¿Has caído alguna vez en la trampa del mesías?

Fátima Servián Franco · 2 diciembre, 2017

Si el grado de implicación de una persona que se dispone en actitud empática hacia otra es excesivo (ya sea por intensidad o por frecuencia), corre el riesgo de caer en lo que algunos autores llaman la trampa del mesías: amar y ayudar a los demás olvidándose de amar y ayudarse a sí misma. 

La trampa del mesías se alimenta de personas que se implican excesivamente con el sufrimiento ajeno, bajo el lema: “si no lo hago yo, nadie lo hará”. En este sentido, si solo tenemos en cuenta los puntos de vista, deseos y emociones de lo demás, la convivencia se volverá desigual.

Desde este punto de vista, no hay que confundir el hecho de ponernos en el lugar del otro con instalarnos en el lugar del otro. De alguna manera, este viaje empático es necesario para entender al otro, pero también puede ser realmente peligroso cuando nos quedamos atrapados en el otro.

Las personas que están convencidas de que las necesidades de los demás siempre tienen preferencia sobre las propias dejan que los otros condicionen sus propias acciones, descuidándose a sí mismas. El problema es que esa falta de cuidado por sí misma no pude ser suplida por el cuidado que le brinden otros o necesitará que otros le brinden un cuidado mucho mayor para no notar la carencia. Algo que, por otro lado, muy pocas veces se produce.

No necesitamos tanto de la ayuda de los demás como de la confianza en esa ayuda

Persona ayudando a otra

Olvidarse de uno mismo para cuidar a los demás

Para las personas que han caído en la trampa del mesías, cuidar se convierte en su modo de ofrecer amor. Nadie les impone el que deban cuidar a los demás. Suelen encajar muy bien con personas que buscan o necesitan ser cuidadas, cayendo una y otra vez en relaciones personales desequilibradas y alimentando dependencias.

Ese momento en que nuestra vida empieza a ser lo último de lo que cuidamos, por estar siempre pendiente de la vida de los demás, es cuando llegamos a enfrentarnos situaciones de verdadero conflicto interior, sentimientos de confusión, agobio constante, y en algunos casos, incluso estados de depresión por no poder con todo.

Para no caer en estos estados emocionales negativos, es bueno recordar que las necesidades de los demás en primera instancia tienen que ser cubiertas por ellos, y aunque nada hay de malo en ayudarles si está en nuestras manos, son ellos en última instancia los que tienen que lograrlo y sobre los que recae la responsabilidad. Además, si queremos ofrecer una verdadera ayuda es fundamental que cuidemos de nosotros mismos, de otra forma no contaremos con la fuerza suficiente como para ser realmente útiles.

Cada vez que nos olvidamos de nosotros, dejando de hacer algo que queremos para hacer algo que quieren los demás, estamos avivando sentimientos de culpa o sufrimiento. ¿Qué nos impulsa a estar siempre pendientes de las necesidades de los que nos rodean? ¿Amor, miedo a que no rechacen, la necesidad de reafirmarnos o de ser reconocidos, el sentimiento de culpa….?

Intentar quedar bien con todo el mundo, anteponer las ideas de otros a las nuestras, realizar favores que no queremos hacer e que incluso tenemos una buena razón para no hacer, no pedir nunca ayuda a los demás para no molestar, cuidar de otras personas, pero no de nosotros son los comportamientos que se manifiestan cuando cuidamos de los demás por miedo, por sentimientos de culpa o por la necesidad de reconocimiento. Es en estos momento cuando caemos en la “trampa del mesías”, pudiendo sufrir un daño considerable en la propia caída.

Mujer mirando con cara de tristeza por la ventana

Enseñanza budista sobre la trampa del mesías

Un monje, imbuido de la doctrina budista del amor y la compasión por todos los seres, encontró en su peregrinar a una leona herida y hambrienta, tan débil que no podía ni moverse. A su alrededor, leoncitos recién nacidos gemían intentando extraer una gota de leche de sus secos pezones. El monje comprendió perfectamente el dolor, desamparo e impotencia de la leona, no solo por sí misma, sino sobre todo por sus cachorros. Entonces, se tendió junto a ella, ofreciéndose a ser devorado y así salvar sus vidas.

La historia budista muestra con claridad el riesgo de la implicación excesiva en el sufrimiento ajeno en las relaciones interpersonales. Un riesgo visible en esa gran carga con la que caminan las personas que rara vez miran dentro de sí y desatienden sus propias demandas de ayuda. Entregadas pero heridas, dispuestas a dar todo el amor y a no quedarse con nada para ellas mismas, hasta que es ese propio vacío el que termina poco a poco con ellas, sin que sepan identificar muy bien qué es aquello que las hace sufrir.

“Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no te consideres obligado a llevársela”

-Pitágoras-