Menos quejas, más vida

Edith Sánchez · 24 abril, 2015

Si tu mal tiene remedio ¿por qué te quejas?. Si no lo tiene ¿por qué te quejas?

(Proverbio oriental)

La vida trae consigo momentos difíciles ante los que resulta sano desahogarse con un amigo cercano o un familiar de nuestra entera confianza. Sin embargo, en ocasiones pareciera que quejarse fuera nuestro hobby preferido.

Nos quejamos porque hace frío, pero también porque hace calor, porque sí y porque no, hasta el punto en el que quejarse se convierte en un hábito por el que nos empezamos a distinguir, como un sello personal que le estampamos a nuestra existencia y nos acompaña el resto de nuestros días.

Quejarse siempre será fácil, lo complicado es asumir responsabilidades frente a dicha queja. Es decir: si el problema tiene solución, sencillamente hacemos lo que hay que hacer; si no la tiene, pues, lo dejamos pasar, como indica el proverbio oriental. No tiene sentido desgastarse en algo inútil que escapa a nuestro control.

Cuando andamos livianos por la vida, cargando solo lo indispensable, aunque no lo creamos, es mucho más fácil ser felices, ya que generamos un plus: vamos a afectar de manera positiva a las personas que nos rodean.

Con la queja, nos ubicamos en la posición de víctimas y cuanto más la alimentemos más asumiremos ese papel, por lo que nos congelamos frente al problema y no resolvemos nada. Esto nos impide conocer y desarrollar al máximo nuestro potencial.

queja

¿Por qué nos quejamos?

 

Por lo general, cuando nos quejamos es porque sufrimos y pensamos que no hay solución para nuestros problemas. Por ejemplo, no estamos satisfechos con nuestra apariencia, no tenemos el empleo que tanto anhelamos, ni el automóvil que sí tiene el vecino, o el dinero o recursos que creemos que tanto necesitamos, etc.

Pero si deseamos de verdad cambiar esta situación repetitiva e insana, lo primero que debemos hacer es dejar de pensar tanto y, en cambio, actuar más. En el fondo, mucho de lo que nos gustaría tener no satisface la verdadera necesidad que nos aqueja.

Ahora bien, ¿no sería válido preguntarse “cuáles son mis necesidades reales”? ¿Cuántas cosas de las que adquiriste el último año creías que eran indispensables y luego notaste que no? Quizás terminaron convirtiéndose en algo decorativo o empolvándose en algún lugar de la casa; por eso cuando respondas esta pregunta, debes hacerlo a conciencia.

¿Cuál es mi necesidad?, ¿Para que me sirve la queja? pregúntatelo y reflexiona sobre ello.

¡Empieza ya!

 

Tal vez lo que quieres no es el objeto en sí, sino la sensación asociada a este, o sea bienestar.

También puede ser que eso que tanto anhelas sea muy difícil de obtener. No te desanimes. No es que sea imposible de alcanzar, es solo que hay que dividir el objetivo en varias etapas e ir alcanzando cada una hasta llegar a la meta.

Por ejemplo: te frustra no poder realizar un viaje en el que recorras todo el país, pero, tal vez, podrías conocer un par de ciudades por ahora. Esto sí lo puedes lograr.

Ten la certeza de que así estarás empezando a resolver el problema que genera la queja y estarás canalizando tus energías en algo productivo para ti, que te hará sentir mucho mejor y sin ánimos de quejarte.

Deja de culparte y date una oportunidad. Empieza ya: inténtalo por dos semanas, te sorprenderás con los resultados. Nadie dice que sea fácil, pero será lo mejor para ti. Así que ¡manos a la obra!