Ninguna guerrera ganó luchando todas las batallas

La autoexigencia y las presiones sociales y personales nos pueden llevar a desgastarnos en el día a día con asuntos que no merecen la pena. El arte de una buena guerrera es saber cuándo hay que pelear y cuándo aceptar, reflexionar o descansar y recuperar energías.
Ninguna guerrera ganó luchando todas las batallas
Andrea Pérez

Escrito y verificado por la psicóloga Andrea Pérez.

Última actualización: 04 agosto, 2022

En el día a día, estamos sometidas a muchas presiones, tanto de nuestra vida personal como de nuestro entorno. Sentimos sobre nuestros hombros la carga de tener que rendir en el trabajo, estar disponibles para nuestras amistades, cumplir con el rol de madre, seguir siendo una buena amante y pareja, hacer las labores del día a día, cuidarnos a nosotras mismas, cuidar nuestra alimentación y, además, llegar a todo con una sonrisa en la boca. Esto puede conllevar la sensación de ser una guerrera que nunca abandona el frente de batalla.

No solamente hacemos nuestras todas las exigencias y “debos” de nuestra vida personal, sino que también les sumamos las exigencias sociales. Queremos cumplir con nuestros valores sociales y eso puede implicar que hacemos esfuerzos por tener conciencia de clase, usar lenguaje inclusivo, comprar productos de proximidad, usar el transporte público, reutilizar los envases, comprar ropa de fabricación nacional, evitar los plásticos, bajar la calefacción, reducir el consumo de carne y, tras esto, añade un largo etcétera a la lista.

Intentar llegar a todas estas exigencias personales y sociales puede implicar el desgaste físico y emocional de la persona. Está bien luchar, de hecho, es necesario para nosotras mismas, para el resto de la sociedad y para el planeta, pero también está bien no perder la cabeza en el intento. Es posible que la heroína sea capaz de luchar ella sola contra todos los malos y salir ilesa de las luchas. Pero la guerrera, al menos la sabia y eficiente, elegirá bien qué batallas vale la pena luchar y en cuáles es mejor retirarse.

Mujer estresada
Intentar llegar a todo es fruto de la autoexigencia y tiene como consecuencia el desgaste físico y mental.

Guerrera caída por sobreexigencia

Todas queremos y, necesitamos, sentirnos valiosas en nuestro día a día. Poder sentir satisfacción cuando hacemos un buen trabajo. No sentirnos malas madres cuando ponemos un límite a nuestros hijos.

Intentamos crear un mundo más limpio y relaciones más empáticas, tolerantes y equitativas. Queremos aportar nuestro granito de arena para construir ese camino. Pero, a veces, al abarcar tantas batallas, nuestra salud mental se ve afectada por el sobreesfuerzo, la sobreimplicación y la sobreexigencia. Esto suele conllevar a un sentimiento personal de frustración, rabia, fracaso e impotencia.

Estas emociones son algunas de las que podemos llegar a sentir cuando nos autoimponemos más responsabilidades de las que podemos, física y mentalmente, asumir.

La necesidad de validarnos en todas las luchas también está determinada por la presión social de nuestro entorno. Ya sea directa o indirectamente, a través de nuestro entorno cercano o a través de las redes sociales, parece que la sociedad nos gritara que debemos luchar con todas nuestras fuerzas, todo el tiempo, ante cualquier enemigo, sacar nuestra mejor versión o la heroína que llevamos dentro.

Aunque esas batallas no nos interesen, aunque ni siquiera hayamos entrenado para ellas. Si no luchas constantemente en todas y con todas tus fuerzas, es que eres de los malos. Y nadie quiere ser de los malos, ¿verdad?

Si estás luchando tantas batallas a la vez que ya no tienes energía para nada más, enfunda la espada y plantéate: ¿solo de ti depende cambiar el mundo? ¿Solo tú podrás salvar a todos los animales del planeta? ¿Solo con tus reivindicaciones podrás cambiar la empresa en la que trabajas?, ¿Hasta qué punto te compensa luchar con tanto ahínco si eso te dejará sin fuerzas a mitad de la pelea?

Quizá es momento de rebajar un poco el nivel de autoexigencia y entender que todas las personas necesitamos nuestro tiempo de descanso.

Conviviendo con la emoción de no llegar a todo

En carreras de fondo, como son nuestros proyectos personales, la frustración es un sentimiento recurrente que nos puede hundir o nos puede acompañar. Cuando la tolerancia hacia ella es baja, esta nos paraliza, nos hace abandonar nuestro propósito y hace que, ese valor que nos guía y por el que queríamos luchar, acabe desdibujado y abandonado en el fondo de un cajón. Sin acciones que acompañen cualquier valor se quedará vacío y tendremos la sensación de no avanzar en nuestras metas.

Cuando nos sentimos atascados en nuestra vida y la frustración aparece, tendemos a querer quitárnosla de encima a cualquier precio. Incluso si el precio es nuestro propio bienestar. Quizás por ello preferimos desgastarnos a convivir con la frustración de parar y descansar. Sin embargo, la frustración no tiene por qué ser negativa, podemos usarla como una herramienta a nuestro favor. Aceptarla y convertirla en un guerrero más de nuestro ejército.

Para poder sacarle partido, debemos entender que no todos nuestros actos van a tener resultados inmediatos ni todo el mundo va a priorizar nuestro mundo interno. Tampoco todas las personas estarán contentas cuando empecemos a priorizar nuestro bienestar poniendo límites sanos a las relaciones y proyectos.

Es posible que intentemos explicárselo y haya quien no lo entienda. No pasa nada por ello. Ser capaces de convivir con el malestar que nos puede generar tratarnos a nosotros mismos como trataríamos a los demás es parte del proceso de autocuidado.

Mujer con el corazón en las manos
No siempre podemos llegar a todo y es normal, tenerlo en cuenta forma parte de nuestro autocuidado.

Selecciona tu batalla, céntrate en ella y descansa

Al igual que sobre gustos no hay nada escrito, tampoco lo hay sobre las prioridades que tenemos que establecer en cada momento de nuestra vida. A veces tendremos que centrarnos más en nuestra carrera, otras en la familia, otras en los amigos y otras simplemente podremos estar para nosotras mismas. Quizás también cambie la aportación que tengas que hacer en cada batalla, mentiras entre las que unas solo te requerirán un pequeño grano de arena, otras quizá te supongan montañas.

Si has seleccionado una batalla que merece la pena, céntrate en ella. Piensa estratégicamente como poder lucharla sin desgastarte más de lo necesario. Intenta buscar aliados y trazar planes comunes. Adopta un discurso crítico, no solo contra el enemigo, sino a veces también contra ti misma. Adecua tus acciones a tus valores.

No te aseguro que ganes la guerra, de hecho, seguirás teniendo momentos en los que quieras tirar la toalla, en los que sentirás que tu lucha no está valiendo para nada, y a veces te seguirá invadiendo el pensamiento de… ¿Para qué me esfuerzo? Pero luchar desde una atalaya sólida y fuerte te permitirá defender tu bandera desde un posicionamiento más firme, seguro y balanceado.

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