Los hombres que no amaban a las princesas

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 19 septiembre, 2016
Roberto Muelas Lobato · 19 septiembre, 2016

Últimamente, el feminismo está de moda, lo cual es un avance social de gran envergadura. Sin embargo, muchas personas siguen sin entender ni aceptar que feminismo significa igualdad. Los hombres que no aceptan el feminismo parecen amar a las princesas mientras que aquellos hombres que son feministas no aman a las princesas. Si bien las mujeres no quieren ser princesas, tampoco los hombres feministas aman a las princesas.

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, porque si yo estoy sucio de haberme tirado al barro para divertirme quiero que ella se ensucie conmigo y no aborrezca la diversión en post de la imagen. Tampoco quiero que ella sea una princesa, porque ya que yo no me afeito ni las piernas, ni el pecho, ni la barba, tampoco tengo el derecho de exigírselo a ella, ni siquiera aunque yo tomara la decisión personal de hacerlo.

“Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”

-León Tolstoi-

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, porque el espejo por la mañana me dice que he dormido mejor cuanto más alborotado está mi pelo y, por tanto, también quiero que su pelo amanezca tanto o más alborotado que el mío.

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, porque me gusta tanto o más que a ella hacer las tareas de la casa y, aunque yo no sea su modelo a seguir en ese aspecto, tampoco ella tiene por qué ser el mío.

Antiprincesa

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, porque nunca me han gustado los cuentos de hadas. Siempre me han atraído más las brujas, no por su maldad, sino por su libertad a la hora de tomar decisiones.

Ser sapo de una “sapesa”

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, porque tampoco yo quiero ser su príncipe azul.

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, porque yo no tengo por qué pagar las copas en los bares, ni invitar por costumbre a cenar, ni abrir puertas, ni pasar frío por parecer un machote, ni ser una máquina sexual que gotea babas ante los vestidos ajustados.

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, porque yo no tengo que mantenerla y agasajarla con joyas y rosas cada vez que se enfada. Joyas y rosas que seguramente ni siquiera quiera.

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, porque quiero que ella me busque y quizás prefiera que nos encontremos sin buscarnos.

“En el amor no hay posturas ridículas ni cursis ni obscenas. En el amor todo es ridículo y cursi y obsceno”

-Mario Benedetti-

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, deseo que su físico no sea objeto de beneficios sino aceptación de ella misma.

Escultura sapo

Princesas de sangre roja

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, no quiero que tenga sangre azul ni lleve una corona de superioridad hablando a los demás por encima del hombro.

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, ni que pertenezca a la realeza. Ni yo quiero ser el príncipe que la cuide y le traiga de vuelta su zapato de cristal. Ni tener que ir en limusina a buscarla para llevarla al baile cuando juntos podemos volar a la eternidad.

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, porque puede no ser una modelo de pasarela pero es una modelo como feminista. Mi modelo a seguir.

Yo tampoco quiero que ella sea una princesa, quiero que lo sea si así lo desea pero, sobre todo, que sea ella y no la impertinencia que la sociedad le obliga a ser.

El hombre nace libre, responsable y sin excusas

-Jean-Paul Sartre-

Yo quiero que en el quererte me quieras y que en ese quererme te quiera así como tú te quieres sin dejar de quererme a mí.