Dumbo: una actualización del pasado

8 septiembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
El nuevo largometraje de Dumbo quizás haya sido una oportunidad fallida para dar forma a una versión mucho más reivindicativa. Sin embargo, esta carencia encuentra su equilibrio en un mensaje que también apela a nuestra conciencia.

Disney ya lleva unos años brindándonos las adaptaciones de sus clásicos más emblemáticos y, por lo visto, la tendencia no va a acabar aquí. ¿Se han agotado las ideas? ¿Lo viejo funciona mejor que lo nuevo? Lo que está claro es que 2019 ha sido un año de reestrenos o, mejor dicho, de reinvenciones; Aladdin, El Rey León y, por supuesto, Dumbo han sido algunos de los clásicos que se han visto actualizados en este último año.

Hoy, queremos centrarnos en el pequeño elefante de orejas gigantes con una habilidad excepcional. Hablamos de Dumbo, ese filme que ya en 1941 sobrecogía al mundo por su crudeza y por alejarse de la vertiente más infantil e inocente de Disney.

Cuando conocimos la noticia de que Tim Burton iba a dirigir la adaptación del pequeño elefante, muchos de nosotros sentimos cómo la nostalgia y la alegría inundaban nuestros corazones.

¿Quién mejor que el cineasta inadaptado para narrar la vida del elefante marginado? Pero claro, los tiempos han cambiado y es cierto que el Burton de los inicios, el de Eduardo Manostijeras, Beetlejuice y Ed Wood parece haberse esfumado.

Igualmente, mirando hacia nuestro propio presente, un mundo más crítico que antaño, cabía esperar una versión reivindicativa; un mensaje de amor hacia los animales, de respeto a las diferencias y una nueva oda a los freaks

Y es cierto que, en parte, algo de ello hay en la nueva versión de Dumbo, pero también echamos en falta elementos de su predecesora. ¿Cómo ha afectado el paso del tiempo a una de las historias más oscuras – a la par que entrañables – de Disney?

Dumbo, una actualización de valores

Desde el estreno de la versión animada en 1941 ha llovido bastante y, por tanto, los valores y la sociedad han cambiado lo suficiente como para esperar una versión más cruda y reivindicativa que el precedente. Las cuestiones que envuelven al maltrato animal, a la esclavitud que sufren determinadas especies por nuestro egoísmo son, cada vez, más polémicas.

Día a día, se denuncian más casos de violencia hacia los animales y la sociedad, en cierto modo, se encuentra más sensibilizada; aunque todavía queda mucho por recorrer.

En realidad, el Dumbo original no fue más que un intento por solventar las pérdidas económicas que los estudios Disney habían sufrido a raíz del estreno (y fracaso) de Fantasía (1940). Así, con poco presupuesto, decidieron estrenar el largometraje más breve de su historia -dura escasamente una hora- y, al mismo tiempo, uno de los más lacrimógenos.

Cuando conocimos la noticia del estreno, todos esperábamos ver una versión que bebiera de las nuevas influencias, de las nuevas corrientes y que tratara de actualizar los valores que la original nos transmitía. Y, en parte, lo ha hecho, pero no ha logrado calar del todo en el público.

Quizás, las expectativas eran muy altas y muchos olvidamos que, tras el nombre de Tim Burton, se escondía el de los estudios Disney. Es decir, el de unos estudios que pretendían contentar a un público muy amplio y jugar con el elemento nostálgico.

Dibujo animado de Dumbo

Bien es cierto que las nuevas tecnologías, especialmente el CGI, nos brindan una imagen más realista y más conmovedora que la del Dumbo original, además de permitir un rodaje realista sin que participen animales en él. Sin embargo, también cabe resaltar que, en ocasiones se queda en la superficie, en la belleza de la imagen sin ahondar en lo más profundo de los sentimientos, sin «meter el dedo en la llaga» del maltrato animal.

Aún así, la nueva imagen de Dumbo nos sitúa en un escenario más igualitario, nos presenta un símil entre paternidad y maternidad, demostrando que no son solo las madres quienes sufren y luchan por sus hijos, sino también los padres.

Este símil trasciende más allá de las especies: vemos a una madre elefanta que sufre y defiende a su hijo y, al mismo tiempo, a un padre humano capaz de enfrentarse a diferentes amenazas por proteger el bienestar de sus hijos.

El papel de las mujeres cobra vital importancia, sin importar si son niñas, adultas o elefantas, Burton le otorga un espacio a la mujer decidida, reivindicativa que se aleja de los cánones que se proponían en 1941. Porque sí, en el Dumbo original, parece que la única función de la mujer es la maternidad, apenas se muestra la paternidad (y mucho menos en solitario) y, por supuesto, las mujeres aparecen sumisas, obedientes y «cotillas».

Burton ha logrado actualizar, en cierto modo, esos valores; por contra, muchos de los personajes resultan algo planos y determinados guiños feministas o animalistas aparecen de forma un poco forzada, muy lejos de la naturalidad que cabría esperar. De hecho, el largometraje animado se caracteriza por una dura crudeza, por una violencia y un rechazo a las diferencias que parece haberse esfumado en 2019.

¿No era esta una buena oportunidad para reivindicar? ¿Una oportunidad para mostrar la cara más amarga de los circos con animales y de la sociedad? Sí, probablemente, lo era; pero si analizamos la película, nos daremos cuenta de que, tal vez, la intención del cineasta no era tanto la de aproximarse al freak, sino la de «morder la mano que le ha dado de comer».

¿Por qué decimos esto? Porque el nuevo Dumbo, como hemos avanzado, peca de edulcorado, reduce la crudeza, y la crítica termina por desviarse hacia un lugar inesperado. Pero Burton aprovecha la ocasión para hacer una crítica entre líneas, para establecer un paralelismo entre los propios estudios Disney y el gran circo al que es enviado Dumbo.

Una verdad que todos conocemos

Parece que Tim Burton, lejos de ofrecernos la versión la del inadaptado, ha decidido esbozar una crítica a la propia industria cinematográfica, al capitalismo. Así, podemos ver en el parque Dreamland, el lugar al que llevan a Dumbo para que se convierta en estrella, a los propios estudios Disney y sus parques temáticos. Es decir, una falsa felicidad, una falsa ilusión que se puede comprar con dinero.

El enemigo ya no es el dueño del pequeño circo de animales, sino el socio avaricioso y rico que esclaviza tanto a trabajadores humanos como animales. Ese hombre de traje y corbata que, gracias a su dinero, puede conseguir lo que se proponga, sin importar demasiado las vidas que tiene a su cargo. Así, Burton decide prender fuego a esa mano que le ha estado alimentando, a esos estudios con los que, durante años, ha establecido una relación de amor-odio.

El incomprendido se venga ahora de aquellos que lo apoyaron económicamente, pero que también cortaron sus alas, su libertad artística. Y, como Dumbo, lo único que le queda es luchar por su libertad.

La crudeza no se manifiesta en forma de maltrato animal, sino en forma de parque temático, en forma de lugar de culto y diversión para aquellos que se lo pueden permitir. Mientras, un magnate de los negocios se enriquece sentado en su sillón de cuero. Por ello, sí, podemos afirmar que los valores han cambiado, que el punto de vista es distinto y que, en pleno 2019, ser una estrella ya no es sinónimo de éxito, sino de explotación.

Siguiendo esta línea, parece que Burton escuchó las advertencias de la asociación PETA (Personas por el trato ético de los animales) y, además de no usar animales en su cinta, decidió brindar a Dumbo una segunda oportunidad, lejos de la fama, de los focos y del circo.

Si en 1941 el equivalente al final feliz era un Dumbo famoso a quienes todos admiraban, en 2019, el final feliz está lejos de la fama, se encuentra con los suyos en su entorno natural. Demostrando, una vez más, que los circos con animales ya son cosa del pasado y que el futuro aboga por un trato más respetuoso y ético hacia aquellos con quienes compartimos nuestro planeta.

Probablemente, la versión de 1941 nos estremezca más por su crudeza, por el realismo – aunque animado – de un animal que sufre y es separado injustamente de su madre.

Sin embargo, el Dumbo más actual, aunque pueda quedarse en la superficie en determinados aspectos, ha de ser leído entre líneas e interpretado de acuerdo a nuestro presente. Burton se apoya en sus actores fetiche, como Danny De Vito o Eva Green para construir una historia que, más allá de la denuncia hacia los circos de animales, supone una crítica hacia nuestro propio estilo de vida.