La sorprendente carta que una madre encontró en el cajón de su hija adolescente - La Mente es Maravillosa

La sorprendente carta que una madre encontró en el cajón de su hija adolescente

Sergio De Dios González 17 Junio, 2017 en Psicología 0 compartidos

Sí, en algunas de mis manías soy típica. La típica adolescente. Tengo quince años y escribo un diario. Hoy lo que lees solo es una parte de este diario, que por supuesto tiene un candado y está escondido en un lugar que nunca podrás encontrar. Al menos espero que no se dé esa casualidad cuando apilas mis objetos, creyendo firmemente que así dotas de un orden a mi cuarto, en el cual que me siento perdida.

Que lo encontraras sería una buena razón, la mejor sin duda, para que pasaras a ser una madre nefasta. Sobreprotectora, resabida, inaguantable en una palabra. Además, creo que solo alimentaría tus miedos, unos miedos por los que algunas noches ya no duermes o me esperas despierta. Porque sí, en mi cabeza contemplo opciones que tú descartarías.

Estos quince años han sido largos porque he aprendido mucho, cortos por todo aquello que no comprendo y que me causa confusión.
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Cuando era pequeña preguntaba por lo de fuera, qué es, para qué sirve. Ahora, para una adolescente como yo, las preguntas son más inciertas, tienen que ver con mi interior y he dejado de hacértelas porque creo que no tienes las respuestas, al menos mis respuestas. Por eso prefiero a mis amigas en este punto, con ellas comparto la complicidad de no saber, la emoción por cada nuevo descubrimiento. Si retrocedes treinta años en el tiempo me comprenderás.

Cuando crecemos, olvidamos

Es algo que me asombra de los mayores. Lo pronto que se olvidan de que ellos también hicieron travesuras, se enamoraron por primera vez, simularon estar enfermos para saltarse una clase o se hicieron los despistados con la hora para llegar más tarde.

La batalla que libraron por su independencia, por resolver el enfrentamiento entre lo que los demás esperaban y lo que ellos querían y el precio que tenía elegir cualquiera de las dos opciones, a corto o a largo plazo. ¿Cómo eras tú cuando eras una adolescente?

Espero que cuando sea mayor no olvide demasiado, aunque sospecho mirando a la humanidad, que esto no tiene remedio.
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Además, si han sobrevivido los genes que tienen esta tendencia es probable que la costumbre tenga algo de adaptativo, que facilite que cada uno juegue su papel. Que tú tengas tus expectativas y que yo las rompa, que sea este el primer ejercicio de otros más difíciles que seguramente vendrán y tendré que afrontar. Creo que si nos explicaran la teoría de Darwin así habría menos personas en el mundo que se preguntaran qué demonios dijo ese señor para ser tan importante.

Sabes, de pequeña, en ese ejercicio de egocentrismo que hacemos todos los niños, pensaba que el mundo era un gran teatro y que las personas, cuando no las veía, se preparaban para representar el guión que después iban a representar frente a mí.

Para comprobarla, en muchas ocasiones intentaba ser impredecible. Aunque me apeteciera un dulce lo rechazaba, para ver cómo se comportan los demás cuando actuaba de manera imprevisible. Mi intención era que esa especie de “Gran Hermano” terminara confesándolo todo ante la desesperación de ver rotos sus esquemas.

En ese juego de coherencia e incoherencia después me he perdido muchas veces, más de una por día, con eso te digo todo. De ahí mis cambios de humor adolescente, de mis resistencias y aceptaciones. De pretenderlo relativizar todo y de sentirme ingrávida ante esa sensación de que no hay nada seguro donde agarrarme.

Nada infalible ni sobre lo que tenga el control absoluto, porque las mejores amigas te pueden fallar y puedes suspender los exámenes para los que más has estudiado. A la fortuna la puedes llamar, pero es más caprichosa que las gotas que te calan en un cielo sin nubes.

adolescente

¿Qué tengo que hacer para ser lo suficientemente buena?

Pero la tarea más complicada de crecer ha tenido que ver con una pregunta que encierra la impotencia de mis compañeras y la mía propia. No sé que más tengo que hacer para ser buena, aceptada. Para sentirme querida y respetada.

Ha sido una pregunta que he visto como trasformaba a mis amigas y cómo me trasformaba a mí misma. El primer requisito quizás es el de tener un cuerpo perfecto, cuando este se desarrolla de manera anárquica y hace básicamente lo que le da la gana. Puedes querer ser alta e inflarte a yogures, pero si la genética ha decidido que no es que no. Es entonces cuando empiezas a entender por qué demonios se inventó la tortura de los tacones. Para no parecer, con independencia del ser.

Empiezas a comprobar cómo es más complicado ganarte el respeto de alguien cuando eres bajita, igual que cuando tus compañeros deciden que te sobra algo de peso o que te falta. Un criterio se adapta perfectamente a las curvas que aparecen en las mujeres de los anuncios: ni muchas ni pocas, las justas.

Personas que antes te conocían y reconocían, ahora empiezan a tratarte como si algo en ti apestara, y lo hacen de manera tan radical y con tanta frecuencia que empiezas a creértelo. Que hay algo en ti, que está mal, que no funciona. Además, lo que haces para arreglarlo parece ponerte más en evidencia. Una verdad: eres un poco pata y Dios tampoco te ha llamado para llevar tacones.

Te gustaría preguntar si alguien sabe cómo demonios compensar lo que la naturaleza no te ha dado o te ha dado de más, pero ya has visto como tus amigas te han fallado y en ese preciso instante soportarías casi todo menos mostrarte más vulnerable, darles algún indicio para que piensen que sus burlas tienen algún tipo de efecto en ti. Si algo te queda es dar una imagen de seguridad. Es otra de las actitudes que tienes que tener para ser bueno, no solo estar seguro, sino también parecerlo. de esta forma, acabas dando la imagen de que no te importa nada.

En este perfil que se le pide al adolescente para “entrar en la vida”, me di cuenta de que también tenía que sacar buenas notas. Así estabas contenta. También tenía que hacer que pareciera que me costaba esfuerzo. Pero no mucho. Trabajadora sí, pero también lista.

En clase tampoco gustan las personas que sacan malas notas, a menos que el grupo interprete que es por iniciativa propia y no por falta de capacidad. Si interpretan lo segundo, estás perdida. Pasarás a formar parte del mundo de los ceros a la izquierda. Un lugar en el que es muy fácil entrar, pero tan complicado salir.

En este sentido, el siete y el ocho son las mejores notas, al igual que no levantar la mano demasiado o responder de manera escueta cuando pregunta el profesor. Incluso no hacerlo antes de jugártela y decir algo que pueda ser gracioso para los compañeros que marcan tendencia. Influencers ahora los llaman.

Una vez nos explicaron en clase una campana que es famosa. Hablo de la campana de Gauss. Se supone que muchas de las distribuciones naturales se ajustan a esta campana, de manera que existe una mayor densidad alrededor de la media y una menor en los extremos.

Entonces me pareció muy natural, porque estar en los extremos siempre es peligroso. No manifestar emociones o manifestarlas mucho, no enfadarte nunca o hacerlo siempre. Así, si quieres ser un adolescente y vivir tranquilo lo mejor es quedarte en el medio de esta campana, donde el camuflaje entre tantos es más fácil. Un camuflaje, como decía antes, al que le va muy bien el traje de que parece que no nos importa nada.

Aquí se acaba la hoja de este diario, que he perdido por casualidad, claro ;<). Decírtelo a la cara me causaría vergüenza. Por eso te lo dejo escrito en medio de mis calcetines. Como una hoja perdida en el medio del orden que tratas de imponer, para que entiendas un poco mi pelea por encontrar el mío propio. Una tarea que no es fácil, pero que al mismo tiempo es apasionante.

Y, por supuesto, te quiero, que no te lo digo nunca…

Sergio De Dios González

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