Para muchos de los gozos nosotros hacemos el pozo - La Mente es Maravillosa

Para muchos de los gozos nosotros hacemos el pozo

Sergio De Dios González 7 Agosto, 2017 en Psicología 0 compartidos
Profundidad de un pozo

Hay personas a las que les causa un enorme malestar sentirse bien; podríamos hablar incluso de una alergia psicológica o fobia poblada y sostenida por mecanismos rara vez conscientes. Es un estado en el que se encuentran extrañas, del que quieren escapar más que explorar. Ya sea porque tuvieron una infancia difícil, porque tienen la sensación de que no se merecen esos gozos o por su perfeccionismo, el caso es que son incapaces de disfrutar de ese estado de bienestar.

Sienten que en esos momentos corren un serio peligro: el de habituarse a encontrarse en el estado al que han accedido cuando tienen la sensación de que desaparecerá pronto. Son incapaces de concebir la vida como otra cosa que no sea una lucha o un camino de sufrimiento. Si esa pelea o ese apretar los dientes no se da, si los músculos no están tensos, para ellas es que algo falla.

Casa en alto

Un gozo que no me corresponde

Antes se daba de manera frecuente, por ejemplo, cuando una persona de una clase social accedía a otra superior. Especialmente si este ascenso era muy inestable, la persona solía mostrar resistencia a disfrutar de los privilegios que había alcanzado o que le habían sido concedidos por fortuna. Imperaba aquello de que naces en la clase en la que te mueres y que cualquier cambio en este sentido, aunque sea para mejor, es poco concebible. Era una cuestión práctica en muchos casos, pero también mental.

En este sentido, algunas personas cuando carecen de preocupaciones son expertas en buscarlas y fijar su atención en ellas. Sucede lo mismo que con los dolores, cuando tenemos uno grande no reparamos en los pequeños, pues bien hay personas que escanean su cuerpo de manera constante porque no conciben que no pueda existir una pequeña molestia, un pequeño motivo ardiente para abrazar la idea de que padecen un enfermedad seria, como el cáncer.

Son personas que se sienten mucho más cómodas en un papel de víctimas, de oprimidos o de saco de boxeo que en un papel de triunfadoras. Por eso rara vez las verás celebrando algo: siempre encontraran un motivo, lo sobredimensionaran o incluso lo crearán para no inspirar en los demás otra emoción que no sea la lástima.

Para ellas la lástima es su arma más poderosa para asegurarse compañía. Es su consuelo y no están dispuestos a renunciar a despertarlas por mucho que sean los gozos que se anuncien en el horizonte.
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Vista de la profundidad de un pozo

Víctimas perpetuas

Por otra parte, su papel de víctimas errantes y permanentes les da una justificación válida, ante sus ojos (y procuran que ante los demás también) para no cumplir con ciertos compromisos, más allá de ser parcos en el disfrute de los gozos de la vida. Se escudan en pequeños dolores o en un duelo que se prolonga d manera infatigable en el tiempo para no hacer ciertos favores.

¿Cómo voy a preocuparme yo de los demás si estoy tan mal, si siempre soy el que estoy mal y el que tiene los peores y más trágicos problemas? ¿Qué pasaría si ayudo al otro y después se acostumbra?

Miedo. Esa es la emoción. Miedo a la soledad, miedo a no poder ser independiente, miedo a fallarle a los demás, miedo a volver pronto a la tristeza, miedo a manejar aspiraciones que ahora parecen posibles y antes eran solo un sueño. Miedo a mirar hacia abajo y ver los metros de caída, miedo a mirar hacia arriba y ver lo que queda de ascensión. Miedo a encontrarnos con un límite, ser tontos, poco inteligentes. Miedo a disfrutar de los gozos de la vida y disfrutar de esa sensación.

Todos estos miedos desaparecen, al menos en su mayoría se adormecen, cuando no nos movemos demasiado, cuando no disfrutamos mucho. Cuando no anticipamos los gozos por miedo a que se abra un pozo por el que caigan haciendo un ruido muy fuerte. Se apaciguan los miedos cuando adoptamos una postura conservadora, cuando no generamos expectativas para no decepcionarnos, algo que todos hemos hecho alguna vez para protegernos, incluso defendido de manera explícita con nuestro discurso

…mientras teníamos la sensación de que era una estrategia inteligente frente a al vida. Con lo caprichosa que es esta y lo que te cambia las cartas. Todas, en un instante, y adiós jugada.
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En sí, los gozos aparecen, solo pueden aparecer, cuando nos liberamos y nos entregamos a la experiencia. Cuando tenemos fe en que, sean las que sean las cartas que nos toquen, sabremos jugar con ellas y disfrutar de dicho juego. No se trata de sobrevivir, sino de vivir. Mentalmente es un paso necesario, sino es muy difícil que un día asumamos que disfrutar de aquello que es positivo no va mermar el saco de fortuna que la vida nos tenga reservado.

Sergio De Dios González

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