Cuando el estómago te ruge y se te cierra la garganta

Nuestra relación con la comida depende de muchas variables. De nuestros horarios, de nuestra tasa metabólica, del hambre, y de otras variables en las que no solemos reparar…
Cuando el estómago te ruge y se te cierra la garganta

Escrito por Equipo Editorial

Última actualización: 25 noviembre, 2022

37 kilos con la ropa puesta y 1,70 metros de altura. Toda la musculatura de hacer artes marciales 5 días a la semana, desaparecida. Agujetas de caminar de vuelta desde el instituto y las costillas asomando cuando entro a la ducha. Aun así, lo que importa es que he suspendido 4 asignaturas, así que me voy directa a la habitación a abrir los libros. Me acompañan los gritos de mi madre: “pues muy bien, no comas, pero no te quiero ver levantar la cabeza de los apuntes”.

Ahora veo todo el drama que podría haberme evitado, todas las veces que podría haber sido razonable. En aquel momento, no obstante, era el cuarto día que aguantaba solo con el desayuno en el cuerpo. El estómago te ruge como un león, pero se te cierra la garganta y decides esperar hasta la siguiente comida, a ver si tu cuerpo se decide a aceptar sus impulsos de supervivencia.

Adolescente con anorexia en la cama
El inicio de la anorexia suele asociarse a un acontecimiento vital estresante.

Cómo hemos llegado hasta aquí

Cuando eres adolescente, decides rebelarte contra todo lo que te ha hecho llorar de pequeña. Sin embargo, no sabes cómo conseguirlo y el mundo sí que sabe cómo seguir haciéndote llorar. Por eso, muchas veces parece que montas dramas y pataletas, pero no es más que la frustración de no poder hacer justicia a todo aquello que sabes que está mal. Una frustración mal llevada, claro.

Entonces, yo sabía que mi padre no debería tratarnos mal por tener problemas en el trabajo. Sabía que mi madre no debería decir que la culpa de las discusiones en casa la tenía yo por contestarle. Además, estaba claro que las molestias que causaba mi tío cada vez que venía a usar el ordenador no iban a desaparecer con los gritos o quitando el cable del monitor para mandarle una prueba gráfica de que se nos había estropeado.

Al final, se te quitan las ganas de comer con tu familia. Al final, prefieres saltarte la comida y recibir el mismo desprecio con tu puerta de por medio. Total, ibas a acabar llorando de todos modos.

Tocando el fondo

Lo que antes se me daba bien comenzó a fallar. Las matrices, las sucesiones, la economía, todo aquello a lo que antes llegaba sin problema, de repente era imposible. Las clases de física eran el momento de pasarme notas con mi amiga, a pesar de que la profesora era un encanto, pero luego llegaron los exámenes y claro, me llevé el golpe contra el muro. Para cuando quise reaccionar, ya tenía un buen número de suspensos en el boletín de notas.

Ahí fue cuando comencé a sobrevivir con el desayuno de cada día. Lloraba cada vez que estaba sola. En el instituto no levantaba cabeza, y cuando me preguntaban qué me pasaba, decía que tenía alergia, porque tenía los ojos hinchados permanentemente. Además, verme cada vez más delgada reforzaba mi manera de actuar.

En el fondo sabía que en algún momento podría volver a comer, así que era una especie de “vía libre” para no restringirme con la comida hasta que volviese a mi peso. Sin embargo, mi cara era cada vez más parecida a una calavera y llegó un punto en el que las costillas asomando ya no eran del todo bonitas. Y, aun así, se te cierra la garganta cada vez que ves el plato.

Chica con anorexia sentada en el suelo
El tratamiento de este trastorno es multidisciplinar, dado que afecta a diferentes áreas de la persona.

Diagnóstico y remontada: cómo tragar cuando se te cierra la garganta

A pesar de todo esto, tuve algunos golpes de suerte. Uno fue de mi mejor amiga, tan torturada como yo y compañera de lloros y confesiones durante toda mi adolescencia. Otro fue, de hecho, mi profesora de física, que a pesar de mis reiterados intentos de autoboicoteo, nunca dejó de decirme que era lo suficientemente inteligente para sacar la asignatura, y la realidad terminó dándole la razón.

Y otro fue la psicóloga del colegio. Mi madre me llevó a la orientadora con la esperanza, creo, de obtener una prueba “oficial” de que había suspendido por vaga. Sin embargo, después de una sesión infructuosa en la que la psicóloga solo me dijo “mejor métete al bachillerato de ciencias sociales”, me llamó después para hacerme una evaluación en solitario.

Sin nadie gritándome en la oreja que era vaga, chulita, guarra y egoísta, entendí que no solo sufrían anorexia aquellos que quieren tener un cuerpo similar a lo que desfilan en las pasarelas. Aprendí que yo no estaba haciendo las cosas bien, pero que los demás todavía menos. Encontré, en medio de todas las lágrimas, las fuerzas para dar un bocado más y conseguir hallarme en medio de toda la vorágine.

¿Alguna vez te han dicho que debes ser la dueña de tu vida? Bueno, pues hay periodos en tu vida en los que no lo eres. Lucha, come, llora y aprende cuándo debes amar. Todas las rebeliones están llenas de dolor, pero nunca faltará nadie que te tienda la mano cuando se te cierra la garganta. Y, si alguna vez te logran convencer de que no vales, recuerda que tu rabia te está contando lo contrario desde dentro.

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  • Acerete, D. M., Trabazo, R. L., & Ferri, N. L. (2013). Trastornos del comportamiento alimentario: Anorexia nerviosa y bulimia nerviosa. Protocolo AEPED. Capítulo7.
  • Díez Hernández, I. (2005). La anorexia nerviosa y su entorno socio-familiar. La imagen corporal, entre la biología y la cultura: antropología de la alimentación, nutrición y salud). Zainak. Cuadernos de Antropología-Etnografía, (27), 141-147.

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