Turismo emocional, navegar sin brújula en el amor

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 12 diciembre, 2017
Sara Clemente · 12 diciembre, 2017

Cuando sufrimos una ruptura amorosa muy dolorosa o hemos tenido varias relaciones de pareja infructuosas, puede que nos encontremos perdidos. Algo así como un barco desnortado en mitad del océano, a la deriva y sin control. Para muchas personas, la alternativa a esta situación es el turismo emocional. Una huida hacia delante, sin curación, ni cicatrización previa.

Separarse de la persona con la que se han atravesado diferentes etapas de la vida, supone sufrir por el distanciamiento físico pero también por el emocional. Y es precisamente este último el más difícil de sanar porque solemos resistirnos a él.

Mujer hablando al oído a un hombre

Turismo emocional, un proceso de duelo incompleto

Tras una ruptura, muchas personas atraviesan un largo proceso de duelo en el que poco a poco, toman contacto con la realidad: la pérdida de un compañero de vida.  En un primer momento se niegan a aceptarlo. Más tarde, la desesperanza los visita e incluso, se pueden experimentar síntomas depresivos y de ansiedad.

La siguiente fase del proceso es la aceptación. La vuelta al mundo real y la asunción de que las ilusiones eran meras utopías. Es el momento de reconstruirse y conocer gente nueva. Por último, si todo va bien, se experimenta la sensación de superación. Por fin se es capaz de analizar la relación anterior con objetividad y aprender de los errores pasados.

El turismo emocional surge en aquellas personas que no completan este proceso de duelo por miedo o como mecanismo de defensa. Se quedan anclados en una de las etapas y se niegan la oportunidad de mantener relaciones positivas en un futuro. Optan por insensibilizarse y por mantener vínculos interpersonales con los demás a modo de pasatiempo turístico.

Los navegantes sin rumbo

Los turistas emocionales van saltando de persona en persona, de un lugar a otro, de un puerto al siguiente. Sin rumbo fijo. Simplemente se dejan llevar. Exploran nuevas sensaciones y se definen como auténticos aventureros. Buscan placer, alegría y euforia. No sienten necesidad de comprometerse ni se responsabilizan de las personas con las que se vinculan.

Ahora bien, no hay que confundir a estas personas con aquellas que eligen no tener pareja porque prefieren estar solteros. El turismo emocional no es resultado de la elección de estar soltero, sino una conducta derivada del autosabotaje emocional.

Hombre cogiendo mano la una mujer

Se niegan al vínculo duradero

El turismo emocional juega inconscientemente en contra de los deseos de la persona. Así, aunque estos navegantes quieran empezar una relación estable con una nueva pareja, no pueden hacerlo porque aún no se han enfrentado al dolor de su ruptura anterior.

Están anclados en el pasado, aunque pretendan no hacerlo. Por eso, prefieren ir de isla en isla, sin pararse a reflexionar en ninguna orilla. De esta manera, si encuentran su ansiado “paraíso”, no permiten que el amor vuelva a mandar en su corazón. Dejan escapar a esa persona y siguen recorriendo mundo.

Siempre dejan la puerta abierta

Si te cruzas con ellos, seguramente te incitaran a seguir su filosofía. “Más vale arrepentirse de lo que se hace, que de lo que no se hace”. “Arriésgate. Si no, no sabes qué habría podido pasar”.

Los turistas emocionales suelen preferir un “hasta luego” a un adiós. Dejan entrever que pueden volver en cualquier momento. Pero también que no van a hacerlo nunca.

Intermitencia histriónica

Es un querer a ratos. Hoy si y mañana no. El turista emocional viene y va. Su día a día está gobernado por la inestabilidad, el desenfreno y el egoísmo. Los que se encuentran en el otro lado del puerto terminan por no esperar nada de él.

Los turistas emocionales son como aquellas estrellas fugaces que pasan una vez y qué quizá no vuelva a aparecer nunca. Intermitentes en presencia y sentimientos.

Esta conducta puede ser muy peligrosa psicológicamente. Es una manera de vivir el día a día que puede llegar a ser adictiva y generar dependencia. Y más, si el turismo emocional se asume como un estilo de vida. Estar en una cuerda floja constante genera una inseguridad que puede ser patológica.

Extroversión exacerbada

Los turistas emocionales disfrutan tanto haciendo nuevas amistades y manteniendo relaciones esporádicas, como dejándolas marchar o rompiéndolas. Les desespera y les motiva a partes iguales. Raras veces sus relaciones terminan siendo productivas, porque prefieren disfrutar del viaje. Su vida está basada en el aquí y en el ahora.

Si es temporal, sirve de aprendizaje

No obstante, a veces es conveniente salirse de lo establecido y descubrir mundo. Muchas personas, tras salir a flote de una situación amorosa especialmente dañina y de larga duración, deciden transitar nuevos lares.

Si comienzan su ruta de turismo emocional y son conscientes de que lo hacen para desprenderse de su dolor, entonces podrán navegar, perderse y volver a encontrarse sin causar daño a la gente de su alrededor. Este recorrido, especialmente para las personas más emocionales, suele servir de gran aprendizaje, porque se convierte en una experiencia bien llevada y enriquecedora.

Mano con brújula

Cómo ayudar al turista emocional

Lo más normal es que estas personas no sean conscientes del desgaste emocional que están sufriendo. Si deciden escucharte, es conveniente que les aconsejes acudir al psicólogo o psicoterapeuta. Solamente un especialista en parejas podrá ayudarles a realizar los ajustes necesarios para normalizar su vida.

En estos casos, no se trata de cambiar convicciones o valores, sino de ayudar a redirigir el sentido de la vida y romper la coraza construida como mecanismo de protección del afecto correspondido.