Demóstenes, el gran orador tartamudo

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 11 noviembre, 2017
Edith Sánchez · 11 noviembre, 2017

Demóstenes pasó a la historia como el más grande de los oradores griegos. Eso, de por sí, es suficiente mérito. Sin embargo, lo verdaderamente sorprendente de su historia es todo lo que tuvo que hacer para alcanzar la gloria. La suya es una de las historias más edificantes de los grandes personajes.

Demóstenes tenía varios defectos físicos que tuvo que superar. Su salud era muy frágil y constantemente estaba enfermo. Pero lo más grave es que padecía de tartamudez. Esto, por supuesto, era un obstáculo gigantesco para convertirse en una figura pública, como él lo deseaba. Sin embargo, con perseverancia y de trabajo, finalmente encontró la manera de que su voz y su pensamiento fueran reconocidos.

Demóstenes,  cuánto  talento  tuvo,  recibido  de  la  naturaleza  y  acrecentado  con  el ejercicio, todo lo empleó en la oratoria, llegando a exceder en energía y vehemencia a todos  los  que  compitieron  con  él  en  la  tribuna  y  en  el  foro”.

-Plutarco-

Demóstenes nació en el año 384 antes de nuestra era, en Atenas. Fue hijo de una familia acomodada. Sin embargo, su padre era comerciante y por eso no formaba parte de la “aristocracia”. Los miembros de esta veían el oficio como una tarea de poca consideración. Aún así, el padre de este gran orador contaba con muchos bienes. Entre ellos, una fábrica de cuchillos, otra de muebles y una armería.

Cuando Demóstenes tenía 7 años se enfrentó el primer gran escollo de su vida. Quedó huérfano. La herencia le fue confiada a tres tutores, mientras que el chico alcanzaba la mayoría de edad. Dos eran sobrinos de su padre y otro un amigo de la infancia. Los depositarios temporales dilapidaron poco a poco esta rica herencia, de manera que cuando Demóstenes alcanzó edad para gestionarla, esta ya no existía.

La leyenda de Demóstenes

Demóstenes fue educado como correspondía a su posición. Tenía grandes problemas de salud, pero él era un alumno curioso y motivado, que siempre quería aprender más. Por eso se convirtió en un voraz lector. Llegó a ser uno de los jóvenes más instruidos de su tiempo. Más allá de esto, alrededor de su figura se creó una historia, que aún no se qué tiene de real y qué de leyenda.

Este joven ateniense quería convertirse en el mejor orador de Grecia. Le interesaban los asuntos de la política y anhelaba que sus ideas llegaran a tener tanta influencia como acierto les suponía. Estudiaba con esmero los discursos de los grandes oradores. Se dice que siendo muy joven intentó dar su primera “conferencia” y esta fue un fiasco.

Cuentan que durante su primer discurso fue abucheado por el público. Esto se debía a que Demóstenes tenía un grave problema: era tartamudo. Las palabras se atropellaban en sus labios y no lograba hacerse entender. Se dice que alguien del público le gritó: “¡Ponga el aire en sus pulmones y no en su cerebro!” Esto le causó un grave impacto a Demóstenes. Sin embargo, estaba decidido a alcanzar su meta, por encima de ese obstáculo que parecía tan grande.

Un proceso de evolución

Demóstenes asumió las burlas y las críticas como un desafío a su carácter. Había crecido solo y esto le había fortalecido el temperamento. Por eso decidió luchar contra sus propias limitaciones, para lograr lo que anhelaba: ser el mejor orador. Nadie creía que pudiera lograrlo: ¿un tartamudo quería ser orador?

Cuenta la historia, o la leyenda, que Demóstenes se impuso un severo régimen para superar sus dificultades. Lo primero que hizo fue afeitarse la cabeza. En aquel tiempo era muy mal visto que alguien se dejara ver si no tenía cabello. Su propósito era obligarse a no salir para dedicarse por completo a trabajar en su objetivo. Practicaba la oratoria hasta el amanecer.

Cuando salían las primeras luces del Sol, Demóstenes iba a la playa. Allí le gritaba al astro rey con todas sus fuerzas. Su objetivo era fortalecer los pulmones. Había aceptado el consejo de aquel personaje anónimo que se había burlado de él. Después de realizar ese ritual, volvía a su casa a practicar. Lo hacía de una forma muy particular. Se echaba un puñado de piedras entre la boca y se ponía un cuchillo entre los dientes. Así se obligaba a hablar sin tartamudear.

Después de varios años con esta disciplina de entrenamiento, Demóstenes logró hablar normalmente. Desde entonces, participó activamente de la vida legal y política de su ciudad. Se dice que sus discursos eran ovacionados por miles de personas. No solo fue el mejor orador, sino también un excelente escritor. Tanto que hoy, más de 2 000 años después, aún figura entre los personajes más destacados de la historia.