Es lo efímero de la hoja caduca lo que nos conmueve

Sergio De Dios González · 20 octubre, 2016

La vida tendría un sentido diferente si la muerte no existiera. Si con el primer latido no naciera una amenaza y esta no pudiera materializarse en cualquier momento, nuestra existencia pasaría a tener otras dimensiones o mejor dicho, dejaría de tenerlas. Este ciclo se repite cada otoño, cada cumpleaños, cada vez que le arrancamos una hoja al calendario.

Platón hizo a su amado Eros, hijo de Poros y Penia. O lo que es lo mismo, de la abundancia que anhelamos y del penar con el que caminamos. Un Eros que es adicto a la frase que pronuncia Fausto: “detente, instante, eres tan hermoso”. Precisamente ese instante es tan hermoso porque dura un tiempo parecido al que tarda la hoja en caer del árbol.

Imaginar la hoja en el suelo es lo que nos hace temer la pérdida

Así, la mayoría de los objetivos que alcanzamos nos llegan a conmover un instante y si tenemos suerte dejan en nosotros un eco poderoso, que solo en soledad o con quien tenemos confianza nos va a volver a conmover. Toda una vida de trabajo produce las emociones más intensas cuando se alcanza esa cima que parecía tan lejana, el camino tan quebrado.

Si viviéramos permanentemente en este estado, los sentimientos no serían los mimos. Es el recuerdo de los riesgos que asumimos, de aquellos largos instantes en los que nos quedamos solos sin apoyo y a merced del viento, el que desborda nuestra alegría.

mujer con paraguas

Da igual que en realidad fuera así o no, lo importante es que lo que sentimos entonces trae lo que sentimos ahora. Sin esa tristeza, nunca existiría esta alegría. Si nos hubieran regalado la ascensión, ahora nuestros ojos no estarían brillantes, o no habría surcos marcados en nuestra cara.

La conciencia de esta fugacidad es lo que nos hace temer la pérdida. De donde nacen los celos, de donde proceden muchas caricias. Lo que más queremos es al mismo tiempo la marcha que más nos angustia. Porque se irá, igual que nos hemos ido nosotros.

El amor, las tardes de Domingo y las hojas de otoño

De ahí el amor para siempre, pañuelo bordado de promesas. Este es un ejercicio asombroso y que simboliza el enorme poder que tenemos en nuestras mentes. Con palabras le podemos mentir al mundo, en un precioso ejercicio de consuelo, y decirle que un océano cabe en una gota de agua. Que una eternidad cabe en solo un instante.

El amor se dispara cuando nuestras conciencias intuyen el precipicio de la vulnerabilidad. Entonces los miedos se agigantan y con su sombra crean el espejismo de la cercanía entre lo que no queremos que desaparezca y el agujero negro que todo lo traga. Corremos y corremos para que esa hoja, una vez en el suelo, no se vaya con el viento.

Admiramos al valiente porque se juega su propia vida. Sabemos que si recorre más distancia que la que le separa del precipicio se caerá, somos conscientes de que él también sufre el espejismo de sus propios miedos. Es esto lo que hace del ejercicio de entrega algo tan poderoso.

Gestalt

La Gestalt, uno de los paradigmas más revolucionarios en psicología, puso de manifiesto la ley del cierre. Según esta Ley perceptiva las formas abiertas o inconclusas nos provocan incomodidad. De hecho, nuestra mente automáticamente las cierra, piensa que la hoja que yace en el suelo no tardará en desaparecer.

Probablemente la fugacidad de lo que nos emociona forme parte de una ley parecida, del enfrentamiento entre querer prologar un instante y la necesidad de cerrar el círculo. De la necesidad de terminar con la imperfección y del enorme abismo que sería un mundo perfecto.

De ahí también que llegue el invierno, y después la primavera y el verano. De ahí también que el otoño nos traiga ese aire de nostalgia, como si fuera una tarde de Domingo: parte del fin de semana, pero un maléfico anuncio del Lunes.