¿Conoces las dos caras de la envidia?

Sergio De Dios González · 7 enero, 2017

La cultura occidental no quiere ver a la envidia ni por asomo. Si la mujer ha tenido que arrastrar a lo largo de la historia “su engaño a Adán”, la envidia ha tenido que cargar a lo largo de la historia con el estigma de haber sido el motivo por el que Caín mató a Abel. De hecho, en el hablar cotidiano existe la expresión “eres más malo que Caín“. Una expresión que no es raro que se vierta sobre niños de poca edad, ya sea para censurar su comportamiento directamente, ya sea para describirles a una tercera persona.

Además, es uno de los pecados capitales, asociada con la codicia, y un claro motivo para la confesión. Fuera del ámbito religioso, los relatos históricos de la vida palaciega en la Edad Media están repletos de asesinatos que nacen de la envidia por la posición de poder que ocupaba una determinada persona. Sin ir tan lejos en el tiempo, la envidia es uno de los sentimientos que no suele perderse esas cenas en las que vemos a personas que hace mucho que no veíamos y hablamos de andanzas edulcoradas en el marco de vidas contadas a golpe de retoque.

“La envidia es una declaración de inferioridad”.

-Napoleón-

Estatua

Si la envidia es tan mala, ¿por qué no se ha extinguido?

Hay dos razones que podrían justificar que la envidia haya sobrevivido como una de las motivaciones más poderosas y no haya caído en destierro que la selección natural impone a aquello que perjudica o compromete el futuro de una especie. En este caso, la nuestra.

El primero tendría que ver con su utilidad para marcar objetivos o propósitos. La envidia actúa como un subrayador fosforito sobre la realidad y resalta aquello que deseamos e incluso, aunque sea en raras ocasiones, que necesitamos. Así, envidiar a alguien que tiene un determinado trabajo puede señalarnos nuestra vocación, porque lo que conocemos de él a través de la persona que lo desempeña nos encanta.

La envidia no solo señala deseo por objetos, también lo hace sobre aptitudes, actitudes y formas de comportamiento. Hay personas que tienen ese don para encajar en todos los ambientes, hay otras que lo tienen para iluminar con su presencia, otras que lo tienen para poner calma, otras para escuchar…

Ver los efectos que tiene una manera de ser puede hacer que nos pongamos en marcha para intentar imitarla.

La envidia también está relacionada de manera íntima con los celos. Junto al temor a la pérdida, la envidia señala que necesitamos la atención de las personas que rodean. La necesitamos desde pequeños, así la envidia es uno de los sentimientos más complicados de gestionar cuando se incorpora un nuevo miembro a la familia.

La envidia como motivación

Con esto enlazamos con la segunda razón positiva que tiene la envidia para existir. Esta razón tienen que ver con la motivación. Puedes pensar que no es una motivación noble porque rara vez trasciende el interés egoísta, pero es una motivación al fin y al cabo. Como hemos dicho antes podemos ver cómo se comporta una persona amable y envidiar los efectos que consigue con su actitud. Así, contrastar los efectos de esta manera de comportarse con la realidad puede hacer que nos pongamos manos a la obra para mejorar la vida de los demás.

Por supuesto, la actitud no tiene por qué ser positiva. Pensamos que trabajamos demasiadas horas para lo poco que nos pagan y entonces empezamos a apreciar que muchos de nuestros compañeros de trabajo salen antes del trabajo y que esto no tiene consecuencias. Así, no será extraño que terminemos optando por imitar su comportamiento.

Así, muchas veces la envidia no nace de un elemento en sí, sino de los efectos que ese elemento tiene sobre la realidad. Existen personas que envidian a otras porque tienen un coche muy moderno, portento y vistoso. En realidad muchas personas no envidian ese coche, lo que envidian es el estatus en el que sitúa el coche a su propietario. Envidian tener un objeto que les diga al mundo que ellos tienen dinero e influencia.

De hecho hay estudios que dicen que muchas personas no se comprarían un teléfono de una determinada marca si les obligaran a llevarlos con una funda que tapara la identificación del fabricante. Esto es algo complicado de reconocer ya que, al igual que la envidia, la asociación con marcas habla de las personas como seres emocionales, cuando lo que la mayoría quiere ser es un ser racional.

La envidia nos recuerda que somos seres emocionales, cuando la mayoría de las personas le guarda más estima a lo racional.

De hecho, muchas de las justificaciones que barajamos para nuestros comportamientos distan mucho de ser la motivación primaria de dichos comportamientos. Antes de comprarlo no vimos que la batería duraba más o menos, incluso puede que en las características se especificara con muy pocos mA. Sin embargo, si después comprobamos que tiene una duración aceptable y nos preguntan introduciremos fácilmente este motivo entre los de compra.

Pareja con perro

 

Los grandes problemas que causa la envidia

Uno de los grandes problemas que puede causarnos la envidia es obstaculizar la capacidad de gozar de lo que tenemos. Puede capturar hasta tal punto nuestra atención que nos haga perder la visión del bosque y consiga que la cambiemos por la visión reducida y empobrecida de un único árbol. Un árbol al que encima muchas veces no podemos optar.

Además, la envidia se convierte en una carcoma para nuestra vida cuando hace más profundo el sentimiento de insatisfacción con el que, en mayor o menor grado, contamos todos. Ese no parar, ese perseguir, esa necesidad de seguir escalando, motivada muchas veces por la envidia.

La envidia es un sentimiento, como otros muchos, que nos aporta energía e información para que  nosotros la regulemos. Así, la envidia se convierte en mala cuando toma el control y nubla nuestra atención, impidiendo que disfrutemos de todo lo bueno con lo que contamos.