Manías y curiosidades de algunos hombres geniales - La Mente es Maravillosa

Manías y curiosidades de algunos hombres geniales

Edith Sánchez 21 Abril, 2014 en Libros 0 compartidos


Cada quien tiene sus propias rarezas y formas particulares de hacer las cosas. Unos necesitan absoluto silencio para trabajar; otros tienen que tomar un café negro, sin falta, a las 9 de la mañana. Algunos necesitan determinado color en la pared y hay quien precisa de una ventana para poder concentrarse.

Los grandes genios de la historia también han tenido sus propias excentricidades. Eso es lo que revela Mason Currey en su libro, “Rituales cotidianos. Cómo trabajan los artistas”, recientemente publicado por la Editorial Turner. Allí nos cuenta de esos episodios en la vida cotidiana de los grandes hombres, y nos recuerda que todos somos humanos, demasiado humanos.

Currey habla, por ejemplo, de una larga lista de hombres geniales que fueron aficionados al alcohol. Es el caso de Francis Bacon, quien tomaba cinco o seis botellas de vino al día, trasnochaba sin falta y comía más de la cuenta. No tenía problema en combinar sus borracheras con somníferos o estimulantes y se le oyó comentar: “A menudo me gusta trabajar con resaca, mi mente chisporrotea de energía y logro pensar con mucha claridad”.

Hemingway no se le quedaba atrás. Sus borracheras siempre fueron memorables. Aún así, todos los días se levantaba y se ponía a escribir como si nada. Eso sí, le gustaba poner su máquina de escribir sobre un atril que le llegaba a la altura del pecho y mecanografiaba de pie.

Tolouse-Lautrec permanecía bebiendo licor y prácticamente nunca dormía. En su caso es comprensible, dado a que vivía en cabarets. Tal vez por ese tren de vida su existencia se limitó a 36 años solamente. James Joyce tampoco era un modelo de orden. Todo lo contrario. Además de que permanecía borracho, pasó por graves problemas económicos; tardó siete años en terminar su más grande obra: Ulises. Lo hizo tras superar ocho enfermedades y cambiar 19 veces de domicilio.

Marcel Proust, premio Nobel de Literatura y autor de “En busca del tiempo perdido”, estaba plagado de compulsiones. Le llevó toda la vida escribir su gran novela. Pasó todo el tiempo en un apartamento de París, en medio de una habitación recubierta de corcho para lograr mayor hermetismo. Solo tomaba dos cafés con leche y dos croissants al día, aunque a veces se daba unas cenas de padre y señor mío en los restaurantes de la ciudad. Usaba opio y tomaba tabletas de cafeína para espabilarse y somníferos para poder dormir.

Proust escribió gran parte de su obra en la cama, así como Truman Capote, quien afirmaba sin ningún empacho que ““No logro pensar a menos que esté acostado”. Lo mismo le ocurría a Descartes, que despachó muchas de sus reflexiones desde su lecho de descanso.

Son muchos los grandes genios con graves problemas de insomnio o con franco gusto por trabajar de noche. Entre estos noctámbulos famosos está Pablo Picasso, que durante toda su vida se acostó tarde y se levantó al filo del medio día o incluso después.

Beethoven era compulsivo de la limpieza. Elaboraba unas complicadas abluciones, utilizando tanta agua que se filtraba a los pisos inferiores y logró enojar a más de un casero.

Estas son apenas algunas muestras de esas rarezas que todos tenemos, pero que en la vida de los genios cobran un interés mayor.

Imagen cortesía de Emilio Garassino.

Edith Sánchez

Escritora y periodista colombiana. Ganadora de varios premios de crónica y de gestión cultural. Algunas de sus publicaciones son "Inventario de asombros", "Humor Cautivo" y "Un duro, aproximaciones a la vida".

Ver perfil »
Te puede gustar