Contra la "happycracia": dejadme estar mal

06 Agosto, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Cristina Girod de la Malla
El deseo de ser feliz es difícil de conciliar con la obligación de serlo. En este sentido, la happycracia puede tener consecuencias negativas. Veamos cuáles son.

Para muchos, la psicología positiva nació en los años 90 de la mano de Martin Seligman. Según su definición, es el ‘estudio científico de lo que hace que la vida merezca la pena’. Desde entonces, coaches, oradores motivacionales, libros de autoayuda nos “obligan” a ser felices. Es lo que se conoce como happycracia y aquí vamos a reflexionar sobre los efectos psicológicos de esta felicidad impuesta.

¿Es que es malo tener un mal día? ¿Estoy enfermo si un día me siento bajo de ánimo? ¿Que a veces las cosas no salgan como yo quiero significa que necesito ayuda profesional para aprender a gestionar mi vida? Rotundamente no.

Patologizar estados emocionales normales acaba provocando una epidemia de infelicidad provocada precisamente porque creemos que somos infelices por no ajustarnos a la definición de felicidad que intentan imponernos.

Mujer con la sonrisa forzada

La happycracia ¿qué es?

¿Qué es la felicidad? ¿Tiene un significado universal? ¿Puede alguien enseñarte a ser feliz o darte las claves para serlo? La industria de la psicología positiva promete que sí. Sin embargo, si fuera cierto, la incidencia de los trastornos depresivos y el número de suicidios no aumentarían a la velocidad que lo hacen.

Lo que intenta más o menos la happycracia es decirte que si no eres feliz es culpa tuya, culpa de tu forma de pensar y de afrontar las diferentes situaciones, y de tu incapacidad para enfrentarte a los sentimientos negativos. Porque hoy en día, tienes todos los medios para ser feliz, según los defensores de la psicología positiva: coaches, libros de autoayuda, vinilos para pegar en el espejo y ponerte happy mientras te lavas los dientes por la mañana… Un negociazo en toda regla.

Parece que esta obligación viniera derivada de la teoría de la emoción de James-Lange, que decía, erróneamente, que los sentimientos se derivaban de las expresiones faciales. Sería algo así como “estoy triste porque lloro”, en lugar de “lloro porque estoy triste”.

O sea, ¿quiere usted decir que, aunque el mundo se esté yendo a pique, si yo sonrío, voy a ser capaz de estar feliz? ¿O que, aunque esté pasando una etapa vital complicada, desayunar con una taza de mensaje motivador va a hacer que mis problemas desaparezcan?

Lógico, claro… Sin embargo, hoy en día, el número de personas que consume este tipo de bienes es increíble. Y el problema es que las consecuencias de pensar así son muy negativas, empezando por una completa y absoluta intolerancia al malestar, por mínimo que sea.

¿Qué consecuencias puede acarrear obligarse a estar feliz?

Como ya mencionábamos, somos bastante intolerantes al malestar, al nuestro y al de otras personas. A sentir y a aceptar la tristeza. Nos hace sentir débiles. ¿Cuántas veces le has dicho a alguien en plena llorera “¡pero no llores!”? ¿Cuántas veces te has dicho “no quiero llorar”, cuando tu cuerpo lo pedía a gritos? Pedazo de error: las emociones son adaptativas, tienen una función. Llorar, a veces, es más que necesario y saludable.

Mensajes como este, o como muchos otros que seguramente te hayan venido a la mente leyendo esto, derivan en sentimientos aún más negativos que la emoción original. Incluso pueden provocar el desarrollo de trastornos emocionales más graves. ¿Cuáles son estas consecuencias?

Culpa

Sentimientos de culpa y un nivel variable de presión. Presión porque la happycracia te obliga a estar bien ya, ahora mismo, porque “la vida es maravillosa y si lloras se te va la mitad de la vida. Y la culpa no solo viene derivaba del hecho de estar mal en un momento determinado sino, además, de no poner los medios por estar mejor.

Porque aunque tu necesites estar triste una semana, eso es demasiado para la sociedad, y quizá pueda parecer que estás exagerando, alargando tu estado, o hasta que es que te gusta encontrarte así. Por esto, la happycracia nos convierte, inevitablemente, en personas menos empáticas, haciéndonos capaces de culpar a las personas de su malestar. ¿Hay algo menos humano que esto? Esto puede provocar…

Soledad y falta de apoyo social

Tanto real como percibida. Sentimos y percibimos que las personas que nos rodean no van a aceptar nuestro estado emocional. O quizá, realmente, no puedan tolerarlo y se alejen un poco de nosotros. Y esto ocurre porque, igual que no sabemos aceptar nuestra tristeza y nuestro malestar, tampoco sabemos responder al malestar de otros.

Somos seres sociales y la realidad es que el apoyo social es, en muchas ocasiones, básico para salir de un bache, para recuperarnos de un mal trago. Nos hace sentirnos queridos, validados y aceptados. Si nos falta eso, la cosa se complica y nos encontramos con problemas mayores, como estrés y ansiedad.

Mujer mirando lluvia a través de la ventana.

Contra la happycracia: respeta tus emociones y las de los demás

Yo personalmente soy más de Mr. Puterful que de Mr.Wonderful, porque no hay nada más real, sincero y sano que aceptar la tristeza o el enfado. Es normal que haya días en los que, por mucha resiliencia que tengamos, no nos salga aquello de hacer limonada con limones. Circunstancias que vengan torcidas, que nos desborden o no sepamos enderezar.

Tener días malos, días grises y nubes negras no te hace peor, sino real. Desconfía de las personas eternamente felices, el bienestar eterno no existe. Quizá su estrategia de afrontamiento sea la evitación, que es mucho menos sano y menos constructivo y adaptativo que experimentar y aceptar las emociones negativas.

Obligarnos a sonreír cuando por dentro estamos hechos trizas es una de las agresiones que más daño le pueden causar a nuestro estado de ánimo.

Las emociones, tanto las positivas como las negativas, tienen diferentes funciones, es decir, son necesarias. Taparlas constantemente sólo puede hacer que a la larga, como hemos visto, los problemas sean mayores.

Respetar nuestras emociones y las de los demás, validarlas y normalizarlas, y favorecer la ventilación emocional -tanto la nuestra como la de los demás- no sólo nos hace más humanos, sino que además facilita una transición sana y respetuosa hacia un estado emocional más positivo. Sin obligaciones, sin imposiciones, sin prisas.

Recuerda que eres mucho más que una emoción negativa.