedan por siempre almacenados en nuestras mentes para lo único que nos sirven es para sentir nostalgia por lo que no hemos podido convertir en realidad. La fantasía es como el premio de consolación ante la imposibilidad de fajarnos los pantalones e intentar, aún si fallamos, lograr aquellas cosas que imaginamos para nuestras vidas.   

Pero llevar a la realidad lo que tenemos en nuestra mente requiere de mucho esfuerzo, es un reto administrado por nosotros mismos. En primer lugar es preciso poner los pies sobre la Tierra, ser honestos y omitir por un instante las fantasías narcisistas sobre nosotros, observarnos tal y como somos, con lo que nos gusta y con lo que detestamos, con lo que tenemos y con nuestras carencias; es preciso hablarnos con la verdad, pues deformando nuestra imagen y la del mundo que nos rodea lo único que conseguimos es una imposibilidad lógica en la consecución de nuestros fines, es decir, nos quedamos igual.

El trabajo de observación es quizá el más importante, pues sólo a través de este podemos descubrir las cosas que frecuentemente nos ocultamos por comodidad, pero la verdad tarde o temprano hace estragos en nuestra personalidad, así que nos obliga a verla, y entre más temprano mejor.  Después de observar el trabajo debe estar dirigido a destruir aquellos ingredientes que poseemos y que no forman parte de nuestro sueño, de lo que queremos ser, y conseguir aquellos de los que carecemos pero son indispensables para nuestros planes.

Bien decían por ahí que cada día hay que ser lo que no somos, pero nos gustaría ser, entonces un día repentino las cosas habrán cambiado para siempre. Esto sugiere que los sueños son buenos como punto de partida, son los testigos del poder de nuestra imaginación, pero de ninguna forma son un estado estático en el que debemos detenernos, quizá valoramos muy poco al realismo, pero a decir verdad es sólo cuando nuestros sueños se han convertido en sucesos cuando el sosiego es realmente duradero.

Fotografía cortesía de Abraham Gómez