El perdón y la buena conciencia sirven de buena almohada

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 26 abril, 2017
Cristina Medina Gomez · 1 enero, 2016

Haber logrado perdonar a alguien que me ha hecho daño o tener la seguridad de que he actuado de la mejor manera de la que podría haberlo hecho, me ayuda a sentirme mejor conmigo misma y a evitar el dolor de cabeza que ocasiona algo que me preocupa. He cometido mis errores y los han cometido conmigo, pero he rectificado y he aceptado que lo hicieran.

Se dice que, en general, cuando las preocupaciones aprisionan la mente no dejan vivir y sobre todo, ir a la cama con la suficiente tranquilidad. Por esta razón es por la que, de igual modo, puedo afirmar que entender lo que significa la acción ‘pedir perdón’ y ponerla en práctica, sirve siempre de buena almohada.

No sé de nadie que se merezca más que aquel que ha perdonado sin olvidar que pedir perdón cuesta tanto como darlo.

El acto de pedir perdón

Decía Elvira Sastre que una vida sin valentía es un infinito camino de vuelta y no se equivocaba en nada, porque siempre he tenido en mente que a la valentía de pedir perdón le seguía la grandeza de perdonar. 

Mujer dormida

En otras palabras a un acto como el de ‘pedir perdón’, que me exige un poco de autocrítica, de autoanálisis y sobre todo mucha humildad, le sigue la recompensa de hacerme mejor persona.

“No hay nada mejor que reencontrarse con uno mismo y perdonar a la otra persona tenga razón o no, porque la gente, cuando hace cosas dolorosas, normalmente las hace porque en ese momento no podía hacerlo mejor, porque tenía miedo o por lo que fuera. Entonces, perdonar es algo maravilloso.”

-Marwan-

El acto de pedir perdón me salva porque implica asumir mis propios errores que han podido hacer daño a otras personas, a veces muy queridas. En este último caso, lo más probable es que lo haya hecho sin querer, pero lo he hecho, y me siento mejor si pido perdón y soy perdonada. 

Dar el perdón a los demás, perdonarme a mí misma y ganarme que me perdonaran me ha ayudado a huir de los resentimientos, del malestar, de las heridas que no cerraban, de un pasado que no me dejaba mirar al futuro.

Aquello a lo que, en este contexto, se llama ‘buena conciencia’

Al acto de ‘pedir perdón’ se le suma inherentemente la ‘conciencia‘, entendida aquí como el juez que dictamina mi comportamiento: me recrimina, me halaga, opina sobre mí y se sincera.

Una mala conciencia por algún acto mal cometido o una palabra mal dicha, me altera, me enerva y empeora mi salud: se convierte en una almohada que no me deja encontrar mi hueco y no me permite descansar.

“La conciencia hace que nos descubramos, que nos denunciemos o nos acusemos a nosotros mismos, y a falta de testigos declara contra nosotros.”

-Michael de Montaigne-

Cuando pido perdón sinceramente y me perdonan, o viceversa, esa almohada de la que hablaba se transforma: ahora encuentro mi lugar en la cama y en la vida, conmigo y con los demás. Tener una ‘buena conciencia’ se convierte en un paso hacia delante y una puerta más que cierro, dándole la espalda a un pasado del que he aprendido.

Todo el mundo ha pedido perdón alguna vez

Pareja abrazándose en la noche

El hecho de pedir perdón, sobre todo cuando me he equivocado mucho, me ha podido provocar vergüenza; porque a nadie le gusta retroceder y reconocer que no lo hizo bien.

Sin embargo, sé que todo el mundo ha pedido perdón alguna vez y que es algo necesario: nadie es perfecto y todo el mundo se equivoca, como se suele decir. Por eso mismo nadie queda excluido del acto gratificante de ‘pedir perdón’.

Para cuando lo necesites y corrígete si no estás en lo cierto, no te juzgues cuando no te lo merezcas, sé humilde pero no te humilles; reconoce siempre que nadie, tanto como tú, puede vivir sin perdonar ni ser perdonado.