Reprimir emociones es un factor de riesgo para las enfermedades hepáticas

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 15 agosto, 2016
Fátima Servián Franco · 15 agosto, 2016

El pensamiento más consensuado en los últimos años ha insistido en el uso de la razón por encima de las emociones. Así, nos han educado restando importancia a la emoción y su expresión. Las personas tienden a amoldar su expresión emocional a los cánones socialmente aceptados, lo cual puede implicar reprimir o negar determinadas emociones.

Algunas emociones han sido catalogadas socialmente como negativas, tales como la rabia, la tristeza, el dolor o el miedo. Un ejemplo de esto lo encontramos en frases que todos hemos venido escuchando desde nuestra infancia hasta ahora, trasmitiéndose culturalmente y pasando a formar parte de nuestros pensamientos más profundos.

Es común escuchar expresiones tales como,“si te ven llorando van a pensar que eres débil”, “si te ven enfadado van a pensar que eres un amargado ”, “contrólate, no llores”, “los hombres no lloran”, etc. Estos pensamientos los convertimos en dogmáticos y distorsionamos la expresión de nuestros propios sentimientos, creando así predisponentes para algunas enfermedades físicas, entre ellas las enfermedades hepáticas.

“Si cierras tu corazón a los sentimientos, te estas dejando fuera la verdad”

-Vivaracho-

La represión emocional daña nuestra salud física

Negar o reprimir emociones culturalmente sesgadas como el miedo, la tristeza o la rabia, no hará que desaparezcan por más que les echemos arena encima. Cuando reprimimos las emociones, negándoles su expresión, el efecto de expresión y movimiento que es inhibido se encauza hacia nuestro interior.

Así, por ejemplo, cuando reprimimos la rabia o el miedo, la tensión muscular que debería experimentarse en los músculos orientados hacia el exterior, que intervienen en la respuesta típica de huida o ataque, se redirecciona hacia adentro, transfiriendo esa carga a los músculos internos y vísceras.

A largo plazo, la tensión que acompaña a las emociones y que fue inhibida, termina expresándose a través de otras formas, como contracciones o rigidez muscular, dolores del cuello y espalda, enfermedades gástricas, dolores de cabeza y, cómo no, en las enfermedades hepáticas.

El doctor Colbert apuntó que las emociones que quedan atrapadas dentro de la persona buscan resolución y expresión. Esto forma parte de la naturaleza de las emociones, porque deben sentirse y expresarse.

Manos de una mujer haciéndose daño

Controlar las emociones es una experiencia algo ilusoria en determinadas circunstancias y con logros muy engañosos. Detrás de la fachada de control que la persona arma, se mantiene un equilibrio muy precario, ya que el intentar controlar sólo lograría una transformación transitoria de la conducta externa, pues tarde o temprano las emociones reprimidas necesitarán salir.

“El reprimir sentimientos no nos hace mas fuertes, nos hace más vulnerables ante las adversidades”

-Demente Nano Silhy-

Las emociones que atacan a nuestro hígado

Situado bajo el diafragma, el hígado es el órgano de la desintoxicación. El hígado cumple un papel primordial en todas las funciones vitales, no solo filtra y elimina desechos, sino que también se ocupa de neutralizar venenos, toxinas, microbios y sustancias cancerígenas. Cuando este órgano se ve afectado, desencadenará múltiples patologías dentro y fuera del hígado, afectando a otros órganos.

Cualquier tipo de estrés o presión bloquea de una u otra forma el funcionamiento hepático, ya que al tensionarse el cuerpo dispone toda su atención en la solución de aquello que agobia y estresa. Esto es hasta cierto punto normal y saludable, pero cuando el estrés es repetido y acentuado, el hígado bloqueará crónicamente su actividad y estará predispuesto a una congestión.

La emoción que más se ha relacionado con los problemas hepáticos es la ira, según explica Macioccia (2009). El término ira debe interpretarse en su sentido más amplio, incluyendo estados emocionales como resentimiento, enojo reprimido, frustración, irritación, rabia, indignación, animosidad o amargura. Si estos estados persisten durante mucho tiempo, el hígado puede verse potencialmente afectado, provocando estancamiento.

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Para evitar una posible afectación en nuestro hígado y mantenerlo en óptimas condiciones, una buena idea consiste en trascender del papel que la sociedad otorga a las emociones negativas. En vez de evitar la ira y la frustración, tendremos que confrontar las situaciones que producen estas emociones, hablando de los temas que nos incomodan y solucionando las situaciones de estrés.

Del correcto funcionamiento hepático depende el organismo