La maldad sobrevive gracias a las miradas que ven y no hacen nada

La maldad sobrevive gracias a las miradas que ven y no hacen nada

Valeria Sabater 19 Abril, 2017 en Psicología 0 compartidos

Hay quien enarbola la pancarta de la bondad y se enorgullece luciendo la medalla del altruismo. Sin embargo, sus palabras quedan en nada, polvo y aire, cuando son testigos de la maldad cotidiana y no reaccionan. Se muestran inoperantes cuando eligen girar el rostro, cerrar la boca y quedarse mudos ante las injusticias y las humillaciones ajenas.

Uno de los ejemplos clásicos de maldad corresponde con el de un genocida exterminando pueblos enteros. Pensamos en personas que arrebatan la vida a otras con violencia. Imaginamos a un torturador y al terrorista que arrebata vidas en nombre de un dios. Sin embargo, y esto debemos tenerlo claro, los actos de maldad acontecen a cada instante en nuestros entornos más cercanos, en los más familiares, a los que tenemos acceso directamente con nuestros sentidos.

Por otro lado, la mayoría de nosotros no contamos con una posibilidad real de hacer de salvadores en todos esos contextos bélicos que vemos cada día en la televisión o en las redes sociales. Ahora bien, a veces es suficiente con alzar el rostro de las pantallas para ser testigos de acontecimientos que vulneran por completo nuestro sentido de humanidad, y de los que muchas veces somos cómplices silenciosos. Por ver y callar, por girar el rostro, tragar saliva y dirigir nuestra atención hacia otro objetivo.

Hablamos por ejemplo del bullying, hablamos de esos gritos que escuchamos en nuestras casas a través de las paredes, ahí donde los niños lloran y alguno de los cónyuges sufre el maltrato en silencio. Nos referimos también a ese vecino que hace daño a sus mascotas, a esa mujer que trata mal a su hijo cuando lo lleva al colegio o a ese directivo que explota y humilla verbalmente a un trabajador…

La maldad tiene muchas caras, muchas formas e infinitos canales por los que extiende su poder y sus malas artes. Sin embargo, si sobrevive es por una razón muy concreta: porque las personas “supuestamente buenas” no hacen nada para obstaculizar su acción.

El origen de la maldad y su tolerancia

Arthur Conan Doyle usó un término realmente curioso en un momento dado cuando Sherlock Holmes tuvo que enfrentarse al profesor James Moriarty. Dijo de este último que padecía “demencia moral”. Es sin duda una expresión que sin quererlo, encierra una idea que la mayoría tenemos en mente: solo las personas enfermas o con algún tipo de trastorno psicológico son capaces de cometer un acto de maldad.

Puede que bajo la etiqueta “patológica” nos tranquilicemos y encontremos cierto sentido a esos actos que carecen de lógica y explicación. Sin embargo, por desolador que nos parezca, tras la mayoría de esas reacciones adversas, dañinas y hasta destructivas no siempre hay un trastorno antisocial de la personalidad, no siempre hay una enfermedad.

En ocasiones, el acto malvado llega de mano de una persona normal, cercana y conocida desplegando simples actos aprendidos, conductas resultantes de una educación disfuncional o carencial. Otras veces hablamos de una persona con un bajo control emocional que se deja llevar por los impulsos o por la influencia de terceros. Finalmente, otras veces son el propio entorno y las circunstancias los que crean la corriente que pretenden arrastrarnos al mal.

El propio Albert Ellis explicó una vez que la maldad como esencia o como componente genético no existe o no es algo realmente común. De hecho, todos nosotros somos capaces de ser cómplices del mal en un momento dado y bajo ciertas condiciones.

ojo llorando por la maldad

El por qué de la inmovilidad ante las injusticias

Volvamos al enunciado de este artículo: una de las razones por las que el mal siempre triunfa es porque las personas supuestamente buenas no hacen nada, pero… ¿por qué no actuamos? ¿qué explica esa inmovilidad, esos ojos cerrados y esa mirada que busca otro lugar donde poner la vista? Veamos algunas explicaciones básicas sobre las que reflexionar.

  • La primera razón es sencilla y rotunda: nos decimos a nosotros mismos que lo que estamos viendo no tiene nada que ver con nosotros. No somos responsables, no lo provocamos y la persona que sufre no es nada nuestro. La falta de implicación emocional es sin duda una de las primeras causas de inmovilidad.
  • El segundo aspecto tiene que ver con la necesidad de mantener la armonía o la funcionalidad de un entorno. Por ejemplo, el adolescente que es testigo de cómo un abusón hace daño a otro alumno puede optar por el silencio antes que la denunciar. Esta pasividad puede ser causada por el miedo a romper ese equilibrio o por temor a poner en peligro la posición social de la que goza en el centro. Si defiende a la víctima corre el peligro de “quedar salpicado”, de perder su supuesto “estatus” y de convertirse en el foco de posibles ataques.

No es fácil, lo sabemos y más cuando los que pueden “ganar” son otros y lo que podemos “perder” somos nosotros. Sin embargo, debemos ser capaces de implicarnos en la medida que nos sea posible, de buscar nuevos mecanismos, actuaciones y canales con los que defender a la persona que necesita ayuda. Tal y como dijo el filósofo Edmund Burke una vez, la justicia existe solo porque las personas hacemos el esfuerzo de estar en contra de la injusticia.

La necesidad de abrir los ojos ante la maldad cotidiana

Lo hemos señalado con anterioridad: la maldad tiene muchas formas. Es sibilina, a veces está encubierta y habla varios lenguajes: el desprecio, el vacío, la agresión verbal, la discriminación, el rechazo, la injusticia…

No se trata por tanto de ponernos la capa y de buscar situaciones donde haya alguien que sufra. Se trata de algo más simple, de algo más básico y útil: de abrir los ojos y de ser sensibles ante lo que acontece cada día ante nosotros, en nuestras propias fronteras, las más cercanas. Todos tenemos la responsabilidad de evitar que la injusticia se perpetúe, y para ello nada mejor que empezar con lo que tenemos más cerca.

piedra con pájaro pintado representando la bondad

La integridad moral es un acto de responsabilidad cotidiana, ahí donde uno se decide por fin a dar el paso, a denunciar la ofensa, el maltrato, la agresión y la injusticia. Hagamos que la bondad tenga un sentido real, permitamos que la nobleza tenga voz y sea útil.

Imagen principal cortesía de Benjamin Lacombe

Valeria Sabater

Soy psicóloga y escritora. La curiosidad por el conocimiento humano es mi cerradura particular, la psicología mi llave, la escritura, mi pasión.

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