Cuando se da demasiado (autosacrificio crónico)

3 enero, 2020
Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Andrés Navarro Romance
Si damos incondicionalmente y sin medida a los demás, poniendo sus necesidades por delante de las nuestras, podemos estar cayendo en el autosacrificio crónico.

Caer en una situación de autosacrificio crónico, en la que podemos terminar por perdernos a nosotros mismos, implica riesgos importantes. Como seres humanos, puede ser normal querer invertir nuestro tiempo y energía en personas y causas que nos desgastan más de lo que podemos soportar.

Pensar, por tanto, que las convicciones y valores personales no se suelen sacrificar por los deseos y opiniones de los demás puede ser una idea un tanto ingenua.

La negación de uno mismo y la rendición ante las ideas y necesidades de los demás son factores que, según observamos en las dinámicas colectivas, apenas parecen preocuparnos, cuando quizá deberían.

“Si miras mi éxito, mira también mi sacrificio”.

-Bernardo Stamateas-

Mujer agotada

¿Qué es el autosacrificio crónico?

Sacrificarse por los demás, dar por otro u otros cantidades ingentes de nuestro propio ser –frecuentemente de manera incondicional-, tiende a suponer dos realidades que apenas se pueden negar:

  • La necesidad de superación de un conflicto de valores. A saber: los propios y los de la persona por la que uno se sacrifica.
  • La aceptación de una situación de renuncia: la renuncia a nuestras propias ideas, necesidades o deseos.

El sacrificio surge en el momento en el que, en la interacción con otro ser o situación, debemos renunciar al bien personal o a la atención inmediata sobre nosotros mismos; el autosacrificio va todavía más allá, dado que supone la entrega de una parte de nosotros mismos.

En términos psicológicos, el autosacrificio es el abandono de los intereses personales en pos de la preservación del bienestar de otra persona.

Ya que el autosacrificio suele acarrear la autonegación de la satisfacción de ciertas necesidades o deseos personales, así como de algún placer u objetivo, es en esencia una renuncia a una valiosa e importante parte de nosotros mismos; una renuncia a nuestra dignidad, e incluso a nuestra identidad.

Por otra parte, autosacrificarse puede implicar que valoremos a algo o a alguien, en un momento o situación determinada, más que a nosotros mismos, lo que hablaría en favor de nuestro altruismo y solidaridad.

El altruismo, aunque suele ser un rasgo apreciado por la sociedad en general,puede llegar a adoptar una forma extrema cuando el autosacrificio se excede en cuantía o en duración; también cuando resta una excesiva cantidad de bienestar a la persona que se sacrifica.

Por ello, a veces, el autosacrificio puede resultar disfuncional o desadaptativo para la persona que lo entrega todo de sí misma.

Cuando el autosacrificio resulta en altruismo patológico

La lista de ejemplos de formas de autosacrificio es interminable: desde personas que se sacrifican sin miramientos por una causa concreta, hasta padres a los que casi se les va la vida por sus hijos, pasando por personas que lo entregan todo por su pareja, empeñando en ello la propia felicidad y bienestar.

Muchas de esas dinámicas pueden, en cantidad moderada, no resultar problemáticas, y hasta cierto punto ser comunes y normales.

Pero cuando una persona acepta el autosacrificio hasta niveles de cronicida y hace de él una manera de relacionarse y de enfrentarse a la vida –y no a un evento o persona concretos de manera puntual-, puede correr el riesgo de perder parte de su esencia como persona.

El autosacrificio implica al menos un mínimo grado de renuncia o devaluación del propio YO; si esa renuncia supone un cambio en la jerarquía de valores de la persona, y aquella deja de considerarse importante para sí misma, se puede estar rozando los límites de lo patológico.

El autosacrificio crónico podría suponer un altruismo patológico –es decir, dar demasiado de nosotros mismos- cuando la persona deja de valorarse a sí mismo, y por tanto, deja de darse prioridad; así, el propio YO quedaría relegado a un segundo plano.

Esta erosión de la importancia de uno mismo, puede originar que las necesidades propias tiendan a no verse nunca satisfechas, y que queden prácticamente a merced de las de otros. Esto, como cabe esperar, podría derivar en el desarrollo de sentimientos negativos hacia uno mismo.

Esta situación puede conducir a un estado, prácticamente, de invalidación de la consciencia de uno mismo, o de la inversión de la escala de valores, o de la violación del juicio racional y de la autoestima de la persona. En definitiva: el autosacrificio crónico puede restarle a la persona aquellos factores que definen su propia esencia como individuo.

“La gente rara vez ve los pasos vacilantes y dolorosos por los cuales se logra el éxito más insignificante”.

-Anne Sullivan-

Hombre pidiendo perdón

¿Cómo puedo saber si estoy dando más de lo que recibo?

Existen algunos signos en los que puedes fijarte para tratar de averiguar si el tuyo es un caso de autosacrificio crónico. Entre ellos, destacan los siguientes:

  • La cantidad de ayuda que proporcionas no es sostenible en el tiempo; al ayudar, compruebas que no te quedan el suficiente tiempo, energía o recursos para ti mismo.
  • Cuando le das prioridad a tus propios deseos, necesidades u opiniones, tiendes a desarrollar sentimientos de culpabilidad.
  • En ocasiones, sientes un gran vacío emocional, que surgiría de la ausencia de satisfacción de tus propias necesidades de amor, cariño y atención.
  • Sientes que necesitas constantemente hacer algún tipo de sacrificio para mantener felices a los demás.
  • Tus sacrificios se han convertido en una obligación que te haces a ti mismo, mientras que inicialmente se trataba de algo que ofrecías de manera voluntaria.
  • Con frecuencia te sorprendes a ti mismo diciendo que sí, cuando sabes que la respuesta más apropiada es la negativa.

Una estrategia que algunos autores, como Ayn Rand, han propuesto para contrarrestar esta tendencia al autosacrificio -que, además, suele venir reforzada por la propia sociedad-, es el apuntalamiento de la propia ambición moral.

Básicamente, esto se basaría en lograr convencernos de que nos hemos ganado el derecho a considerarnos como de máximo valor; a pensar con certeza que para nosotros mismos, no hay nada más importante que nuestro propio ser.

En resumidas cuentas: para no perdernos a nosotros mismos a causa del autosacrificio crónico, uno de los antídotos más eficaces es preocuparse verdaderamente por los intereses de uno mismo.

La solución podría ser practicar, por así decirlo, una forma de egoísmo controladaque sea racional y no agresiva. ¿Por qué no tratar de no perderte a ti mismo, si puedes evitarlo?