Nuestro peor error ortográfico: no saber poner punto final

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 11 junio, 2018
Raquel Aldana · 13 mayo, 2016

El peor error ortográfico no lo cometemos escribiendo, sino cuando en la vida no sabemos poner punto final. La enseñanza que abraza esta frase es muy valiosa para nosotros, pues guarda en ella el punto base de crecer.

Saber cerrar etapas, ciclos y relaciones puede resultar difícil, muy difícil. Sobre todo porque es complicado que lleguemos a estar seguros a la hora de dejar atrás aquellas personas, momentos o lugares que tan bien nos hicieron sentir.

Esto de “luchar por lo que queremos hasta el final” es muchas veces una manera de insinuar nuestra inquietud y dar rodeos con afán de poner en marcha la máquina de la determinación emocional que nos ayude a tomar la decisión que tanto nos cuesta.

“Siempre hay que saber cuando una etapa llega a su fin. Cerrando ciclos, cerrando puertas, terminando capítulos; no importa el nombre que le demos, lo que importa es dejar en el pasado los momentos de la vida que ya se han acabado.”

-Paulo Coelho-

Nuestro error: poner puntos suspensivos donde debe ir un punto final

Pluma poninedo punto final

La vieja costumbre de poner puntos suspensivos nos impide crecer. Si no abrimos las ventanas, no vemos el brillo de la vida. Si no dejamos las puertas abiertas, nos ahogaremos en la imposibilidad de “dejar ir” el polvo que nos impide respirar.

La tenacidad y la resistencia ante lo que está acabado se convierten en un revólver metafórico que nos apunta a la sien de manera constante, haciéndonos incapaces de disfrutar de nuestra vida afectiva.

En estos casos, la negación juega un papel esencial, pues es el reflejo del fallo de nuestro coraje y de la escasez de recursos para atribuir a esto una realidad emocional negativa. Nos empeñamos, pues, en afirmar que es una “etapa temporal” y rehusamos tomar en serio a nuestros sentimientos  y pensamientos.

Lo cierto es que, siendo la ruptura un asunto tan serio, es normal que nos dé respeto tomar partido en ella. Sin embargo, cuando no lo hacemos acabamos convirtiéndonos en personas ásperas, infelices, irritables, prejuiciosas y condenatorias. Y todo ello nos envuelve en un agujero negro repleto de contradicciones.

Como se suele decir, medio pan es mejor que nada. Pero media tajada o migajas, ¿realmente da sustento a nuestra vida afectiva? Si algo no nos hace felices o si una relación no nos hace bien, ¿qué tipo de unión y sostén creemos que vamos a tener.

Seamos realistas: si queremos que lo bueno entre, tenemos que dejar ir

Mujer  tranquila que ha puesto punto final a una relación
“Dejar ir”, “soltar”, “decir adiós”. Pocas palabras que simbolizan grandes acciones. Más que aforismos hogareños son mensajes claros que nos recuerdan que no merece la pena mantenerse en un lugar en el que nos convertimos en meros observadores, en personas sufridas o en figuras compadecidas.

No vayas donde no te quieran y no te quedes donde no te quieren. Esa es una premisa fundamental que debe ser trabajada desde la infancia para que, llegado el punto de necesitarlo, hagamos siempre valer nuestras necesidades emocionales y escuchemos a nuestro corazón cuando debemos hacerlo.

Daríamos lo que fuese por tener motivos para mantener las puertas y las ventanas abiertas pero, sin embargo, a veces no nos queda otro remedio que poner punto final donde antes poníamos puntos suspensivos.

Irse de algunos lugares también es cuidarse.
Alejarse de algunas personas también es protegerse.
Cerrar algunas puertas también es quererse.

Esa es la máxima que debemos mantener para cuidar nuestra salud emocional, para darnos valor, proteger nuestro corazón y adelantarnos a la vida poniendo la primera persona a la hora de pensar en sentimientos.

No permitamos perder la ilusión y la alegría, tampoco que la desidia y el sufrimiento nos dirijan. Es cierto que es complicado (y triste) poner punto final a nuestras historias pero cuando no lo hacemos no dejamos entrar nuevas y bonitas historias. No lo olvidemos.