El pensamiento catastrófico o “hacerse un vídeo negativo” de todo

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 11 noviembre, 2018
Edith Sánchez · 11 noviembre, 2018
El pensamiento catastrófico en muchos casos constituye una tentación. Ponernos en el peor escenario puede impedir que nos decepcionemos, eso sí, pagando el precio de sembrar en nosotros la semilla de la amargura.

El pensamiento catastrófico se expresa con frecuencia de dos maneras en nuestra vida. La primera es cuando agrandamos o maximizamos una dificultad o una situación negativa. La segunda tiene lugar cuando miramos hacia el horizonte y solo podemos visualizar el peor de los escenarios para los problemas que tenemos o las situaciones que afrontamos.

Coloquialmente se dice que quienes tienen un pensamiento catastrófico se hacen un “vídeo negativo”. Algo así es lo que ocurre. Es como si la mente produjera toda una película, es decir, una secuencia de acontecimientos. Lo distintivo de esos sucesos es que son muy malos o tienen un halo con una gran capacidad destructiva. Quien actúa así es como si necesitara martirizarse con su propia imaginación.

Las personas con un alto nivel de ansiedad y depresión suelen trabajar con pensamientos catastróficos, siendo este uno de los elementos que hacen que precisamente esa depresión o ansiedad se mantenga. Que vengan a la mente esas ideas es consecuencia de un estado de ánimo que está trastocado. Es ese estado de ánimo el que nos lleva a fantasear con lo peor, con lo macabro o lo horrible. Veamos de qué va todo esto.

El optimista siempre tiene un proyecto. El pesimista siempre tiene una excusa”.

-Autor anónimo-

Las características del pensamiento catastrófico

El principal rasgo del pensamiento catastrófico es que no se basa en el reconocimiento de riesgos reales. Se trata de un pensamiento sustentado casi exclusivamente en el plano de lo imaginario o fantástico. En otras palabras, los peligros, las amenazas o los daños que se visualizan son básicamente improbables, que no imposibles.

Una persona dominada por el pensamiento catastrófico puede sentir que su corazón está latiendo muy fuerte. Es posible que no asocie eso con el hecho de que tomó un café hace un rato, o con que caminó muy rápido en los últimos cinco minutos. Más bien verá en ello el comienzo de un infarto o la prueba definitiva de que está envejeciendo a pasos agigantados.

Alguien con pensamiento catastrófico tampoco subirá a un avión porque “presiente” que puede morir en un terrible accidente. O caer en medio del mar y ser devorado por los tiburones. En fin. Como vemos, los pensamientos catastróficos no suele ser imposibles, pero sí improbables. Un “catastrofista” elegirá la peor de todas las opciones para imaginar el futuro. Esto, por supuesto, tendrá consecuencias muy negativas en su estado emocional y en sus patrones de comportamiento.

Mujer con una nube entre sus manos simbolizando el pensamiento catastrófico

El origen de este tipo de pensamiento

Detrás del pensamiento catastrófico, hay una especie de guión o parlamento. Dicho de otro modo, un esquema de pensamiento que se repite. Algo así como una plantilla que se le aplica a todo lo que pasa por la mente. Nos auto-programamos para pensar el mundo en términos terribles.

¿Por qué ocurre esto? Ya lo decíamos. Es una forma en que se expresa la ansiedad y/o la depresión con la que cargamos. Esos estados de ánimo se nutren y se retroalimentan a sí mismos. Son como una bola de nieve que crece y se torna invasiva. El catastrofismo es una de sus manifestaciones.

Para algunos también se convierte en una especie de mecanismo de defensa. Es como si pensar en lo peor nos permitiera luego sentirnos aliviados porque finalmente no se dio ese escenario tan improbable. De alguna manera, sienten que ponerse en lo pero les protege de la desilusión y del dolor. Una especie de “huída hacia adelante” que, sin embargo, les envuelve en una madeja de angustia innecesaria.

mujer con nube en la cabeza representando el pensamiento catastrófico

Las consecuencias de pensar así

El pensamiento catastrófico, como todos nuestros pensamientos, siempre se acompaña de un conjunto de sentimientos y emociones. Al darle rienda suelta solo conseguimos incrementar el miedo, la ira, el resentimiento, la culpa, la tristeza, el pesimismo y un largo etc. Es decir, que se convierte en una forma de cultivar la peor parte de nosotros mismos.

De otro lado, de manera imperceptible también nos convierte en sujetos muy demandantes. O todo tiene que estar perfecto o se avecina el caos. O la gente es intachable, o están ejerciendo una influencia nociva en nuestra vida. Así, terminamos convirtiéndonos en eternos insatisfechos que reniegan de la imperfección de la realidad y se desilusionan de antemano de todo y todos. Así no se vive bien, en todo caso.

Llegados a este punto, toca evaluar si algo de esto nos sucede. Quizás estamos equivocando el camino para tramitar algún malestar previo o algún conflicto que no hemos resuelto. El pensamiento catastrófico no nos protege ni nos ayuda a desahogarnos. Más bien nos despoja de iniciativa, a la vez que nos vuelve más inconformistas. De esta manera, hemos hablado de la semilla de la amargura.

  • Pereyra Girardi, C. I., Ofman, S. D., Cófreces, P., & Stefani, D. (2014). Traducción y Validación del Cuestionario de Cogniciones Catastróficas Modificado (CCQ-M): Un estudio preliminar en sujetos varones argentinos.