Nutre tus intenciones, en lugar de tus expectativas

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas
· 25 mayo, 2019
A veces, nos quedamos esperando a que todo suceda como pensamos, a que nos traten como nos merecemos. El problema es que la realidad no se rinde a nuestra voluntad, no tiene en cuenta nuestros deseos. Por lo tanto, en lugar de esperar a que la magia ocurra por sí sola, más vale nutrir nuestras intenciones de actos y salir en su busca.

Somos expertos en crear expectativas, en generar realidades ficticias que, en un gran número de ocasiones, terminamos por creer. ¿Quién no ha fantaseado con su futuro? Si bien pensar con perspectiva es necesario, cómo lo hacemos y qué tipo de relación mantenemos con ello también es importante.

No olvidemos que es mucho más sencillo crear probabilidades, contarnos historias y construir fantasías que cumplirlas. A menudo, tenemos muchas intenciones, pero ignoramos que para obtener sus frutos es necesario nutrirlas y cuidarlas. Porque nada crece si no se cultiva -al menos de forma saludable-. De ahí, que a lo largo de nuestra vida vayamos coleccionando un gran número de opciones que se quedan suspendidas en el aire.

El problema es que vivimos pensando que la vida funciona como queremos y que los demás tienen que tratarnos como merecemos. De ahí que cuando no ocurre, nos frustramos, nos enfadamos y experimentamos un gran sufrimiento.

¿Qué esperábamos que sucediera y qué pasó en realidad? Es una buena pregunta que nos señala el detonante de cómo nos sentimos cuando todo se derrumba a nuestro alrededor.

Así, somos esclavos de nuestras expectativas y ni siquiera nos damos cuenta. Olvidamos la importancia de los hechos y del cultivo de nuestras intenciones para que todo sea posible. En lugar de ello, vivimos esperando y mientras, se nos escapa la vida…

«Cuando las expectativas de uno son reducidas a cero, uno realmente aprecia todo lo que tiene».

-Stephen Hawking-

Niña navegando en una nube con forma de barco

La telaraña de las expectativas

Todo comienza por una creencia, esa que alimentamos en base a lo que nos han enseñado, hemos aprendido y aquello que pensamos que tendría que ser. Sobre el amor, la familia, el trabajo o nosotros mismos. Las expectativas son inevitables. Ahora bien, la credibilidad que les damos, así como cuánto nos aferramos a ellas determinan cómo nos sentimos.

Multitud de emociones desagradables como la frustración, la rabia, la tristeza o la ira tienen su origen en unas altas expectativas que chocan con la realidad. Depositar nuestra confianza en aquello que esperamos que suceda puede tener un alto precio. Esto no quiere decir que no sean necesarias, ya que suelen motivarnos y ampliar nuestra gama de respuestas, sino que también guardan peligros relacionados con las atribuciones que hacemos sobre ellas. Por lo tanto, siempre que sean realistas, serán buenas para nosotros.

Ahora bien, existe cierto riesgo en alimentarnos de manera continua de deseos en los que la perfección es la regla. Por ejemplo, pensar que todo nos irá bien, que nuestra relación de pareja será ideal o que nuestras amistades serán fieles y en ellas reinará la complicidad eterna.

Esto solo es una trampa cognitiva en la que el anzuelo se corresponde con el pensamiento de creer que merecemos lo mejor, mientras ignoramos que lo perfecto o lo ideal no tienen que ser necesariamente lo mejor, sino aquello por lo que día a día trabajamos y nos esforzamos en común para conseguir una felicidad tan real como sincera. Es decir, aquello que no solo se alimenta de imaginación sino de intención, acción y aprendizaje.

La telaraña de las expectativas puede ser muy amplia. Solo hace falta pensar en cuántas veces actuamos según lo que creemos que esperan los demás o cuántas veces nos molestamos porque los demás no se han comportado como imaginábamos.

Como vemos, infelicidad y altas expectativas van muy a menudo de la mano. De ahí que tener presente el famoso dicho de «No esperes nada de nadie, espéralo todo de ti» sea de gran ayuda en nuestro día a día, pero sobre todo en nuestras relaciones.

«Las expectativas eran como la porcelana fina. Cuanto más fuerte te agarrabas a ellas, más probable era que se rompiesen».

-Brandon Sanderson-

Niña triste

Crea intenciones, nútrelas y actúa

Esperar a que suceda aquello que deseamos, a que los demás nos traten como queremos, a que en el trabajo nos valoren, a que nuestra pareja se dé cuenta de lo que necesitamos… Esperar, esperar y esperar.

Mantenernos firmes en el camino sin dar un paso porque pensamos que nos merecemos que suceda todo aquello que esperamos es una buena manera de impedir el avance y la conexión con los demás, pero sobre todo de asegurarnos frustración.

Los demás no son adivinos, las circunstancias no tienen en cuenta nuestros deseos y el ritmo de la vida no consiste en adaptarse a cada uno de nosotros. Ilusionarnos con nuestro futuro mientras miramos por la ventana es un bonito ejercicio de reflexión e imaginación, pero solo eso. Puede ser el inicio de todo, la semilla que plantar, pero para ello hacen falta intenciones y herramientas y nutrientes para cultivarlas. Solo así aquello que imaginamos pasará, poco a poco, a ser real.

Una vez que tenemos clara nuestra meta, necesitamos un medio de transporte para alcanzarla y este no funciona si no se alimenta de la energía necesaria. Por lo tanto, aprender a definir qué queremos, analizar si es posible, cultivar intenciones y nutrirlas de acciones es la clave.

No lo olvidemos, nada sucede ahí fuera por arte de magia. El fuego de la pasión se apaga si no añadimos más leña y el motor que nos impulsa a seguir adelante no puede hacerlo si no tiene más gasolina. Mucho cuidado en quedarnos colgados de nuestras expectativas.

«No son las cosas en sí mismas las que nos preocupan, sino la opinión que tengamos de ellas».

-Epicteto-