Deporte, ¿cómo mejora realmente nuestra vida psicológica?

Sergio De Dios González · 24 enero, 2018

Muchas de las guías que buscan ser una ayuda para mejorar nuestras vidas, tanto en el plano físico como en el plano psíquico, recomiendan una serie de pautas clave. Estrategias e ideas que son fáciles de exponer, incluso de argumentar su valor, pero que no son tan fáciles de implementar en nuestra vida diaria. Demandan que cambiemos nuestras rutinas, esas que tendemos a seguir por la inercia que nosotros mismos hemos creado y que ha ido cobrando mucha fuerza por repetición.

Ahora, bien, el deporte es recomendable. Pero, ¿qué nos puede aportar en el plano mental? ¿Por qué merece un hueco en nuestras agendas? ¿Qué tiene de valioso para que al llegar a casa, en vez de ponerla en orden, hacer la comida, descansar o estudiar idiomas nos decantemos por hacer deporte? No apetece nada, fuera llueve y hace viento, en el gimnasio hay mucha gente y un calor artificial al que no nos terminamos de acostumbrar.

Pues bien, en este artículo vamos a tratar de responder a todas estas preguntas… y alguna más.

El deporte cuida de las células de nuestro cuerpo

Bien, nuestra mente parece algo abstracto, ese director de orquesta que muchas veces, de manera conceptual separamos del cuerpo, como si la base de esta no fuera el mismo sustrato biológico. Hablamos incluso de cansancio físico y de cansancio mental, como si cada una se ejercitara por un lado. Cuando… esto no es cierto.

Cuando hacemos ejercicio sucede un fenómeno muy curioso, las células de nuestro cuerpo se oxigenan. La metáfora es sencilla: cuando hacemos deporte es como si ventilásemos el cuerpo, igual que lo hacemos con nuestra casa cada mañana. Lo cierto es que verano, esto de ventilar cuesta poco. Sin embargo, en invierno el asunto es otro cantar. No lo solemos pasar precisamente bien mientras las corrientes frías se mueven a sus anchas por el salón y las habitaciones. Sin embargo, cuando esto pasa, ¿cómo nos sentimos después? Mucho mejor, ¿no?

Pues bien, con hacer ejercicio sucede algo similar. Hay días en los que nuestro cuerpo parece adorar esa sensación de que nuestro motor (corazón) suba de revoluciones -sería como ventilar en verano- y otras en las que se muestra muy muy perezoso (hemos trabajado más durante el día, no hemos descansado lo suficiente o esa semana hemos hecho más ejercicio; sería como ventilar en invierno). Sin embargo, ¿cómo nos sentimos después? Mucho mejor, ¿no?

Persona poniéndose una zapatilla de deporte

El deporte conecta al cuerpo con la mente

Ya hemos dicho que nuestras células del sistema nervioso por lo general, y si nos pasamos, agradecen que le demos a nuestro cuerpo un poco de movimiento y nos dejemos unas cuantas calorías corriendo, saltando, pedaleando o caminando un buen rato. Pues bien, el deporte también supone otra ventaja para nosotros en ese binomio cuerpo-mente. Esta ventaja tiene que ver con la comunicación. Es curioso, pero, por ejemplo, cuando hablamos con un deportista habitual que está momentáneamente lesionado y le preguntamos qué es lo que más echa de menos, es probable que nos responda que la comunicación con su cuerpo.

Si lleva una o dos semanas sin poder hacer ejercicio, es probable que tenga una sensación de que su cuerpo ya no le habla o que solo lo hace en el lenguaje del dolor. La información que recibe de su cuerpo se ha empobrecido, y mucho. Así, lo que conseguimos cuando hacemos deporte es que la comunicación con nuestro cuerpo mejore, no hace falta que nos duela nada para saber que estamos con más o menos energía. Por otro lado, es una sensación que no es fácil de explicar para aquellos que llevan una vida sedentaria y años sin hacer deporte. No recuerdan cómo es la sensación de sentirse comunicados con su cuerpo y por lo tanto no la echan de menos.

Sin embargo, enriquecer esta comunicación merece la pena…

Mejora nuestra vida social y ganamos un tiempo para nosotros

Otras de las ventajas mentales que nos reporta el deporte tiene dos vertientes. Una de ellas es la vertiente social. Ya sea un deporte individual o de equipo, es fácil que terminemos conociendo a personas en una situación parecida a la nuestra. Personas de carne y hueso que no están detrás de una pantalla, que pueden motivarnos, con el deporte o con otras metas de nuestra vida y que sin duda van a ampliar nuestro círculo social de apoyo.

La otra vertiente de esta ventaja está definida por un hecho: practicar deporte supone dedicarnos un rato a nosotros. Un tiempo para reflexionar o simplemente para evadirnos de nuestras preocupaciones. Durante ese rato no vamos a pensar en que no llegamos a algún sitio, que se nos puede quemar la comida o que alguno de nuestros gestos puede no gustarle a alguien o perjudicar nuestra imagen. En este sentido, el deporte muchas veces supone un ejercicio de libertad, una actualización de nuestros resortes mentales y un encuentro con nosotros mismos.

Por otro lado, es un acto que difícilmente nos va a generar una incomodidad mental. Es muy difícil que haciendo deporte sintamos disonancia entre quienes somos o nos gustaría ser y lo que hacemos. No hay amenazas, solo retos. El de anotar una canasta o correr un poquito más rápido. La cuestión se simplifica y nuestra mente agradece esta liberación.

Mujer haciendo yoga

Deporte, disciplina, fe y emociones

Un beneficio indirecto del deporte es el orden y la disciplina. Mantener la práctica con regularidad genera en nosotros una sensación de constancia que nos hace sentir bien. Eso de, “Pues oye, pues en realidad sí que soy capaz de llevar a cabo aquello que me propongo”. Este tipo de mensajes reforzarán nuestra autoestima y nos ayudarán también con otros propósitos.

Lo vemos en muchas personas que se han rendido, lo traducimos de sus palabras. No hacen planes porque no tienen fe de que vayan a cumplirlos, de manera que viven en una especie de anarquía cargada de reproches porque muchas de las decisiones que toman son aleatorias y los equilibrios que construyen son muy débiles. Pues bien, pocas actividades hay mejores que el deporte para ganar confianza.

¿Cuántas ventajas verdad? Pues bien, no se han terminado. Además, ahora toca señalar una de las más importantes: la regulación emocional. El deporte nos ayuda a gastar de manera positiva ese excedente de energía que tenemos casi todos nosotros por ingerir en realidad más calorías de las que podemos gastar. Así, un cuerpo con una menor necesidad de actividad, nos dará un margen mayor para trabajar con nuestras emociones. Así, por ejemplo, si nos enfadamos será más difícil que saltemos o explotemos.

El deporte, por ejemplo, ha disminuido nuestras pulsaciones y nuestra tensión, de manera que necesitaremos un estímulo mayor para llegar a activarnos igual que antes. Esto ensancha mucho el margen que tenemos para actuar, utilizar de manera inteligente la información de la emoción que sintamos y dejar que se disipe sin que su energía nos lleve a realizar conductas de las que luego nos arrepintamos. En niños, por ejemplo, el deporte también favorece mucho el autocontrol y contribuye, bien dispuesto en su horario, a regular el descanso.

Con todos estos argumentos, dan ganas de ponerse a ello, ¿verdad?