Cuando nadie me ve mi alma se complace

Cuando nadie me ve mi alma se complace

Valeria Sabater 6 junio, 2016 en Psicología 3957 compartidos
mujer dormitando en flores de loto

Cuando nadie me ve mi alma se complace. Puedo ser como el niño que juega, que ríe por nada o que llora por todo cuando así lo necesita y la mirada adulta no le juzga. Cuando estoy a solas me deleito con placeres sencillos, en no hacer nada y soñarlo todo. Pasear sin ropa o sumergirme en una bañera de espuma y desinfectar mis penas y preocupaciones.

Pocos escenarios son tan necesitados como esos en los que habitamos en la más pura intimidad, a veces descarada, a veces placentera, pero ante todo, vital. Porque cuando nadie nos ve, el alma y la mente se relajan y dejamos caer “muchas pieles” mientras nos deleitamos en actos tan elementales como tomar una taza de café, leer una revista, vestirnos o dejar la mirada suspendida en tibia calma del atardecer.

Adoro la intimidad de esos pequeños instantes en que nadie me ve. Mi mente florece de pronto y mi corazón se relaja, porque no hay nada como llegar a casa y descalzarse los pies y las penas, desnudarse de prendas opresivas y de los botones del estrés.
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Las personas nos pasamos gran parte del día sometidos a infinitas normas reguladoras del comportamiento. Quizá, por ello, nos resultan tan catárticos esos espacios privados donde no se espera nada de nosotros, donde no estamos sometidos al juicio de las miradas ni a los convencionalismos sobre cómo actuar, vestir o cómo reaccionar ante ciertas situaciones.

Es un tema tan complejo como interesante que te invitamos a descubrir con nosotros.

mujer haciendo pompas de jabón

Cuando nadie nos ve y podemos “desnudarnos”

Todos estamos “incrustados” a la fuerza en un universo social donde hemos de adaptarnos física y psicológicamente. Pasamos gran parte de nuestro ciclo vital orbitando por determinados entornos en los que siempre se demanda algo de nosotros: ser buenos hijos, buenos estudiantes, trabajadores eficaces, padres y madres perfectos y amigos ideales.

En mis instantes de soledad, cuando nadie me ve, no llega la envidia pero sí mi orgullo al disfrutar desnudando mi alma y mi mente del rumor de la vida y las presiones.
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Ahora bien, aunque queda claro que la mayoría de nosotros nos esforzamos cada día por lograr cada una de estas aspiraciones, la propia presión tanto interna como externa va creando en nosotros “pequeños callos psicológicos”. Son marcas por la fuerza ejercida, por el desgaste e incluso por qué no decirlo, el cansancio.

Luchar por la “excelencia” en nuestras vidas no es malo, en absoluto. Tampoco nos negamos esa grata felicidad que nos ofrece el amar y ser amado, el tener instantes de mágicas complicidades con nuestros amigos, pero todos, absolutamente todos, anhelamos nuestros propios refugios privados donde no ser vistos y, por fin, desnudarnos para aliviar esas zonas de “presión psicológica y emocional”.

mujer leyendo

Según un estudio llevado a cabo por el neurólogo Mark Leary, de la Universidad de Carolina del Norte (Estados Unidos) una de las presiones más comunes que sufrimos las personas son las llamadas “metapercepciones”, es decir, las percepciones que nosotros mismos tenemos acerca de cómo nos ven los demás.

Para muchos es un tipo de ansiedad social realmente molesta donde los instantes de intimidad adquieren aquí máximo sentido, porque se apaga por fin la amenazante sensación de estar “constantemente juzgados”. Para otros, en cambio, este aspecto apenas les supone un problema. Porque filtran todas las señales que reciben a través de un buen autoconcepto y una autoestima firme.

No necesitan refugiarse, pero aún así, también se complacen de sus instantes a solas. Ahí donde no ser vistos.

El placer de la propia intimidad y las tareas rutinarias

Cocinar un postre mientras le explicamos por milésima vez a nuestro perro por qué no podemos darle chocolate, bailar por casa con el cabello alborotado, con los calcetines desparejados y en ropa interior, pintarnos las uñas, jugar a un videojuego, leer novelas eróticas, escribir iniciales en un frío cristal mientras vemos cómo llueve en el exterior…

¿Qué importancia tiene? Mucha, sin duda. Porque lo que hacemos cuando no somos vistos no le incumbe a nadie, es como ese rincón debajo de  una escalera donde nos escondíamos de niños para crear nuestro refugio imaginario lejos, muy lejos del mundo de los mayores. Ahora, cuando nuestra mente ya viste preocupaciones de adulto y los mismos miedos que un niño, anhelamos reencontrar ese rincón privado donde conectar con nosotros mismos.

Para Mihály Csíkszentmihályi, célebre psicólogo y autor de libros como “Flow (fluir) una psicología de la felicidad”, esos instantes son parte indiscutible de nuestro bienestar personal y emocional y, por tanto, necesarios.

hombre acariciando un caballo disfrutando de ser paciente

Todo acto que nos permita retirar esa “piel muerta” formada por el rumor del pensamiento negativo, el estrés o las preocupaciones cotidianas, y que a su vez nos invite a conectar con el momento presente y con nuestra propia conciencia, es una forma de invertir en felicidad.

Porque fluir es dejarse llevar por el ronroneo apaciguado de la vida, sin prisas ni presiones pero sin descuidar nunca esa maravillosa aventura por ser siempre uno mismo. Los instantes de soledad, esos en los que nadie nos ve, son momentos de necesitada complicidad donde descansar y permitir que nuestra alma se deleite. Ponlo en práctica cada día.

Valeria Sabater

Soy psicóloga y escritora. La curiosidad por el conocimiento humano es mi cerradura particular, la psicología mi llave, la escritura, mi pasión.

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