J.K. Rowling y el amor por el error

Sergio De Dios González · 1 marzo, 2017

A la mayoría de las personas que estáis leyendo este artículo no es necesario que os presente a J. K. Rowling, habrá aún menos despistados si digo que es la autora de Harry Potter y, si mi permitís la licencia, de parte de la juventud de más de una generación. La sabiduría popular recoge un dicho que afirma que detrás de un gran hombre suele haber una gran mujer (y viceversa). Así, recogiendo la misma estructura podemos decir que detrás de cualquier persona con éxito hay una historia de la que podemos aprender.

Todavía más cuando se trata de un escritor, ya que suelen pecar, sin poderlo evitar y la mayoría sin hacer mucho por evitarlo, de introducir parte de sus vivencias personales en sus historias.

“Tiendo a usar fechas significativas. Cuando necesito una fecha o un número, uso algo que está relacionado con mi vida personal. No sé por qué hago eso, es un tic. El cumpleaños de Harry es el mío, por ejemplo. Los números que aparecen o las fechas que vienen en los libros tienen relación conmigo.”

-J. K. Rowling-

Unas biografías que a menudo están cargadas de errores. De hecho, hace poco escuchaba decir a un escritor -cuyo nombre no recuerdo- que si algo le había enseñado su profesión era a “aprender a encestar”. Es decir, a tirar folios a la papelera cuando lo que había escrito en ellos no servía y a aceptarlo como una parte más de su trabajo.

Así, al final de nuestras vidas tendremos a buen seguro una papelera de errores y no pasa nada por aceptarla: es una ley que está inscrita en nuestra condición humana. No hablo de errores que sean equivocaciones objetivas, sino de errores que vamos a sentir como tal.

Los primeros pasos de un proyecto son modestos

Quizás os preguntéis por qué demonios he empezado este artículo hablando de J. K. Rowling. Bien, lo he hecho porque para redactarlo he tomado como inspiración el discurso que dio en la clausura del curso en la Universidad de Harvard en el año 2008. Lo hizo pocos años después de, según sus palabras:

Había fracasado a una escala épica. Un matrimonio de una duración excepcionalmente corta había explotado, no tenía trabajo, era una madre soltera y tan pobre como se puede ser en la Gran Bretaña moderna sin ser un mendigo”.

Más allá de que como espectadores las historias de superación nos despierten sentimientos positivos, lo cierto es que de la forma que utiliza para hablar de ello se desprende que, sin ese matrimonio fallido y sin esa crisis, hoy Harry Potter difícilmente existiría. Ella afirma que su intención cuando empezó Harry Potter no era alcanzar el éxito del que disfruta ahora, sino evadirse, aclarar su ideas y poner en orden de alguna manera su vida.

Piensa que soñar a lo grande suele requerir de grandes inversiones, más todavía rodeados de un montón de propaganda que nos dice que si no tenemos este o aquel artículo no lograremos lo que queremos. No seremos tan guapos, no tendremos tanto éxito, no pareceremos tan simpáticos…

Además, empezar con pretensiones e inversiones modestas hace que podamos asumir el precio de los errores que podamos cometer. Nos permite contar con un margen de maniobra en el caso de que nos tengamos que retrasar o dejar el proyecto aparcado por un tiempo. Si no hemos condicionado toda nuestra vida a ese proyecto, la salida para tomar aire será más fácil.

El miedo al fracaso

El miedo al fracaso puede ser un embrujo paralizante pero también un hechizo motivador. Que se convierta en uno u otro depende de varios factores. Quizás el primero de ellos sea el amor propio, una persona que se reconoce y se respeta tirará de ella cuando haya corrientes que intenten arrastrarlo al fondo. La persona que piensa que no tiene nada que rescatar se abandonará y ni siquiera ese fondo le servirá para coger impulso.

También depende de las personas con las que contamos. Curiosamente en Harry se da un paradoja que se repite de manera invariante en todos nosotros: cierta tendencia a la soledad tiene que convivir con la necesidad de relacionarnos, ya que somos animales sociales. Es el fracaso, o la amenaza del mismo, el que nos enseña con quienes podemos contar. Son esas personas que se quedan, estén o no de acuerdo con nosotros. Su amor no es condicional a nuestras aspiraciones o nuestras pertenencias, sino a lo que somos.

El miedo al fracaso puede ser un embrujo paralizante pero también un hechizo motivador.

Si quieres hacer algo, los primeros pasos los tendrás que dar en soledad

Dicen que la mayoría de adolescentes se sienten incomprendidos…y la mayoría de universitarios, y la mayoría de trabajadores jóvenes, y la mayoría de trabajadores medianos, y la mayoría de trabajadores mayores, y la mayoría de jubilados. Lo cierto es que muy pocas personas reciben el apoyo de alguien cuando se presentan como candidatos a una meta. 

En el caso de los adolescentes, suelen ser en los padres en quienes ven reflejada esta incomprensión. Rowling vivió esta incomprensión en sus propias carnes cuando sus padres rechazaron la idea de que estudiara literatura inglesa en vez de lenguas modernas. También dice que “hay una fecha límite para culpar a tus padres de guiarte en la dirección equivocada“. Así, trascender esta fecha es en sí mismo un ejercicio de madurez, ya que implica dejar de culpar a los demás, en este caso los padres, de los fallos para asumir la responsabilidad de los mismos.

De esta forma los fallos dotan de la prudencia necesaria a la persona inmadura, que se caracteriza por su impulsividad. También dan una dimensión a lo que hemos conseguido, sea porque lo hemos perdido después o porque hemos sentido muy cerca esa posibilidad. Así, hay muchas personas que no son conscientes de sus logros hasta que sienten que los pueden perder o hasta que definitivamente los han perdido.

Finalmente el fracaso nos conduce a momentos de crisis en lo que lo imprescindible se revela con toda su fuerza… y lo imprescindible no es más que aquello con lo que contamos…y en eso con lo que contamos siempre nos vamos a tener a nosotros y lo que hemos aprendido, tanto subiendo como bajando. Así, cuando fracases no cierres los ojos, que no tiene nada que ver con recrearse con en la tristeza o el abandono, tiene que ver con la fe en volver a subir los suficiente como para que nos bañe el sol.

En tu caída procura que se rompan los menos elementos posibles, pero sobre todo protege tu amor propio. Será él y no otro el que, cuando parezcan los fantasmas te pondrá en movimiento y evitará que te paralices.

Era libre, pues mis mayores grandes miedos se habían materializado, y aún estaba con vida, y aún tenía una hija a la cual adoraba, y tenía una máquina de escribir y una gran idea. Y entonces la roca del suelo se convirtió en los fundamentos sobre los cuales reconstruí mi vida.

-J. K. Rowling-