¿Por qué fascinan los realities?

Edith Sánchez · 23 diciembre, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 21 diciembre, 2019
Los realities llegaron para quedarse a las televisiones de casi todos los países del mundo. Fascinan a muchos, aunque la mayoría no sabe decir por qué. Simplemente se sienten cautivados por lo que sucede en un escenario en apariencia espontáneo... y en realidad guionizado o muy restringido.

Los realities se han convertido en parte habitual de la programación televisada en diferentes países. En casi todos ellos han tenido un éxito abrumador, que mengua con el tiempo, hasta que otro nuevo show, con el mismo formato, toma su lugar. Las audiencias de este tipo de programas se cuentan por millones.

En muchas ocasiones, los realities han sido catalogados como “televisión basura”, especialmente cuando muestran y se recrean, de la manera más cruda, en lo peor de los seres humanos.

Sin embargo, esto no ha hecho mella en la audiencia. Siguen siendo miles y miles de personas las que se sienten completamente atrapadas por estos programas y disfrutan de ellos con una especie de “placer culpable”.

Los realities comenzaron a aparecer en los años 90, pero su verdadero auge se dio en el siglo XXI, simultáneamente con la preeminencia de la realidad virtual y el enfoque pleno en la llamada “postverdad”.

La pregunta es: ¿qué tienen esos programas para que consigan cautivar tanta audiencia y logren capturar la atención de tantas generaciones juntas?

La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”.

-Federico Fellini-

Escenario de un reality

Los protagonistas de los realities

En últimas, el negocio de los realities es el de “retransmitir la vida en directo” o, al menos, eso es lo que quieren hacer creer. Para lograr esto se necesitan, por un lado, personas que no tengan problema en exponer su vida privada. Así mismo, delante de la pantalla, se necesitan espectadores que tengan interés en conocer los pormenores de esos asuntos privados.

Cada vez que se abre una convocatoria para participar en uno de estos programas, acuden miles de personas. Las filas se extienden por calles enteras. Los encargados de hacer la selección han dicho que todas estas personas tienen un propósito en común: desean darle un giro radical a sus vidas. Piensan que ir a la televisión es una oportunidad de oro para hacerlo.

Aunque, aparentemente, cualquier persona puede participar en un reality, la verdad es que no es así. Cuando se hace la selección de quienes participarán se toman en cuenta determinados rasgos.

Lo más importante es que el participante tenga alguna característica, física, psicológica o cultural, que esté sobredimensionada. Este tipo de programas no necesita gente “común y corriente”

Las características de los espectadores

Algunos expertos han señalado que los espectadores o seguidores de los realities básicamente son de dos tipos. Ambos tienen en común una característica: son voyeurs.

Es decir que les gusta mirar sin ser vistos, especialmente los aspectos íntimos de la vida de demás. Sin embargo, este vouyerismo no está motivado de igual manera en todos y por eso hay dos grupos.

El primer grupo es el de los fisgones puros y duros. Desean ver a los otros expuestos en su mayor crudeza, ya que esto les proporciona un cierto sentimiento de poder. Por eso se sientan frente al televisor y se comportan como jueces del comportamiento humano. Están ahí para decirle al aparato cómo se deben comportar unos y otros.

El segundo grupo es el que quiere contrastarse con los participantes del reality. Busca identificarse con algunos de ellos y se compromete profundamente con sus derrotas y sus logros.

En última instancia, quieren hacer realidad sus propias fantasías en cuerpo ajeno. Lo que opera ahí es un mecanismo de proyección. Se ven a sí mismos como parte de la aventura, en cuerpo ajeno.

Amigos viendo la tele

Los aspectos problemáticos

Un estudio publicado en Psicology Today señala que los espectadores llegan a compenetrarse tanto con este tipo de programas, que terminan creando lazos con ellos que se asemejan mucho a una adicción. Tal y como ocurre con la droga, los realities provocan unas fuertes descargas de endorfinas y, por lo mismo, generan una dependencia que puede catalogarse como química.

Así mismo, los realities suelen crearle la fantasía a los televidentes de que ellos también son parte de la trama. La audiencia muchas veces puede votar para sacar o salvar a un concursante y con ello se crea una ilusión de control.

Sin embargo, finalmente los espectadores nunca dejan de ser eso mismo: espectadores. Son testigos de la vida de otros, al tiempo que dejan de vivir las suyas.

Difícilmente un reality aporta más que un rato de entretenimiento o evasión. En general, están “libreteados” o, cuando menos, editados. Esto significa que carecen de esa espontaneidad de la que en teoría presumen: falsean lo que acontece para despertar morbo apelando a las motivaciones más básicas de la audiencia. En definitiva, no son una buena alternativa para pasar tiempo libre de calidad.

Rincón, O. (2003). Realities: La narrativa total de la televisión. Signo y pensamiento, 22(42), 22-36.