Padres que controlan a sus hijos adultos

08 Julio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater
Los padres controladores no dejan de serlo solo porque los hijos sean adultos. Al contrario, en esa etapa suelen ejercer mecanismos de control más sofisticados como el chantaje emocional o el victimismo. Lo analizamos a continuación.

Recibir consejos que no se necesitan. Ser objeto de reproches constantes. Recomendar lo que uno debería hacer y lo que no. Hacer uso del chantaje, de ese lenguaje manipulador que roba la motivación y hasta la autoestima… La forma en que los padres controlan a sus hijos adultos es a menudo tan sibilina que podría escribirse un libro.

No obstante, ese libro sería en realidad un diario de sufrimientos y lamentos silenciados. Porque llegar a la edad adulta y tener sobre las propias espaldas la sombra alargada del padre que supervisa y critica o de la madre que usa mil artimañas para seguir controlando, merma la propia dignidad y hace que todas estas dinámicas sean invisibles en nuestra sociedad.

Una sociedad además que sigue encumbrando la labor de los padres y que ve en la familia ese refugio de amor incondicional que todo lo arropa y enriquece. Cuando en ocasiones, los padres y su estilo de crianza y educación actúan como auténticas fábricas de infelicidad. Un sufrimiento que se inocula en la infancia y que, en muchos casos, persiste en edades adultas.

¿Por qué hay padres y madres que controlan a sus hijos? Aún más… ¿por qué esos hijos no pueden escapar a ese influjo en gran parte de los casos? Lo analizamos.

Padres controlando a su hijo

Padres que controlan a sus hijos adultos

Son muchos los padres que controlan a sus hijos adultos desde la cercanía e incluso desde la lejanía. No importa que ese hijo o esa hija ya haya dejado el hogar familiar y tenga familia propia y una vida separada. El cordón umbilical sigue sin romperse y a través de él continúa alimentándose ese amor envenenado que busca un solo objetivo: lograr que los sigan necesitando.

Si nos preguntamos qué hay detrás de la necesidad de control en este tipo de dinámicas la respuesta es sencilla. Quien busca controlar intenta aliviar una sensación de carencia.

En este caso, los padres lo que buscan es defenderse de la soledad convenciendo a sus hijos de que siguen siendo imprescindibles para ellos. La cercanía (y la dominación) les confiere la sensación de seguir siendo útiles, de ostentar el poder y aliviar así la baja autoestima y esa personalidad distorsionada que no ve el sufrimiento que genera su conducta.

El hecho de que los hijos sean adultos no disuade un ápice esta necesidad por controlar. Las técnicas deben ser más sofisticadas, pero quien lleva media vida o una vida entera siendo un manipulador psicológico siempre encuentra vías y estrategias. No importa que el hijo continúe en el hogar o lo haya dejado ya. Las redes controladoras siguen extendiéndose y asfixiando con sobrada habilidad.

El miedo de los padres a dejar que la vida fluya con naturalidad

Quien controla, como ya sabemos, lo hace motivado por la sensación de carencia, pero también por el miedo. Tienen miedo a que la vida de un hijo siga su camino con independencia, madurez y libertad lejos del hogar. Cualquier intento de este último por asumir las riendas propias de su existencia se interpreta como un agravio y surgen al instante emociones tan afiladas como la ira, la rabia, la angustia…

Ver cómo los hijos se atreven en un momento dado a tomar sus decisiones en materia laboral y personal se interpreta como poco más que una amenaza. Es más, el padre o la madre controladora le hará ver que con ese paso lo que consigue no es otra cosa que hacerles daño, porque… «¿Cómo te atreves a irte a trabajar a otra ciudad y dejarme solo?» «¿Cómo se te pasa por la cabeza echarte novio o novia ahora con lo que yo te necesito?».

Este tipo de progenitores solo alzan muros para que la vida no fluya, para que el día a día del hijo se estanque por completo.

Padres que controlan a sus hijos adultos ¿cómo lo hacen?

Los padres que controlan a sus hijos lo hacen de formas camufladas, indirectas y dolorosas. Es un tipo de manipulación tan insidiosa que los hijos no saben muy bien cómo explicarlo cuando llegan a terapia psicológica.

Esa red de araña que atrapa y coarta libertades, en realidad, siempre ha estado a su alrededor, encapsulándolos, de manera que a veces asumen como normal algo que en no lo es en absoluto.

  • El padre o la madre controladora siempre está para «ayudar», pero gracias a esa ayuda, en apariencia bienintencionada, tienen una excusa para dominar. Así, el que nos ayuden económicamente, el que nos realicen determinadas tareas les sirve finalmente no solo para controlarlos, también para chantajear y seguir ejerciendo la autoridad.
  • Por otro lado, también hacen uso de esa manipulación emocional que vuelca sobre el hijo o la hija la sensación de culpa constante, de estar abandonando, traicionando o hiriendo al progenitor.
  • El control también se ejerce con la palabra, con esos consejos que saben a órdenes y que no dudan en decirnos aquello de que es «por nuestro bien, porque ellos saben lo que nos conviene».
Hombre pensando en los Padres que controlan a sus hijos adultos

¿Cómo salir de la cárcel de los padres controladores?

Reflexionar sobre la relación que tenemos con nuestros padres es una necesidad. Debemos hacerlo para tomar conciencia (y sin importar la edad que tengamos) sobre si ese lazo nos ofrece bienestar y sufrimiento. Decimos esto último porque hay quien no percibe hasta qué punto la sombra de la familia media y deforma su calidad de vida.

  • Debemos ser claros con nuestros padres sobre qué comportamientos estamos dispuestos a aceptar y cuáles no.
  • Establecer límites claros es un ejercicio de salud. Si no los respetan, si reaccionan mal y hacen uso del victimismo advirtiéndonos de que los estamos abandonando, hay que evitar caer nuevamente en sus redes. Cuando uno marca un límite, los demás solo tienen dos opciones: aceptarlos o ver cómo nos distanciamos más aún.

Lo más acertado en todos los casos es hablar con asertividad y claridad con nuestros padres sobre cómo deseamos que sean las cosas por el bien de todos. Asimismo, y no menos importante, no debemos descuidar otro aspecto esencial: sanar todos esos años de desgaste y manipulación constante.

Esas heridas suelen dejar la marca de una baja autoestima e incluso de un estrés postraumático. Tengámoslo presente.