El impactante experimento de Rosenhan y las dudas sobre la psiquiatría

Edith Sánchez · 31 julio, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por el psicólogo Sergio De Dios González el 31 julio, 2019
El experimento de Rosenhan es quizás uno de los estudios que más ha marcado la manera de proceder y cuestionar los trastornos mentales. Todavía hoy, la simplicidad de su planteamiento y lo escalofriante de sus conclusiones siguen siendo objeto de reflexión.

El experimento de Rosenhan es uno de los más impactantes y reveladores en la historia de la psiquiatría. Tiene que ver con uno de los aspectos más polémicos de esa disciplina: la evaluación y el diagnóstico. Tanto en los tiempos en que se hizo el experimento como ahora, el diagnóstico psiquiátrico o psicológico tiene una buena carga subjetiva. Depende demasiado del especialista que realiza la evaluación y de los intrumentos que utilice para la misma.

Lo que el experimento de Rosenhan demostró es que ese método diagnóstico tiene un altísimo índice de error. Sus conclusiones apuntarían a que cada psiquiatra ve lo que quiere ver, de una manera absolutamente sesgada. Lo mismo pasa con todo el personal que atiende a los “enfermos mentales”.

Así mismo, el experimento de Rosenhan permitió verificar que los pacientes no son bien atendidos en los centros psiquiátricos. La prueba reveló que en esas instituciones hay discriminación, prejuicios, deshumanización y, muchas veces, maltratos directos hacia los pacientes. Veamos cómo fue el experimento que hizo temblar los cimientos de la práctica profesional.

En lo tocante a la ciencia, la autoridad de un millar no es superior al humilde razonamiento de una sola persona”.

-Galileo Galilei-

Hombre triste experimentando una crisis suicida

El inicio del experimento de Rosenhan

El profesor David Rosenhan, de la Universidad de Stanford, presenció alguna conferencia de R. D. Laing, pionero de la antipsiquiatría. De sus argumentos surgieron varias dudas. En realidad, el diagnóstico psiquiátrico no parecía muy fiable y quizás era necesario probar en la práctica su validez. De esta manera, buscó una vía para hacerlo y así nació el experimento de Rosenhan.

El diseño fue sencillo. Simplemente le pidió a ocho voluntarios que se presentaran en diferentes hospitales psiquiátricos. Debían decir que “escuchaban voces” y permitir que los internaran. Luego, actuar de forma normal, señalar que ya no escuchaban nada y salir por sus propios medios del hospital. Si se presentaba algún problema, tenían preparado un abogado para que les sacara de allí.

Los voluntarios para el experimento fueron el propio Rosenhan, un estudiante de psicología, tres psicólogos profesionales, un psiquiatra, un pediatra, un pintor y un ama de casa. Todos tenían antecedentes claros de buena salud mental. Al presentarse en el hospital debían decir que escuchaban voces de su mismo sexo, que les decían palabras como “vacío”, “apagado” y “hueco”. Estas palabras se relacionaban con una crisis existencial.

La reacción de los psiquiatras

Los pseudopacientes mintieron en cuanto a su nombre y su profesión. Todos ellos fueron internados en hospitales psiquiátricos, algunos urbanos, otros rurales, tratando de abarcar la mayor diversidad de centros posible. Estuvieron recluidos por lapsos de entre 7 y 52 días. Todos salieron con un diagnóstico que decía “esquizofrenia en remisión. Es decir, que eran enfermos mentales que, de momento, no presentaban síntomas.

Ni los psiquiatras ni nadie del personal detectó que eran “personas normales”. De hecho, solo un grupo de pacientes del hospital psiquiátrico se dio cuenta de que había una farsa. Pensaron que se trataba de periodistas o burócratas que estaban investigando al hospital.

Rosenhan destacó la idea de que había un prejuicio frente a todos estos pseudopacientes. Todo lo que hacían era interpretado como “anormal” por el personal del hospital. Por ejemplo, uno de los voluntarios tomaba notas todos los días, precisamente para ilustrar el experimento. Una de las enfermeras señaló que parecía tener una obsesión por escribir.

Así mismo, el diagnóstico con el que salieron les señalaba como enfermos crónicos. Debían llevar la etiqueta de “esquizofrénicos” toda su vida. La manera que todos encontraron para salir del internamiento fue admitir que tenían un problema mental y comprometerse a tomar diariamente antipsicóticos.

Mujer haciendo un informe

Y hay más…

Los voluntarios denunciaron prácticas poco humanas cuando habían actuado como pacientes. Por ejemplo, el personal los ignoraba. Solo les hablaban cuando era obligatorio. Por el contrario, les espiaban, incluso en el baño. Así mismo, hablaban de ellos como si no estuvieran presentes y en varias ocasiones les habían agredido verbalmente.

Un hospital universitario supo del experimento y aseguró que en sus instalaciones jamás tendría lugar un error de diagnóstico de semejante magnitud. Así que Rosenhan les hizo una propuesta. Enviaría 193 pseudopacientes, en los siguientes tres meses y ellos debían detectar a los impostores. El hospital aceptó.

La admisión se redujo notablemente en los siguientes tres meses dentro del hospital universitario. Tras ese lapso, los encargados aseguraron haber encontrado 41 probables impostores. Sin embargo, el profesor Rosenhan no envió a nadie. El experimento de Rosenhan fue publicado en la revista Science y recibió muchas críticas, obviamente de psiquiatras.

Lo preocupante es que hoy en día el diagnóstico despierta sospechas parecidas. Se pasa por alto, por ejemplo, que una persona puede tener una crisis psicótica, sin padecer esquizofrenia. O que las crisis existenciales presentan un cuadro parecido a la demencia. Así, el debate sigue abierto.

  • Palomo, J. L. R. A. (2013). Locos entre cuerdos, cuerdos en ambientes patológicos. arbor, 189(763), 069.