Depresión y obesidad: ¿cómo se relacionan?

¿Cómo se relacionan depresión y obesidad? ¿Cómo afecta la aparición de una de las condiciones a lo vulnerables que somos de contraer la otra? Hoy veremos qué nos dice la ciencia al respecto.
Depresión y obesidad: ¿cómo se relacionan?
Cristina Roda Rivera

Escrito y verificado por la psicóloga Cristina Roda Rivera.

Última actualización: 20 abril, 2022

Depresión y obesidad tienen una relación de influencia bidireccional estudiada y documentada. Saber qué condición ha aparecido antes o cómo se han desarrollado juntas es básico para su tratamiento.

La obesidad y la depresión son dos de los principales problemas de salud pública entre los adolescentes. Son muy frecuentes y se asocian a numerosas complicaciones de salud, como la hipertensión, la enfermedad coronaria y el aumento de la mortalidad.

Debido a que ambos llevan asociado un aumento del riesgo de padecer una enfermedad cardiovascular, se ha asumido y estudiado una posible asociación entre ellas. En este artículo veremos las claves de esta relación.

Entendiendo la obesidad

La obesidad se define como un exceso de grasa corporal. El índice de masa corporal (IMC) es la medida estándar del sobrepeso y la obesidad en niños mayores de 2 años.

El IMC es igual al peso corporal dividido por la altura al cuadrado. En adultos, un IMC entre 25 y 30 se considera sobrepeso y un IMC mayor o igual a 30 se considera obesidad.

En los niños, el IMC varía con la edad y el sexo. La obesidad en niños se define como un IMC mayor o igual al percentil 95 para la edad y el sexo. A medida que los niños se acercan a la edad adulta, el percentil de IMC por edad y sexo se acerca a los estándares de los adultos.

En los países de todo el mundo se observó un aumento de la prevalencia de niños y adolescentes con sobrepeso y obesidad entre los años 80 y 90. La evidencia de los EE. UU. sugiere que esta tendencia ha continuado en el siglo XXI.

Mujer con obesidad triste

El diagnóstico de la depresión

El DSM-5 describe el siguiente criterio para hacer un diagnóstico de depresión. La persona debe experimentar cinco o más síntomas durante el mismo período de 2 semanas y al menos uno de los síntomas debe ser (1) estado de ánimo deprimido o (2) pérdida de interés o placer. Los criterios actuales son los siguientes:

  • Estado de ánimo deprimido la mayor parte del día, casi todos los días.
  • Interés o placer notablemente disminuido en todas, o casi todas, las actividades la mayor parte del día, casi todos los días.
  • Pérdida de peso significativa cuando no se está a dieta o aumento de peso, o disminución o aumento del apetito casi todos los días.
  • Una ralentización del pensamiento y una reducción del movimiento físico (observable por otros, no simplemente sentimientos subjetivos de inquietud o ralentización).
  • Fatiga o pérdida de energía.
  • Sentimientos de inutilidad o culpa excesiva.
  • Disminución de la capacidad para pensar o concentrarse, o indecisión, casi todos los días.
  • Pensamientos recurrentes de muerte, ideación suicida recurrente sin un plan específico, o un intento de suicidio o un plan específico para suicidarse.

Para recibir un diagnóstico de depresión, estos síntomas deben causar una angustia clínicamente significativa o un deterioro social, ocupacional u otras áreas importantes de funcionamiento. Además, los síntomas tampoco deben ser el resultado del abuso de sustancias u otra condición médica.

La relación entre obesidad y depresión

Para comprender mejor esta complicada relación se han hecho varios estudios. Todos ellos ponen de manifiesta la relación entre tener obesidad y un mayor riesgo de depresión. Sin embargo, el impacto psicológico de ser obeso es lo que causaría depresión, más que la condición genética en sí. Esto pone en el centro a los tratamientos psicológicos para tratar mejorar la calidad de vida en ambos trastornos.

Investigadores de la Universidad de Granada llevaron a cabo una revisión de la literatura científica sobre el papel del gen FTO (del inglés, Fat mass and obesity-associated gene) en la relación entre estas dos enfermedades.

En concreto, el papel de los genes en su desarrollo es limitado, ya que no existe un “gen de la obesidad” o un “gen de la depresión”. No obstante, sí que existen variantes genéticas comunes que confieren un mayor riesgo.

Estas variantes genéticas pueden interaccionar con el ambiente, aumentando la vulnerabilidad individual respecto a estas patologías; así encontraremos que algunos individuos las desarrollan con más probabilidad que otros.

El peso psicológico de tener obesidad es la clave

En general, la literatura científica apoya la idea de que un IMC más alto se asocia con mayores probabilidades de depresión. Esta asociación es más fuerte en mujeres que en hombres. Las mujeres con un IMC alto tienen un aumento del riesgo del 21 %, en comparación con el 8 % en los hombres. 

Sin embargo, es improbable que haya una causa genética común. Simplemente, son los efectos psicológicos y sociales lo que llevarían a la persona a un estado depresivo. Por tanto, sería conveniente analizar en cada caso qué tipo de depresión subclínica aparecería.

Mujer con obesidad en el psicólogo

La gordofobia y el pesocentrismo: el estigma de estar obeso también causa depresión

En una sociedad gordofóbica, existe un aumento del impacto psicológico por ser obeso, en detrimento de la salud física y mental de quien la padece. Si presuponemos una serie de características a las personas con sobrepeso, como son las de no hacer deporte, ser sedentarias o comer comida basura, las suposiciones serán casi “acusaciones” cuando tenemos a una persona obesa delante de nosotros.

El efecto psicológico del estigma junto a condiciones socieconómicas desfavorables conducirían a un estado depresivo casi inmediatamente. Se establecería un “círculo vicioso” entre obesidad y depresión del que sería muy difícil salir.

Ahora bien, una persona con obesidad es mucho más que su pelo y su índice de masa corporal. Si tenemos un modelo de salud solo basado en números, la evaluación cualitativa e individual se complica.

Esto nos lleva a plantearnos si una sociedad que no acepta la diversidad corporal promueve la obesidad. Si causamos aún más el dolor y el estigma a personas con un peso no normativo, estamos promoviendo una visión negativa del mundo en las personas con obesidad.

Esta visión hostil del mundo y de las personas definirían muchas de las conductas de las personas con obesidad, aludiendo específicamente en muchos casos a la falta de fe en sí mismas. Si la sociedad no las acepta como personas, sus conductas de autodestrucción se convertirán en un reflejo de lo que reciben como feedback social en muchos casos.

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