Amor líquido: las relaciones hoy en día

Anet Diner Gutverg · 31 marzo, 2018

Zygmunt Bauman, un sociólogo de reconocido prestigio, usó el término líquido para describir a algunas personas y a sus comportamientos. También para hablar de las empresas y los gobiernos, y para hablar del amor. Amor líquido habla de relaciones fugaces, rollos de una sola noche, relaciones por Facebook o Tinder que no duran más que un día de resaca. Relaciones frágiles, difíciles de sostener, que encajan en el contexto de modernidad líquida, capitalismo y consumismo que nos rodea.

Según Bauman consumimos todo, incluso amor. Consumimos de la misma forma objetos, alimentos y personas. Estamos rodeados de mensajes que nos hacen pensar que podemos adquirir objetos que aplaquen nuestra ansiedad y nuestras preocupaciones. Tenemos relaciones líquidas con el dinero, por ejemplo: “tienes o no tienes liquidez”. También tenemos una relación líquida con el trabajo, por ejemplo: “Recibir una liquidación” o “”El trabajador ha sido liquidado”. Y, por supuesto, tenemos relaciones líquidas con los objetos de consumo, como libros, ropa, muebles, etc.

“Con nuestro culto a la satisfacción inmediata, muchos de nosotros hemos perdido la capacidad de esperar”.

-Zygmunt Bauman-

El amor propio evita el amor líquido

Bauman dice que hemos perdido las estructuras fijadas y nuestra relación con las instituciones. Dice que vivimos una realidad líquida, que ya no hay patrones y estructuras que podamos seguir, que nos den seguridad en nuestras vidas y a la hora de tomar decisiones. Al haber perdido las bases que nos ayudaban en el pasado todo se vuelve flexible y líquido para adaptarse a un mundo donde todo está cambiando a gran velocidad.

Una consecuencia de esta liquidez en todo, es que nuestra identidad, que es lo último a lo que podemos arraigarnos, es también líquida. La identidad de muchas “personas modernas” puede parecer muy marcada desde fuera, pero que desde dentro es bastante frágil.

Gota de agua con forma de corazón

Y es que el mundo que nos rodea nos demanda de muchas maneras tener una identidad flexible que se adapte a lo que sucede en nuestro entorno. Nuestra identidad se tiene que moldear a esta sociedad y a sus gustos y por eso no es estable. Tampoco los estratos sociales e instituciones son estables. Todo es versátil, cambiante y voluble. Tanto que la pregunta de “¿Quiénes somos realmente?” dibuja un vacío más profundo que nunca delante de nuestros ojos.

Esta identidad líquida sigue la tendencia de las marcas y los objetos de consumo, no es sólida ni segura. Por el contrario, es débil y fácil de manipular. Además, se todavía más en esas relaciones fugaces e intensas que establecemos.

Hablamos de una identidad muy dependiente de lo que hay fuera: ya sean personas u objetos. Así, el amor líquido se crea con miedo, porque las relaciones nacen de la ansiedad que ocasiona el eco de los propios pensamientos en soledad y muere por la necesidad de protegernos ante la posibilidad de que el otro nos deje o porque necesitamos más intensidad emocional y pensamos que solamente la encontraremos en el inicio de una nueva relación.

Así, nuestra autoestima pasa a ser igual de líquida que los vínculos que construimos. Buscamos la seguridad y la reafirmación en lo externo, tenemos miedo a comprometernos y a resultar heridos, porque no nos sentimos capaces ni merecedores de una relación seria y profunda.

Nuestra autoestima es consumista de objetos que creemos que nos harán sentir satisfechos, pero que a la larga nunca se satisface y siempre busca más. Con las parejas pasa lo mismo (amor líquido), las desechamos si no han llenado ese vacío que no tienen nada que ver con lo exterior, sino con nuestro interior.

“El amor no encuentra su sentido en el ansia de cosas hechas sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas”.

-Zygmunt Bauman-

Amor líquido, la herencia del tiempo líquido

Mucho de lo que antes funcionaba ya no funciona. Los vínculos con nuestro mundo se ven muy afectados por estos cambios, ya no existen casi trabajos para toda la vida, casas para toda la vida, hogares para toda la vida e incluso también estamos perdiendo las parejas de toda la vida. Trabajos líquidos, lugares líquido…, amor líquido.

Tenemos un equilibro emocional frágil, tenemos miedo de apostar por una persona que en cualquier momento se puede ir, por alguien que nos quiera solo momentáneamente o que nos haga perder lo que consideramos nuestra “libertad”. Libertad que es indispensable en esta época.

Necesitamos aferrarnos a nuestro poder de elegir a nuestra individualidad y “libertad” para no atarnos a nada ni a nadie. Así, la facilidad y rapidez con la que conseguimos las cosas hace que no estemos preparados para los obstáculos y que al primer problema queramos desechar nuestra relación, igual que lo hacemos con los objetos que nos dan problemas.

“En lo relativo al amor, la posesividad, el poder, la decepción y la fusión absoluta son los cuatro jinetes del apocalipsis”.

-Zygmunt Bauman-

Mujer mirando hacia el mar dando las gracias

El amor líquido descrito por Zygmunt Bauman nos sirve para entender mejor el tipo de relaciones que generamos y mantenemos hoy en día: su origen y su discurrir. Es verdad que hay muchos factores que tienen que ver con la sociedad actual. Entender estos factores nos puede ayudar a no caer tan fácilmente en el materialismo y en el consumismo, en la vida diaria pero sobre todo en nuestras relaciones personales.

El concepto del amor líquido nos puede hacer entender que, aunque ahora encontremos parejas a través de la tecnología, nada puede sustituir una conexión emocional que se desarrolla a lo largo de los años. Tampoco la comunicación ni el trabajo constante que requiere una relación pueden sustituirse tan rápido como los objetos. Puede enseñarnos que aunque ahora el sexo se haya liberado, nada sustituye el sexo con amor de una pareja que se ha tomado el tiempo de conocerse y hablar de lo que les gusta.

La modernidad líquida nos impulsa a no pensar, a sustituir la soledad por objetos o una cena romántica por un regalo caro e impersonal. Pero el que vivamos en esta sociedad no implica que no podamos reflexionar y tomar el timón de nuestra vida. No implica que no podamos decidir pasar un fin de semana en casa hablando con los nuestros, haciendo puzles o jugando a juegos de mesa, en lugar de ir al centro comercial y consumir. No implica que no podamos leer o tener gustos simples, tener un móvil antiguo y no querer sexo de una sola noche o relaciones efímeras.

Son muchas las ideas -de alguna manera poco saludables- que forman parte de la corriente social que nos rodea. Las nuevas generaciones nacen con la tecnología y la liberación sexual, sin embargo con ellas -y con nosotros mismos- tenemos la obligación de recordares -y de recordarnos- que no toda modernidad es sinónimo de mejora y que una actitud crítica con cualquier planteamiento, antes de asumirlo, es quizás una de las mejores posiciones que podemos adoptar ante las fuerzas que tratan de influirnos en su propio beneficio.

“Los intentos de superar esa dualidad, de domesticar lo díscolo y domeñar lo que no tiene freno, de hacer previsible lo incognoscible y de encadenar lo errante son la sentencia de muerte del amor” .

-Zygmunt Bauman-