Cleopatra, el ocaso de los faraones

Este artículo fue redactado y avalado por el historiador Juan Fernández
25 abril, 2019
La reina egipcia y amante de Julio César y Marco Antonio, última representante de una de las dinastías más poderosas de la Antigüedad, Cleopatra, fue mucho más de lo que su leyenda narra.

Muchos expertos han considerado a Augusto, primer emperador de Roma, como el padre de la propaganda política. No fue el primero, los griegos o los egipcios ya la habían practicado, pero nadie lo hizo con su potencia y efectividad hasta ese momento.

El círculo de escritores de Mecenas, amigo del emperador, tuvo muchas víctimas, pero ninguna tan famosa como la reina Cleopatra. La leyenda de la tirana exótica, con unas dotes de seducción casi mágicas, impregnó la historiografía romana. Frente a esta visión se ha levantado otra, más moderna, de su supuesta romántica relación con Marco Antonio.

Aún hoy día no está claro qué parte de la leyenda es cierta y qué parte una exageración. En cualquier caso, Cleopatra logró convertirse en una figura central de la política romana usando todas las armas a su disposición.

En una crepuscular República romana, a merced de sus crisis internas, éxitos externos y luchas de poder entre grandes hombres, las oportunidades políticas se presentaban ante quien tuviera la audacia de buscarlas. Su belleza, su inteligencia, su poder y la riqueza de sus tierras fueron los cuatro ases de los que dispuso Cleopatra.

Templo de Horus

El mediterráneo bajo Roma

Casi trescientos años antes de la vida de Cleopatra, los macedonios tomaron el país del Nilo. De este hecho nacerán una cultura sincrética grecoegipcia y una dinastía, los Lágidas, a la que pertenece nuestra protagonista.

Así, los siglos pasaron y en el Mare Nostrum se alzaba una nueva potencia: Roma. En el 69 a. C. nacerá Cleopatra de un faraón, Ptolomeo XII, que había alcanzado el trono pese a ser bastardo. Roma permitió esta situación para contener las ambiciones de la vecina Siria, que deseaba el trigo egipcio.

Sin embargo, el célebre Pompeyo Magno, general romano, conquistó Siria. Durante la infancia de Cleopatra, su padre solo pudo mantenerse en el trono mediante sobornos, entre otros a Julio César.

A medida que la rivalidad entre Pompeyo y César crecía, el resto de personalidades políticas del momento se iban posicionando hacia uno u otro. Cleopatra y su esposo-hermano, siguiendo la tradición egipcia, Ptolomeo XIII se unieron a Pompeyo tras la muerte del padre de ambos.

Cleopatra y César

El enfrentamiento, primero político y luego militar, fue ganado por César y los en otro tiempo aliados egipcios traicionaron y dieron muerte a Pompeyo.

Cuando el vencedor llegó a Alejandría, decidió mediar en la traicionera política palaciega. La corte se había dividido entre los partidarios de cada esposo, y pese a la ecuanimidad de César, los de Ptolomeo trataron de matarlo. La derrota de los egipcios fue absoluta. Muerto el rey, Cleopatra se casó con su siguiente hermano, también Ptolomeo, en este caso XIV.

Lo cierto es que desde su llegada, el general romano había pasado todas las noches con la intrigante reina. Los siguientes tres meses estuvieron juntos recorriendo el país. El peligro de perder Roma a manos de sus rivales, los seguidores de Pompeyo, fue entonces secundario.

Se ha hablado de amor a la reina, pero lo que más debió amar fue el grano que recogió en sus barcazas tras la cosecha. Asimismo, el principal atractivo del anciano romano para la muchacha debió de ser su creciente poder en la República. En este tiempo tuvieron un retoño, Cesarión.

«Dicen que su belleza no era deslumbrante (…) pero cuando estabas en su presencia y hablabas con ella era irresistible».

-Plutarco-

Cleopatra y Marco Antonio

A la muerte de César, apuñalado por Bruto y otros senadores, el heredero escogido por él será Octavio Augusto y no Cesarión. Junto con Marco Antonio y Lépido, los tres seguidores de César vengaron su muerte y se repartieron Roma y sus influencias.

Un nuevo señor aparecía en el Mediterráneo oriental y, por tanto, un nuevo reto para Cleopatra si pretendía mantener su influencia. Bajo el gobierno de Cleopatra, Egipto había prosperado enormemente. Si no fue la belleza de la reina o su habilidad para la seducción, serían sus riquezas las que enamoraron a Marco Antonio.

Al contrario que en la austera Roma, en Oriente el lujo y la pompa eran imprescindibles para gobernar a la plebe. Cleopatra y Marco Antonio lo practicaron con entusiasmo.

Apelando no solo a la tradición de los Lágidas, sino también a la de los antiguos faraones, instauraron en Alejandría una corte donde ellos formaban una pareja divinizada, Isis y Dioniso. A medida que Antonio ganaba Oriente, perdía Roma. La propaganda de Octavio se desató, la bruja egipcia habría nublado la recta mente romana del antaño gran general romano.

Estatua de Marco Antonio

El amargo final

El mensaje de Augusto cuajó y pronto pudo declarar la guerra por el poder absoluto de Roma. Primero se suicidó Antonio, más tarde la ya cautiva Cleopatra. Cesarión fue asesinado, no cabían más herederos; los hijos de la pareja suicidada fueron educados por la familia de Octavio para servir a sus fines.

Tras una vida de tejemanejes políticos, la política engulló a la reina. Pese a todo, en su vida lograría ascender de la progresiva irrelevancia de su familia a casi convertirse en la mujer más poderosa del mundo. En contra de lo que se ha querido dibujar, su verdadero objetivo siempre fue la supervivencia de su familia y su país.

  • Clauss, Manfred (2001) Cleopatra.
  • Chauveau, Michel (2000) Cleopatra.