Tengo muchas ganas de no pensarte

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 19 junio, 2015
Raquel Aldana · 19 junio, 2015

 

Me encuentro en esta taberna preguntándome cuánto sería capaz de pagar por el olvido. No me duelen prendas, incluso las vendería todas y me quedaría desnuda. No tiene que hacer más frío del que siento ahora y el constipado no me obligaría a descansar más que el dolor que guardo en el espacio que hay entre la copa y mis labios. Invisible y levitando.

Quema más que el alcohol puro y guarda la esperanza engañosa de las punzadas, como el goteo en la piedra. Me imagino dos mundos separados por un enorme precipicio. En uno estás tú y en el otro no lo estás y tengo la sensación de que no puedo vivir en ninguno de los dos.

 

No es la primera vez que me enamoro

“Te lo digo para que no me cuentes que esto se pasa. Ya lo sé. Conozco el camino gracias”

Así fue como le conocí, él estaba detrás de la barra y yo intentando encontrar el final para mi novela. Él se pensó que ahogaba penas y yo me puse en la piel del personaje que después he imitado. Palabra por palabra, letra por letra.

En ese personaje encerré todos mis miedos y las palabras que utilicé para caricaturizarlos, pero solamente sirvieron para que se escaparan por un sitio que desconozco. Ahora me encuentro en otro bar y con el corazón roto en mil pedazos, tan pequeños que me hacen invisible.

 

amor congelado

 

Soy como una verdad cruel, alguien a quien presentarías la última después de haber descartado todas las ideas que se te han ocurrido para no tener que hacerlo. Para no tener que llegar a ese momento en el que todo estalla por los aires y te das cuenta de que no hay vuelta atrás.

Aunque no conoces todos los pegamentos del mundo, alcanzas la certeza de que no existe ninguno que pueda arreglar el golpe de la última caída. Seco, sordo, incluso desde fuera inocente. Es entonces cuando el amor pasa a convertirse en una burbuja que no puedes tocar ni tampoco dejar de mirar hasta que termina de explotar en el peor de los silencios.

Mientras, intentas encontrar una manera de contarle a todos que la persona a la que hasta ayer hubieras defendido a muerte hoy ya no es la misma, y ya no puedes hacerlo porque no es el papel que te corresponde. Es así, la realidad poco a poco se va imponiendo, llega como las olas a la playa y entre crecida y crecida están las noches para pensar.

Sin mirar el reloj, de pronto tengo la sensación de que es ya muy tarde y de que el camarero que ha empezado a recoger las últimas mesas no va a ser la inspiración para mi próxima vida.

 

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Sin embargo, me invade una pereza horrible. Caminar hasta casa mirando de reojo a mi espalda, abrir el portal, quitarme la ropa y calentar las sábanas frías impone una cotidianidad en mi mundo que me abruma.

Pago con las vueltas de todo el día y salgo a la calle. Está helada y resbalar es fácil. Veo un león dibujado en un cartel iluminado y me preguntó qué haría si ahora saliera uno a mi encuentro. Entonces recuerdo que soy invisible y no me podría hacer nada que me importara.

Una voz dentro de mí me llama mentirosa. Las lágrimas empiezan una a una a dibujar toboganes por mi mejilla. Así, mientras rompo con mis pasos el silencio de las calles y reconozco como mío un trozo de mi corazón empiezo a temer al león.

Al mismo tiempo que me doy cuenta de que la vida aún tiene cosas para quitarme, también alcanzo la certeza de que existen aquellas por las que vivir.

Entonces me invade el sueño, empiezo a pensar en el protagonista de mi próxima novela…

 

Imagen destacada cortesía de bruneiwska