¿Por qué duele tanto una decepción? La clave está en tu cerebro

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater
· 4 junio, 2019
El dolor de las decepciones es real. Nuestro cerebro procesa esas vivencias como hechos que atentan contra nuestro equilibrio y bienestar, de ahí que aparezca la sensación de dolor y que se reduzca el nivel de neurotransmisores como la serotonina o la dopamina.

Todos nos hemos preguntando alguna vez por qué duele tanto una decepción. No nos sorprenderá demasiado saber que estas vivencias alteran de manera destacable el equilibrio de ese universo neuronal contenido en nuestro cerebro. Tanto es así, que los neurólogos nos señalan que los mecanismos de la depresión comparten procesos y estructuras con aquellos que conforman la decepción.

Desde un punto de vista neuroquímico, la decepción es casi lo mismo que la frustración. Sabemos también que estas dos son posiblemente las realidades emocionales qué más experimentamos en el día a día. Las sentimos cuando de pronto nuestro ordenador se queda colgado; encima es cuando más lo necesitamos. Experimentamos decepción cuando alguien que queremos ver suspende la cita.

Nos sentimos frustrados cuando nuestro coche se niega a arrancar. También, cuando no recibimos respuesta a esa oferta de trabajo a la que nos hemos presentado. Nuestra cotidianidad está llena de frustraciones y decepciones; unas más inocuas y otras más severas, de las que dejan marca, como las sufridas por parte de personas significativas que en un momento dado, nos fallan.

Sea como sea, hay algo evidente que los neurocientíficos descubrieron hace poco. Ante cada decepción se genera un «disparo» neuronal donde de pronto se experimenta un descenso de serotonina, dopamina y endorfinas. Todas esas moléculas responsables de nuestro bienestar reducen durante un instante su presencia en nuestro cerebro. Veamos más datos a continuación.

«La expectativa es la raíz de toda la angustia».

-William Shakespeare-

Chico preguntándose por qué duele tanto una decepción

¿Por qué duele tanto una decepción? La neurociencia lo explica

Decía Jean Paul-Sartre que todo soñador está condenado a vivir un gran número de decepciones. A veces, construimos elevadas expectativas, lo sabemos, la mayoría hemos colocado en bolsillos ajenos un exceso de anhelos, ideales y desmedidas virtudes. Las personas nos fallan, es cierto, pero también lo es que nosotros mismos somos igual de falibles, que decepcionamos y nos decepcionan.

Esta realidad psicológica forma parte de la vida y aún así, nuestro cerebro sigue sin ‘digerirla’ bien. Que sea así se debe básicamente a que este órgano regido sobre todo por principios sociales y emocionales busca siempre la seguridad, sentirse parte de algo o de alguien de manera estable y predecible. Por ejemplo, si tenemos un buen amigo esperamos que lo sea siempre. Si tenemos pareja, esperamos también que esta nos sea sincera, que no exista posibilidad de mentiras o traiciones.

Sin embargo, en un momento dado ese ideal de seguridad que teníamos puede venirse abajo. La razón de por qué duele tanto una decepción se explica del siguiente modo según la neurociencia.

La habénula cerebral, el centro de nuestras decepciones

Roberto Malinow, profesor de neurobiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de California en San Diego, realizó un estudio junto a su equipo donde descubrir el complejo mecanismo de la decepción. Algo que pudieron demostrar fue la gran implicación de la habénula cerebral en procesos como la decepción y la depresión.

habénula cerebral

De este modo, cuando una persona se siente decepcionada se libera de inmediato glutamato y GABA hacia la habénula. Si el cerebro envía una cantidad elevada de estos neurotransmisores, la sensación de decepción será mayor. Es decir, es nuestro cerebro quien interpreta el impacto de la vivencia y quien modula a su vez la intensidad de nuestro dolor emocional.

Asimismo, el sentimiento de frustración o fastidio por no lograr algo o por equivocarnos también se procesa en esta pequeñísima (y antigua) región del cerebro del núcleo epitalámico.

¿Por qué duele tanto una decepción? Las endorfinas

La mayoría de nosotros hemos experimentado alguna vez el sabor de la decepción. Más allá del origen qué la motivó, hay un hecho que todos habremos sentido: la decepción duele, y duele físicamente. Notamos también cierto cansancio, pesadez corporal, entumecimiento y la sensación de que el mundo va demasiado deprisa mientras se intenta procesar una decepción vivida.

¿Por qué ocurre? Este dato es tan llamativo como curioso. Se sabe que cuando recibimos un golpe, cuando nos cortamos o nos quemamos, nuestro organismo libera endorfinas para aliviar ese sufrimiento en la medida de lo posible. El cerebro reacciona al instante ante ese mensaje que le envían nuestros receptores ante la presencia de una herida física.

Sin embargo, con las ‘heridas’ psicológicas no sucede igual. A pesar de que el cerebro interprete la propia decepción como un impacto contra el equilibrio emocional, no responde con endorfinas. Al contrario, en muchas ocasiones terminamos somatizando el sufrimiento en forma de dolor físico, de migrañas y tensión muscular.

Mujer triste tras una ventana preguntándose por qué duele tanto una decepción

Decepciones, ¿cómo afrontarlas?

Los neurólogos nos señalan que la razón básica de por qué duelen tanto una decepción es porque estas, se procesan en el sistema límbico. Esta estructura de nuestro cerebro es la más primitiva y la vinculada a nuestras emociones. La mayoría de las ocasiones en que sufrimos un revés, en que alguien nos falla o más aún, nosotros mismos le fallamos a la vida y nos sentimos decepcionados por ello, filtramos esas experiencias de manera puramente emocional.

Un modo de reducir el impacto de dichas experiencias es dirigirlas hacia nuestra corteza cerebral, es decir, hay que razonarlas, enfocarlas desde un punto de vista más objetivo. Queda claro que algo así no es fácil. No cuando lo que sentimos es el peso de la traición y la ruptura de lo que más valoramos: la confianza.

Sin embargo, debemos hacerlo. Y podemos trabajar en ello controlando los pensamientos negativos y dejando de buscar culpables. También, ajustando expectativas, siendo más realistas y aceptando aquello que no podemos controlar. Al fin y al cabo, las decepciones no se olvidan, lo sabemos, pero se superan.

Podremos vivir con ellas asumiendo lo sucedido, pero teniendo claro que nada es más importante que seguir avanzando. Aún nos quedan grandes historias por escribir, esas donde el sufrimiento no estará presente.

  • Kaye, A., y Ross, DA (2017). La Habenula: Oscuridad, Decepción Y Depresión. Psiquiatría Biológica , 81 (4), e27 – e28. https://doi.org/10.1016/j.biopsych.2016.12.004