¿Cuántos de nosotros estamos muertos?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 25 noviembre, 2015
Sonia Viéitez Carrazoni · 14 marzo, 2013

No vemos las cosas  tal como son, sino tal como somos.

Estamos acostumbrados a vivir herméticamente en nuestros domicilios sin levantar la vista más que hacia  las ventanas de nuestro alrededor. Y si carecemos de ventanas, perdemos rápidamente el interés  por lo que nos espera afuera.

Dejamos de ilusionarnos por  el  afuera hasta el punto de no descorrer las cortinas, a cerrar las persianas  hasta llegar al extremo de encender mucho más temprano que de costumbre la luz. A medida que la costumbre se apodera de nosotros, olvidamos la luz,  el oxigeno, la inmensa amplitud que nos ofrece la vida, y despertamos sobresaltados porque se nos hace tarde aunque no sepamos muy bien para qué.

Y desayunamos con stress porque vamos retrasados,  y para no perder un minuto leemos el periódico, en el metro, en el bus, en el tren, porque nos vuelve a escasear el tiempo. Y sin disponer de tiempo apenas comemos, y abandonamos nuestro trabajo prácticamente de noche, y nos dormimos en cualquier parte porque estamos cansados. 

Y llegamos exhaustos para cenar y descansar  sin haber disfrutado y pensando de nuevo en el próximo día pesado que llegara mañana. Estamos acostumbrados a sonreír sin esperar una sonrisa a cambio, a parecer  invisibles cuando más necesitábamos ser ayudados,  a valorar los triunfos de los demás, mientras de nuestra vida solo tenemos en cuenta los desengaños.

Inconscientemente convivimos mas con el "tener" que con el "disfrutar". Hablar, escuchar, olvidar y perdonar no entra en nuestros planes porque nos supondría un  desgaste y un tiempo  que no estamos dispuestos a desperdiciar. Ahorramos en nuestro día a día,  porque no vemos que estamos muertos.

Nos hemos olvidado, que los pequeños detalles pueden desmoronar los grandes esfuerzos,  y que  duele más el cómo, que el quién, el engaño, que la mentira,  un "porque me da la gana", que un "por supuesto", y así llegamos a la conclusión de  que lo único goloso que nos queda para seguir tirando, es aceptar que las apariencias engañan,  porque es mejor  no ver , estar dormidos, o acumular sueño atrasado. Nos hemos acostumbrado hasta respirar las flores cuando nos las depositan en el cementerio, mientras somos muertos vivientes por expresa decisión nuestra.

Puede que seamos culpables de nuestra ceguera, pero deberíamos recordar lo que alguien escribió una vez: "LA MUERTE ESTÁ TAN SEGURA DE SU VICTORIA, QUE NOS DA TODA UNA VIDA CON SU TIEMPO DE VENTAJA"

Imagen cortesía de Lazybone Cafe