Reconocer nuestros errores nos brinda la oportunidad de aprender de ellos

Pedro González Núñez · 9 agosto, 2017
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 9 agosto, 2017

Dijo Confucio que “cometer un error y no corregirlo es otro error”. Siguiendo este razonamiento, ¿es cierto que dejamos de aprender de nuestros errores al negarlos? Es decir, ¿negar los errores es el primer obstáculo para reparar las consecuencias de un fallo que hayamos cometido?

Al fin y al cabo, cuando decimos la célebre frase “yo no he sido”, la cual entraña en muchos casos una negación evidente de nuestra posible responsabilidad, ¿no estamos intentando en el fondo justificar un error? Y el hecho de justificarlo, ¿no es una forma de no reconocer algo mal hecho? Así que, al fin y al cabo, ¿no estaríamos ante una negación?

“Me gustan mis errores, no quiero renunciar a la libertad deliciosa de equivocarme”

-Charles Chaplin-

¿Qué sucede al negar un error?

Es decir, al no entonar «el mea culpa» ante nuestros errores, muchas veces lo que intentamos es poner distancia entre lo que ha ocurrido y sus consecuencias. Sin embargo, no es menos cierto que esta misma distancia dificulta la posibilidad de aprender de lo que ha ocurrido. Aleja así la posibilidad de revisar el proceso e identificar los fallos.

Mujer tapándose los ojos

Por otra parte, esta distancia también puede producir que en un primer momento suspiremos de alivio. Un alivio que se trasformará en ansiedad en el caso de que tengamos que volver a afrontar el mismo reto, cuando nos tiremos de los pelos por no haber puesto los medios suficientes para subsanar nuestras carencias. Por esta razón, la actitud más sana y enriquecedora es observar el error e intentar ver en qué hemos fallado. ¿Cuál es nuestra responsabilidad? ¿En qué podemos mejorar? ¿Qué podemos aprender?

Además de incapacitarnos para el futuro, renunciar a la tarea de explorar nuestros fallos, por no reconocerlos, es una actitud que supone un obstáculo para el autoconocimiento. Al renunciar a este proceso, también renunciamos a aceptar la responsabilidad de los aciertos que también se han dado. Ignoramos así nuestras capacidades más destacadas y evitando que las potenciemos.

Asumir un error es parte fundamental de un aprendizaje. De hecho, sin los errores no existiría aprendizaje. ¿Cuántas veces nos hemos caído con la bicicleta? O aquellos que toquen un instrumento, ¿cuántas veces se han equivocado aprendiendo? Incluso a pesar de lograr un grado alto de ejecución en alguna tarea, no estamos libres de error. Así pues, lo ideal es observar el error cuando lo cometamos y ver qué podemos aprender de él.

Formas en que la negación provoca no aprender de nuestros errores

Llegados a este punto, merece la pena recordar un estudio llevado en equipo entre investigadores de la Universidad de California y Nueva York. Se desveló que el hecho de no asumir nuestros propios errores se relaciona con nuestra personalidad, y hace disminuir nuestro potencial de crecimiento. Al no asumir el error, no optamos al aprendizaje que de él se desprende.

Para llegar a estas conclusiones, analizaron miles de perfiles. En ellos, trataban de identificar los tipos de personalidad dominantes según las reacciones que adoptaban ante los errores. Definitivamente, el estudio arrojó curiosos resultados. Dentro de los mismos, se estimaba que el 70% de la población podía ser perfectamente catalogada dentro de tres grandes grupos según sus reacciones al error:

La culpa es de otra persona

Una frase tan recurrida en niños, el clásico “yo no he sido”, sigue siendo muy usada por un gran número de adultos. Es decir, al cometer el error, deciden obviar su responsabilidad y la atribuyen a una segunda persona.

Mujer culpando a otra

O sea, que, al culpar a otros de sus propios errores, en cierto modo los están negando. De esta forma, al no tener la madurez necesaria para reconocerlos, tampoco la tienen para mejorar en su propio conocimiento interior cualitativo. Suelen optar por actitudes victimistas, incapaces de asumir culpas, y sin un criterio constructivo sobre el hecho en sí.

A través de esta actitud, el único resultado que se obtiene es el no aprendizaje y el no desarrollo de uno mismo. Al culpar a los demás de nuestros errores, asumimos que somos perfectos. O al menos, lo queremos hacer ver. Quizá por vergüenza, quizá por falta de autocrítica. Muchos jefes son incapaces de reconocer un error y culpan a sus empleados de algún fallo empresarial. De esta forma, no solo no evoluciona como jefe, sino que desmotiva a sus trabajadores. ¿A quién no le ha pasado alguna vez?

Aquí no ha pasado nada

Otro grupo de personas se engloba entre aquellos que no es que culpen a otro, es que no ven error alguno. Es decir, que por más que le muestres en evidencia, son incapaces de ver que ellos tenga culpa alguna. Se trata, sin duda, de una actitud que tampoco da margen al aprendizaje y, una vez más, vuelve a negar el fallo. Si no existe error, no hay nada de lo que aprender. Así pues, estaremos expuestos a tropezar una y otra vez con la misma piedra.

Así que este grupo de personas negarán sobre todas las cosas haber hecho algo mal. Directamente no son capaces de lidiar con la culpa, ya que no la ven. Es decir, que para ellos, es imposible aprender de algo que no existe, o que directamente no están dispuestos a reconocer bajo ningún concepto.

Asumir una responsabilidad más allá de la que a uno le corresponde

Aprender de nuestros errores requiere admitir que hemos fallado, y entonar frases como “la responsabilidad ha sido mía”. Por fortuna, otra buena parte de la población sí es capaz de reconocer que se ha equivocado, por lo que está dispuesta a corregir, reparar, enmendar y mejorar.

No obstante, hay que tener cuidado, ya que a veces nos encontramos con personas con una actitud que se sitúa en el otro extremo, asumiendo su responsabilidad y la de los demás. Por lo tanto, los recursos que pueden llegar a destinar a la reparación son muchos y el castigo que se pueden llegar a imponer a ellas mismas por los errores que se atribuyen, al ser proporcional a esta atribución, también puede ser muy grande.

“Experiencia es el nombre que todo el mundo le da a sus errores”

-Oscar Wilde-

Hombre con puntos de luz en el rostro

Dicho esto, fallar es humano. Pero aprender de nuestros errores una vez cometidos, en lugar de negarlos, también lo es. De hecho, es una oportunidad genial para mejorar y conocernos mejor. No significa que haya que estar todo el día errando, pero si surge la oportunidad, no la desperdicies negando la mayor a capa y espada.