7 heridas emocionales de la infancia que persisten cuando somos adultos

Las heridas emocionales son como lesiones psíquicas originadas en la niñez y que repercuten significativamente en nuestro desenvolvimiento como adultos. A continuación, presentamos las 7 heridas emocionales más comunes y cómo podemos superarlas.
7 heridas emocionales de la infancia que persisten cuando somos adultos
Raquel Aldana

Escrito y verificado por la psicóloga Raquel Aldana.

Última actualización: 21 octubre, 2022

Las  heridas emocionales de la infancia vaticinan, en gran parte de los casos, cómo será nuestra calidad de vida cuando seamos adultos. Son como lesiones psíquicas, como fragmentos sueltos y mal curados que nos impiden llevar una existencia plena e incluso afrontar los pequeños problemas del día a día con mayor soltura y resistencia.

Los signos de esas heridas psicológicas suelen evidenciarse de infinitos modos. Ansiedad, pensamientos obsesivos, mayor vulnerabilidad hacia determinados trastornos, problemas del sueño, actitud defensiva…

No es fácil lidiar con un pasado traumático, sin embargo, aún lo es más cuando esas marcas se originaron en una edad temprana. En esa primera etapa de la vida de un niño donde carece aún de estrategias personales para manejar y entender ciertas dimensiones.

“Recuerda que tu cuerpo físico es un reflejo directo del estado de tu ser interior”

Lise Bourbeau-

Así, de alguna forma, es muy común que siempre acontezcan de experiencias dolorosas o heridas emocionales de la infancia que terminarán dejando una impronta muy evidente en nuestra personalidad.

¿Por qué y cómo surgen las heridas emocionales?

A veces, las heridas emocionales aparecen gracias a un pasado infantil realmente traumático. En este caso, los cuidadores o principales referentes afectivos del niño son maltratadores, negligentes o están ausentes.

En cambio, en otros casos, la herida emocional se origina por una interpretación distorsionada de la realidad por parte del niño. Debemos estar conscientes que los pequeños no cuentan con un aparato psíquico lo suficientemente desarrollado que le permita interpretar sus impresiones y sensaciones de forma adecuada. Por tanto, un simple descuido por parte de los padres, puede desembocar en una interpretación catastrófica por parte del infante.

De esta forma, las heridas emocionales se originan por una o varias experiencias negativas (o interpretadas como tal) vividas en la niñez. Dichas vivencias dejan una huella afectiva que, de alguna manera u otra, termina repercutiendo en el comportamiento del adulto.

Dicho esto, veamos a continuación cuáles son nuestras heridas emocionales que persisten hasta la adultez.

Mujer mirando hacia abajo con cara de tristeza por un recuerdo traumático

7 heridas emocionales de la infancia

Las heridas emocionales que suelen repercutir en la adultez son las siguientes:

1. El miedo al abandono

La soledad es el peor enemigo de quien vivió el abandono en su infancia. Por tanto, es común que en la edad adulta se experimente un constante temor a vivir de nuevo esta carencia. De ahí que aparezca, por ejemplo, una elevada ansiedad a ser abandonado por la pareja, pensamientos obsesivos y hasta conductas poco ajustadas por el elevado temor a experimentar una vez más ese sufrimiento.

Es más, estudios como el llevado a cabo por la doctora Sharlene Wolchik de la Universidad de Arizona y publicado en el Journal of Abnormal Child Psychology nos explican que es precisamente el miedo a ser abandonados, lo que genera en gran parte de los casos las rupturas de pareja. Son situaciones donde solo vive la angustia y el temor continuado, algo que genera una elevada dependencia y presión hacia la otra persona. Son situaciones muy complejas de manejar en muchos casos.

Las personas que han tenido las heridas emocionales del abandono en la infancia, tendrán que trabajar su miedo a la soledad, su temor a ser rechazadas y las barreras invisibles al contacto físico.

 

La herida causada por el abandono no es fácil de curar, lo sabemos. Así, tú mismo serás consciente de que ha comenzado a cicatrizar cuando el temor a los momentos de soledad desaparezca, y en ellos empiece a fluir un diálogo interior positivo y esperanzador.

2. El miedo al rechazo

El miedo al rechazo es una de las heridas emocionales de la infancia más profundas, pues implica el rechazo de nuestro interior. Con interior nos referimos a nuestras vivencias, a nuestros pensamientos y a nuestros sentimientos.

En su aparición pueden influir múltiples factores, tales como el rechazo de los progenitores, de la familia o de los iguales. Genera pensamientos de rechazo, de no ser deseado y de descalificación hacia uno mismo.

La persona que padece de miedo al rechazo no se siente merecedora de afecto ni comprensión y se aísla en su vacío interior. Es probable que, si hemos sufrido esto en nuestra infancia, seamos personas huidizas. Por lo que debemos trabajar nuestros temores, nuestros miedos internos y esas situaciones que nos generan pánico.

Si es tu caso, ocúpate de tu lugar, de arriesgar y de tomar decisiones por ti mismo. Cada vez te molestará menos que la gente se aleje y no te tomarás como algo personal que se olviden de ti en algún momento.

3. La humillación, otra de las heridas emocionales

Esta herida se genera cuando en su momento sentimos que los demás nos desaprueban y nos critican. Podemos generar estos problemas en nuestros niños diciéndoles que son torpes, malos o unos pesados, así como aireando sus problemas ante los demás; esto destruye la autoestima infantil.

Las heridas emocionales de la infancia relacionadas con la humillación generan con frecuencia una personalidad dependiente. Además, podemos haber aprendido a ser “tiranos” y egoístas como un mecanismo de defensa, e incluso a humillar a los demás como escudo protector.

Haber sufrido este tipo de experiencias requiere que trabajemos nuestra independencia, nuestra libertad, la comprensión de nuestras necesidades y temores, así como nuestras prioridades.

4. La traición o el miedo a confiar

El miedo a confiar en los demás surge cuando el niño se ha sentido traicionado por alguno de sus progenitores. Dimensiones como incumplir promesas, no proteger, mentir o no estar cuando más se necesita a un padre o a una madre origina heridas profundas. En muchos casos, esa sensación de vacío y desesperanza se transforma en otras dimensiones: desconfianza, frustración, rabia, envidia hacia lo que otros tienen, baja autoestima…

Haber padecido una traición en la infancia construye personas controladoras y que quieren tenerlo todo atado y reatado. Si has padecido estos problemas en la infancia, es probable que sientas la necesidad de ejercer cierto control sobre los demás, lo que frecuentemente se justifica con un carácter fuerte.

Estas personas suelen confirmar sus errores por su forma de actuar. Sanar las heridas emocionales de la traición requiere trabajar la paciencia, la tolerancia y el saber vivir, así como aprender a estar solo y a delegar responsabilidades.

Mujer mirando con cara de tristeza por la ventana

5. La injusticia

La injusticia como herida emocional se origina en un entorno en el que los cuidadores principales son fríos y autoritarios. En la infancia, una exigencia en demasía y que sobrepase los límites generará sentimientos de ineficacia y de inutilidad, tanto en la niñez como en la edad adulta. Un autor experto en este tema es sin duda Yong Zhao, un respetado académico de la educación.

Según Zhao, tal y como nos explica en uno de sus trabajos, el autoritarismo en el hogar y en la propia educación afecta tanto al desarrollo psicológico y emocional, como al potencial y rendimiento de los propios niños. Cuando nuestros derechos son vetados y no recibimos apoyo, consideración y una cercanía afectiva válida y significativa, aparecen sin duda graves heridas psicológicas.

Las consecuencias directas de la injusticia en la conducta de quien lo padece será la rigidez, la baja autoestima, la necesidad de perfeccionismo, así como la incapacidad para tomar decisiones con seguridad.

En estos casos, es importante  trabajar la autoestima, el autoconcepto, así como la rigidez mental, generando la mayor flexibilidad posible y permitiéndose confiar en los demás.

6. Miedo al compromiso

El miedo al compromiso es otra herida emocional que se gesta en la infancia. En estos casos, es bastante común que el niño haya establecido un fuerte vínculo con alguien y, de forma repentina, éste se vio interrumpido. 

Este hecho suele provocar un temor a crear lazos amorosos en un futuro. Pues, a un nivel relativamente inconsciente, evitan revivir el dolor que aquella separación abrupta les generó. Por tanto, no conectarse emocionalmente con los demás es una forma de protegerse del duelo por la ruptura.

7. Desprecio hacia los demás

Las heridas emocionales de la infancia también pueden hacer que adoptemos conductas antisociales. En este caso, es probable que el infante haya sido maltratado o vulnerado por sus referentes afectivos. En consecuencia, siente que los demás son unos depredadores cuyo único objetivo es vencerles o devolverles el daño.

Así, incorporamos a nuestra forma de pensar la idea de que la vida es una guerra abierta contra los otros; en donde los demás se convierten en amenazas o se reducen a posibles medios para alcanzar los objetivos que se buscan.

Ahora que ya conocemos las heridas emocionales de la infancia que pueden afectar a nuestro bienestar, a nuestra salud y a nuestra capacidad para desarrollarnos como personas, podemos comenzar a sanarlas.

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  • Bourbeau, L. (2003) Las cinco heridas que impiden ser uno mismo. OB Stare.

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