El amor confluente, los cimientos de la relación saludable

02 Marzo, 2021
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater
La pareja confluente cree en la igualdad, en la satisfacción emocional y también sexual. No conciben mitos como el amor eterno o la necesidad de sacrificarse por el otro. Se enfocan más bien en el afecto cotidiano, en la cooperación y la reciprocidad. 

El amor confluente supone una ruptura y un avance frente al amor romántico. Define los cimientos de las relaciones más saludables, esas en las que el afecto es activo, reflexivo y pactado. Constituye el vínculo entre dos personas autorrealizadas y sin miedo a la soledad, que se eligen mutuamente para disfrutar, para iniciar un proyecto basado en la reciprocidad.

En esta perspectiva quedan a un lado los clásicos mitos que tanto daño nos han hecho a lo largo del tiempo. Ejemplo de ello son ideas como que el amor es eterno, que hay personas que están predestinadas o que amar es tener que tolerar el sufrimiento… Todas estas concepciones caducas quedan fuera del concepto de las relaciones confluentes.

El romanticismo lleva siglos dejando víctimas a su paso y quien más y quien menos ya se ha llevado una decepción al asumir alguno de sus estandartes. Fue el sociólogo Anthony Gibbens quien en 1992 dio un giro a este esquema gracias a su libro La transformación de la intimidad: sexualidad amor y erotismo en las sociedades modernas. Desde entonces, sus aportaciones actuaron como una necesitada transformación social.

La analizamos.

Pareja feliz abrazándose representando las amor confluente

Las concepciones post-románticas del amor: Gibbens y Bauman

El amor confluente de Gibbens constituye un enfoque que se integra en la perspectiva posromántica del amor. Para este teórico social (uno de los más influyentes en la actualidad), el punto de partida de esta transformación en materia afectiva parte de la emancipación de la mujer.

Su libertad sexual, su salida de las esferas privadas para conquistar espacios públicos, y más aún el no ser ya esa figura vinculada en exclusiva a pilares como la familia o la maternidad, ha revolucionado sin duda muchos esquemas, idearios y escenarios sociales. En buena parte de los casos, son ellas las que están haciendo caer los cimientos del ideal romántico.

De este modo, y con esta fragmentación, se produce también un avance en el propio tejido de nuestra sociedad y en el modo de relacionarnos. Una ya no espera la llegada del príncipe azul. Ahora cada persona puede salir a buscar aquello que desee: tener una relación de una noche, iniciar una relación de fines de semana o quizá algo más estable.

Del romanticismo al confluente, y por último el amor líquido

El amor romántico configuraba una relación monógama y heterocentrista, es decir, centrada en la creencia de que el yo completo solo se alcanza cuando se está junto a una pareja. El amor confluente, por su parte, rompe y reformula esa visión. Anthony Gibbens asentó en los años 90 con estas ideas, los cimientos de un tipo de relación más real, ajustada y saludable.

Ahora bien, tiempo después, y siguiendo ese enfoque posromántico, nos llegaría también el sociólogo Zygmunt Bauman con su concepto de los amores líquidos. Él fue un poco más allá y nos habló de que los vínculos eran cada vez más frágiles, de que las relaciones interpersonales son en general, mucho más fluidas, fugaces y hasta superficiales.

De este modo, el amor confluente se sitúa en ese centro entre el amor romántico y el amor líquido, al que todos deberíamos aspirar. Conozcamos por qué.

Pareja con bengalas pensando en el amor confluente

¿En qué consiste el amor confluente?

El amor confluente y su constitución partió para Gibbens, como hemos señalado, de la reformulación de la figura de la mujer. Fue a finales del siglo XX cuando empezó a lucharse por la necesidad de lograr una mayor igualdad entre los géneros.

La transformación de la familia, la aceptación de nuevas identidades de género o incluso la legalización del divorcio en buena parte de los países supuso un impulso también para la llegada de las relaciones posrománticas. Las parejas confluentes trazan la que es sin duda una forma saludable de amar.

Estas son las dimensiones que la definen.

Características del amor confluente

La relación confluente parte siempre de dos personas autorrealizadas, maduras y conscientes que no temen a la soledad. Si eligen estar en pareja es porque lo desean, porque hay satisfacción emocional, personal y sexual. Giddens (1992) asegura además que el amor que confluye no da por sentado “lo nuestro será para siempre”.

  • Si la relación funciona y es estable a lo largo de los años, se debe básicamente al empeño y trabajo bidireccional de la pareja para lograrlo.
  • Las relaciones duran mientras se mantenga el interés mutuo de los integrantes. En caso de que algún miembro de la pareja decida dejarlo, ese vínculo deja de tener sentido y debe darse por finalizado.
  • El amor confluente exige igualdad y reciprocidad. No hay luchas de poder ni de sometimiento. Ninguno está por encima del otro.
  • Hay implícita una obligación de satisfacción y bienestar recíproco. Es un tú me das yo te doy, yo procuro que tú estés bien y también yo lo hago por ti.
  • Aquí nadie se sacrifica por nadie, lo que se logra es una cooperación completa en la que nadie pierde y ambos ganan.
  • Se respetan los espacios de la otra persona. Se procura que el otro se sienta libre para realizarse en lo personal y lo profesional. Al fin y al cabo, una relación no es una posesión.

El amor confluente define la unión de dos individuos independientes que se eligen para crear un proyecto en común. De ese modo, ambos integrantes entienden que amar es construir cada día la relación de manera cooperativa, respetuosa e igualitaria. Como podemos ver, este enfoque definido por Anthony Gibbens en 1992, sigue siendo altamente inspirador.

  • Gibbens, Anthony (1992) La transformación de la intimidad: sexualidad amor y erotismo en las sociedades modernas. Madrid. Cátedra
  • Herrera, C. (2010). La construcción sociocultural del amor romántico. Madrid: Editorial Fundamentos
  • Kemper, T. D. (1989). «Love and like and love and love». En Franks, D.D & Doyle E. (ed.). The Sociology of Emotions: Original Essays and Research Papers (249–270). Greenwich: Jai Press Inc.
  • Tenorio, N. (2012). «Repensando el amor y la sexualidad: una mirada desde la segunda modernidad». Sociológica, 76, 7–52.