Eduardo Manostijeras, una historia sobre la aceptación

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 12 noviembre, 2017
Leah Padalino · 12 noviembre, 2017

Eduardo Manostijeras, dirigida por Tim Burton en 1990 y protagonizada por unos jovencísimos Johnny Depp y Winona Ryder, es, para muchos, la obra maestra de este autor. Destaca su banda sonora, compuesta por Danny Elfman, que se ha convertido en todo un referente.

La estética de la película Eduardo Manostijeras llama la atención desde los créditos, con objetos que recuerdan a otras obras del autor, como Pesadilla antes de Navidad (1993). Al dar el primer paso dentro de la película, la imagen de una antigua mansión polvorienta y, a su vez, mágica ya nos anticipan que estamos ante el más puro “Universo Burton”.

En forma de cuento, casi fábula, mezclando la fantasía con lo cotidiano, Burton nos presenta una película llena de emociones y sentimientos. Da vida a una historia en la que destacan dos mensajes: la importancia de aceptar las diferencias y la de dejar los prejuicios a un lado.

Eduardo Manostijeras es un relato muy personal, en clave autobiográfica, aunque se presente como una fantasía. El propio Burton ha hablado en varias ocasiones de algunos problemas en su infancia; de hecho siempre se ha definido como solitario, e incluso “raro”. Incluso su exmujer, Helena Bonham Carter, reconoció en él algunas características del síndrome de Asperger.

Eduardo Manostijeras, una historia llena de contrastes

Burton nos presenta la película como un cuento de una anciana a su nieta y, a partir de ahí, nos adentramos en la fantasía. Todo comienza en un colorido barrio lleno de jardines y viviendas unifamiliares. No hay ni un coche, ni una puerta, ni una prenda de ropa en el barrio que sea negra. Entre todo este colorido, destaca, al fondo y en lo alto de una colina, una vieja mansión, prácticamente en ruinas; gris y negra, con un aspecto que recuerda mucho al cine expresionista alemán.

El primer personaje que conocemos es Peg, madre de dos hijos que trabaja para la compañía cosmética Avon. En un intento desesperado por vender sus productos, Peg decide adentrarse en la misteriosa mansión. Al llegar, se encuentra con unos extraños árboles que han sido tallados imitando formas animales y humanas.

La mansión, que parecía tan oscura en la distancia, se presenta con un hermoso y colorido jardín totalmente inesperado, que actúa como anuncio del extraordinario mundo interior de su habitante. La música juega un papel fundamental conforme Peg se adentra en la mansión.

Seguramente, Peg esperaba encontrarse con algo aterrador, espeluznante; sin embargo, se encuentra en un ambiente mágico y maravilloso, con unas esculturas cargadas de sensibilidad. La mansión está totalmente descuidada en su interior, llena de polvo y telarañas; destacan unos recortes de periódico pegados sobre una pared en los que podemos leer títulos como “niño nacido sin ojos lee con sus manos”. Poco después, conocemos a Edward, el extraño habitante, que posee una inesperada peculiaridad y es que, en lugar de manos, posee tijeras.

Montaña con mansión oscura

La toma de contacto con el mundo y las relaciones sociales

Ya desde el comienzo, Edward presenta una inocencia extrema. Lo hace cuando se refiere a su padre diciendo que “no se despertó”, en clara alusión a su desconocimiento del mundo, de la vida y de la muerte. Peg, fascinada por las cicatrices que le han ocasionado las tijeras, decide probar en él sus productos cosméticos y lo invita a casa.

A partir de este momento, presenciaremos todas las dificultades de Edward para vivir en sociedad, diferenciar el bien del mal, el profundo rechazo que genera inicialmente entre los vecinos, y su fascinación posterior cuando descubren que pueden sacar provecho de sus habilidades como jardinero y peluquero. Las vecinas representan el morbo en estado puro, escenifican un pensamiento colectivo y son el fiel reflejo de cómo esa idea va cambiando dependiendo de las circunstancias, de manera que su opinión sobre Edward no es propia, sino colectiva.

Burton nos muestra lo difícil que resulta ser aceptado cuando no eres como los demás. Despierta curiosidad en algunos y miedo en otros, vemos cómo las vecinas se dedican a comentar todo lo que ocurre en el barrio, difunden rumores, critican a Peg y su extraño inquilino.

Edward encaja bastante bien en la familia de Peg, estableciendo una relación muy buena con su hijo pequeño y con su marido. Sin embargo, cuando conoce a Kim, la hija adolescente, ciertos sentimientos despiertan en Edward, pero no es capaz de expresarlos. La relación con Kim es difícil al principio por los prejuicios de ella, pero, con el tiempo, irá viendo en Edward a la persona que en realidad es y el gran corazón que tiene.

“-Kim: Abrázame.

-Edward: No puedo”.

Edward comienza a despertar la admiración entre los vecinos por su habilidad en peluquería y jardinería, su popularidad aumenta y hasta se ofrecen para montarle un salón de belleza. Edward y Peg asisten como invitados a un programa de televisión donde explican el caso de Edward y el público comenta y hace preguntas. Es curioso cómo en este momento vemos que, cuando lo diferente se convierte en una atracción, genera fascinación. Edward ya no es diferente, es especial.

“-Público: Pero si tuvieras manos serías como cualquier otra persona.

-Edward: Sí, supongo.

-Presentador: Seguro que le gustaría.

-Público: Entonces nadie pensaría que eres especial, no saldrías en la tele ni nada de eso.

-Peg: No importa lo que pase, Edward siempre será especial”.

Jardín con arbustos con formas de animales

Lo ‘diferente’ asusta

Los conflictos vuelven cuando Edward acepta ayudar a Kim y a su novio a realizar un acto delictivo; a partir de aquí, volvemos a la degradación del personaje, del diferente. La sociedad comienza a verlo como un monstruo, como alguien a quien hay que eliminar porque es peligroso. Las vecinas que tanto admiraban su talento, ahora tienen miedo, inventan historias y quieren verlo muerto.

Hay un momento, un pequeño guiño, que me gustaría destacar y es una escena en la que Edward está siendo perseguido por el vecindario, está solo, todos quieren verlo muerto… Pero un perro se sienta a su lado, él le corta el flequillo para que vea mejor y el animal le ofrece una muestra de agradecimiento. Este pequeño instante es realmente mágico, aquí, Burton nos muestra cómo los prejuicios son algo desconocido para los animales y, a veces, pueden ser más comprensivos que muchas personas.

Burton presenta un personaje carente de maldad, con problemas sociales porque ha vivido aislado durante demasiado tiempo a causa de su particular condición. Pocos son los que ven en Edward a un hombre bueno e inocente. La mansión es un reflejo de esa personalidad, con unas grandes, imponentes y oscuras verjas que sirven de coraza para proteger ese mágico jardín lleno de sensibilidad.

Mucho se ha hablado sobre Burton y el síndrome de Asperger, y es difícil saber con certeza cómo ha sido la infancia y la vida del director. Pero sí podemos apreciar ciertos rasgos de este síndrome en el personaje de Edward, como su torpeza con las manos, sus problemas para adaptarse y su profundo mundo interior. Sin duda, Eduardo Manostijeras nos deja una maravillosa lección de aceptación, nos enseña a no tener miedo a otras sensibilidades y a buscar más en el interior de las personas.

“A veces, aún bailo bajo la nieve”

-Kim en Eduardo Manostijeras-